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Morante no tiene un confesionario, tiene una silla

Llega el Genio al callejón tras dar dos vueltas al ruedo y suelta a los allegados: "Estoy mayor, soy más viejo que el Cachorro"

Morante banderillea al cuarto toro de Álvaro Núñez en La Maestranza de Sevilla.
Morante banderillea al cuarto toro de Álvaro Núñez en La Maestranza de Sevilla. | EUROPA PRESS

Morante de la Puebla volvió a sacar una silla. Pero sacar una silla en La Maestranza es la leche, no tiene parangón ni previsión, es sorpresa pura y dura. El confesionario de Rosalía, pongamos por ejemplo de otra artista de similares estratosferas, está previsto, lo que no se sabe es quién aparecerá al otro lado de las rejas. Ni quién va a la ya codiciada Residencia Bad Bunny al baile inolvidable.

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Lo de Morante con la silla en La Maestranza este jueves no se sabía. Al otro lado del confesionario se encaraba un ejemplar alto y precioso de Álvaro Núñez, que claro que hizo caso de la silla en un momento dado, mientras Morante hacía magia. Y no nos lo podíamos ni de creer.

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La acumulación de tardes históricas puede afectar negativamente al maravilloso -usado bien- término histórico. No todo puede ser histórico, amigos; en diferentes órdenes de la vida. Pero es que lo de Morante los últimos tiempos -¿cinco años?- está siendo escandalosamente histórico.

Compañeros egregios como Barquerito (Ignacio Álvarez Vara) o Zabala (Vicente Zabala de la Serna) llevan décadas firmando crónicas de toros. El pasado Domingo de Resurrección, el primero tituló directamente como "torero de época"; ayer, este jueves, el segundo ha afirmado que Morante "vuelve a demostrar en Sevilla por qué es el más grande de la historia".

Llega Morante al callejón tras dar dos vueltas al ruedo y suelta a los allegados: "Estoy mayor, soy más viejo que el Cachorro"

No te cruzabas con nadie, al salir de la plaza y alrededores, que no enfatizara que, de meter la espada a la primera, la faena hubiera sido "de rabo". Morante se tiró puro, y pinchó. Y descabelló. No pasa nada. La gente estaba en son, caliente, la vuelta al ruedo se presentía inacabable; la primera, porque la segunda, requerida con obligatoriedad, resultó un trote alado, ligero, por la raya del tercio, para acortar.

Llega Morante al callejón y, con el quinto en el ruedo, pero con el corazón y las pulsaciones desbocadas por tanta emoción y las carreritas curristas, suelta a los allegados: "Estoy mayor, soy más viejo que el Cachorro".

Dios en los cielos y en la tierra.

Tiene pinta de que esta temporada bata los récords de facturación. Esa garantía de triunfo, de show jamás visto, de tauromaquia renovada escandalosamente desde las esencias está fuera de mercado. Morante es una barbaridad, un clamor, una alegría. Hace lo que quiere y cuando quiere. Se fuma un puro, se fuma un pitillo, hace un quite preciso al banderillero. Le sacan en hombros, le gritan; quieren llevárselo al Paseo de Colón por el trayecto más corto y directo. Y se forma un altercado de orden público que jamás de los jamases puede opacar lo que acabamos de presenciar un maravilloso jueves de preferia, fecha talismán y con menos gentío.

¿Cuánto llevamos así, cinco años?

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