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Tamariz, el mago de la Transición que reinventó la cartomagia en vaqueros

No vestía de esmoquin ni lucía la pavorosa seriedad de los ilusionistas del siglo XIX. Juan Tamariz (Madrid, 1942 - 2026) irrumpió en las pantallas en blanco y negro de la Transición con un sombrero de copa desvencijado, la melena alborotada, vaqueros y una energía desbordante. Desarmaba al público con una sonrisa desigual, se inventaba un violín invisible ("nananianananana...") y, entre aspavientos de loco genial, ejecutaba milagros a escasos centímetros de los ojos del espectador.

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El artista, que falleció este martes en Madrid a los 83 años, no era solo el showman que entretenía en el Un, dos, tres... o en Tatatachán. Tras la fachada del chiflado entrañable habitaba la mente más brillante del ilusionismo contemporáneo español, un teórico enciclopédico respetado como el "maestro de maestros" por la élite de la magia. "Lo que hace que me apasione la magia es que tiene algo de jazzística: a veces sé cómo acaba y otras veces no, porque decide coger su propio camino y en ese caso hay que crear sobre la marcha", confesaba en una entrevista concedida en 2019 a El País.

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De las ruinas del frente a la Facultad de Físicas

Su idilio con los 52 naipes comenzó de niño entre los escombros de la calle Pintor Rosales, en un Madrid de posguerra todavía golpeado por los efectos de la contienda. Un truco comprado en una confitería a los seis años encendió un fuego que ya no se apagaría jamás. "Es lo segundo que hago al despertarme; primero me rasco un poco y luego cojo la baraja", explicaba sobre una disciplina cotidiana a la que dedicaba jornadas de más de ocho horas.

Tras pasar estudiar con los jesuitas, cursó cuatro años de Ciencias Físicas y después ingresó en la Escuela de Cine, donde llegó a dirigir el primer papel de una jovencísima Carmen Maura en el cortometraje El espíritu. Pese a que la física le fascinaba, su camino definitivo estaba trazado sobre el tapete.

A principios de los 70, Tamariz no tenía contratos. Recorría la costa de hotel en hotel a cambio de cena y cama, o dependía del sueldo de su pareja. Fue en los sótanos de la Cava Baja madrileña, en La Mandrágora y junto a figuras como Joaquín Sabina o Javier Krahe, donde inventó una profesión inexistente hasta entonces en Europa, mitad mago mitad humorista, con la actitud y la indumentaria del cantautor.

Pese a nacer en Madrid, Tamariz se sentía andaluz y estableció su refugio en San Fernando (Cádiz). Allí dio rienda suelta a su genio insomne. Sus discípulos sabían que arrancaba a ensayar al ponerse el sol y no soltaba las cartas hasta despuntar el día. Educado en la libertad por unos padres a los que definió como ácratas en su forma de criar, Tamariz entendió siempre la magia como un acto de generosidad compartida. Frente a la ortodoxia que guardaba celosamente los trucos, él publicó obras clave de teoría y técnica como La vía mágica o La increíble historia de la magia, además de impulsar las enseñanzas a través de la Gran Escuela de Magia dirigida por su hija Ana. "Los magos no somos competitivos. Lo bonito es compartir", aseguraba. "Utilizar cartas marcadas y usar compinches rebaja al mago, al arte y a la ética".

El asombro del niño interior

Tamariz dominaba la simbología de las cartas (52 como las semanas del año, los cuatro palos como las estaciones o los poderes de la sociedad, sumando 364 días más los comodines), pero su auténtico triunfo no residió en la matemática, sino en la capacidad de despertar el asombro más puro.

"En el maravilloso oficio de mago sacas al niño que llevas dentro; no dejas nunca que se muera cubierto por las capas de adulto. Mi objetivo cuando hago magia es que la gente saque a ese niño interior". Cuando se le preguntaba por una posible retirada, lo tenía claro: "Me retiraré en 30 años, cuando tenga 106, porque estaré con achaques. Jubilarte de tu pasión es muy difícil; hay un fuego por dentro que te quema".

Desconectó el sonido de la televisión, dejó caer las cartas sobre el tapete y enseñó a varias generaciones a mirar el mundo con la boca abierta. Hoy, mientras los escenarios apagan sus luces, el violín invisible de Tamariz sigue sonando, desafiando a la lógica una última vez. Sus restos reposarán este miércoles en el tanatorio de San Isidro, en Madrid, donde la familia recibirá condolencias entre las 10:30 y las 22:30. En octubre recibirá un gran homenaje en un teatro de la capital.

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