Le ha tocado morir estos días a Blanca Fernández Ochoa y todavía no ha podido descansar en paz. Existen unas cuantas formas de realizar el ineludible ejercicio de abandonar este mundo, pero, cuando se posee un rostro conocido, el deceso no es anónimo y puede que tampoco discreto. La esquiadora tuvo la mala suerte de desaparecer varios días antes de que encontraran su cadáver y eso convirtió su caso en un fenómeno mediático, lo que faculta a los periodistas para explorar hasta el último rincón de su casa, de su mente y de su pasado. A veces, con la verdad por delante. Otras, con especulaciones que sirven para mantener al público delante de la pantalla. No debiera ser así, pero, a estas alturas, pedir cierto decoro a los maestros de ceremonias de este gran circo resulta inútil.

Sería hipócrita negar que, en mayor o en menor medida, todo el mundo pertenece a un patio de vecinos, lo que supone observar y ser observado. Cuando alguien aparece con una nueva amante, es normal que la información fluya sin que muchos aparten la oreja. También es habitual que el habitante del primer piso reciba datos sobre la rubia voluptuosa que entró anoche en el portal; y que al del quinto le hablen de una señorita morena, delgada y con ojeras sospechosas. La jet set acudía a las fiestas en la enorme mansión en West Egg de El gran Gastby, pero no se conformaba con la barra libre y la diversión. También especulaba sobre el origen de su fortuna, que para algunos tenía era oscuro.

El morbo es uno de los mejores ingredientes para vender periódicos y, para qué negarlo, el fallecimiento de Blanca Fernández Ochoa lo ha incluido en una cantidad considerable. Por la fama -pretérita- de la esquiadora y por las circunstancias en las que se ha producido el suceso, que incluyen una desaparición, unos días de misteriosa ausencia y una muerte que requirió autopsia. El problema es que, una vez más, los medios han prescindido de la prudencia y se han lanzado sobre un cadáver con voracidad carroñera. En algún momento, pudo llegar a pensarse que España había superado el periodismo abominable que rodeó al ‘caso Alcácer’. Nada más lejos de la realidad. El hambre de audiencia es todavía grande y los modales y los escrúpulos se presentan en dosis mucho más pequeñas.

Quizá haya quien considere relevante la información que ofreció este jueves por la tarde uno de los más afamados periodistas de sucesos, que decía que los forenses analizarán las vísceras de la finada para comprobar las sustancias que podía haber ingerido antes de su muerte. En otra cadena, poco antes, otro de los más conocidos informadores del ramo explicaba que a Fernández Ochoa se le vio cerca de la estatua de su hermano tras su desaparición. También remarcaba la obviedad de que el cadáver estaba en descomposición cuando le encontraron.

En algún momento, pudo llegar a pensarse que España había superado el periodismo abominable que rodeó al ‘caso Alcácer’. Nada más lejos de la realidad.

Los investigadores reclamaban unas horas antes de estas imprescindibles intervenciones televisivas que no se especulara con las causas del fallecimiento. Y el padre de Diana Quer pedía en las redes sociales respeto por la familia, a la que a buen seguro no le habrá gustado desayunar, comer y cenar estos días con las morbosas especulaciones sobre la fallecida. Lamentablemente, los medios han hecho caso omiso a estas peticiones y han organizado un aquelarre en el que sólo han resultado ganadores ellos mismos.

Seguir el rastro del dinero

La impunidad, en este sentido, resulta intolerable. Comentaba unos días atrás -en una conversación privada- un directivo de una de las mayores empresas españolas su desconcierto por las crecientes malas prácticas que abundan en los medios de comunicación, especialmente, en algunos que han decidido echarse al monte y dedicarse a engordar los peligrosos monstruos del amarillismo y la discordia. En la charla, reconocía la dificultad que entraña para estas empresas -que son las que financian a los medios- premiar a quienes actúan con rigor y responsabilidad, en detrimento de quienes hacen todo lo contrario. Básicamente, porque pese a los esfuerzos para conocer los perfiles de los lectores y los televidentes, al final lo que prima es el dato final de audiencia. Y muchas veces las noticias más relevantes quedan sepultadas bajo toneladas de periodismo de vísceras y bajo vientre. El que más interesa en los patios de vecinos a los que todos pertenecemos.

Para encontrar la causa de la mala praxis, por tanto, sólo basta con seguir el rastro del dinero. Si los anunciantes de los medios de comunicación se negaran a que sus productos aparecieran en los muladares mediáticos, la situación cambiaría rápidamente. Pero no ocurre así, lo que supone un doble ejercicio de hipocresía. Por un lado, el de las empresas (y las centrales de medios), que no saben ni quieren ver más allá del volumen de audiencia al decidir sus inversiones. Por otro, el de la prensa, que aplica aquello de «dame pan y dime tonto» con una sorprendente ligereza.

La prensa aplica aquello de ‘dame pan y dime tonto’ con una sorprendente ligereza.

Blanca Fernández Ochoa ha muerto y los medios se han negado a enterrarla, pues se han empeñado en darle un asesinato civil. Son los mismos que se comportaron con exquisita discreción ante la enorme desgracia que sufrió recientemente Luis Enrique, pero también los que especularon sobre los noviazgos y conflictos familiares de Diana Quer, los que desgranaron la vida sexual de aquella trabajadora que se suicidó en una fábrica madrileña y los que escribieron los carteles que advertían de que a los equipos de rescate del muchacho Julen, que cayó al pozo y murió, estaban a 50, 40, 30 y 20 centímetros del crío. En riguroso directo.

La Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia (CNMC) les pidió cierto decoro hace unos meses a la hora de tratar estas informaciones. Pero, digámoslo así, no le han hecho ni puñetero caso. Estos son los que luego hablan de la dignidad de la profesión. Son los promotores del gatopardismo periodístico, pues siempre apelan al cambio y a la evolución, pero, en realidad lo hacen para que todo siga igual.