Se convirtió en «la de cola de un cometa». Así lo dijo ella. Fue un gigante pero se pensó menor que lo que tenía al lado. María Teresa León (Logrono, 1903-Madrid, 1988) fue la esposa de Rafael Alberti y una de las mejores escritoras de la generación del 27. Su historia es la de muchas. La de parejas que eclipsaban y tiempos convulsos. Pero la de León comenzó de otra manera.

Ferozmente rebelde desde pequeña, se metió en la literatura de la mano de su tío, Ramón Menéndez Pidal. Él le prestó su biblioteca y le dio amplitud de miras. Ella absorbió cada letra y pidió más. Iba al colegio con libros que se consideraban prohibidos e iba con la intención de no dejarlo. La educación obligatoria, y socialmente aceptada, era para una mujer hasta los 14 años. Su ímpetu provocó su salida de un colegio de monjas que no veía en ella más que la depositaria de los anhelos de otro. La echaron y le dieron el empujón que necesitaba.

La actitud de María Teresa León se desbocó y su familia decidió que había que llevarla a Burgos. La ciudad, pequeña y puritana, la esperaba con su mejor cara. Allí ella, con sus padres esperando un milagro, generó más que una pesadilla. Se puso a escribir. Sabía. Llevaba años leyendo. Y comenzó a publicar. Lo hizo en El Diario de Burgos, casi 40 artículos en un par de años. Al principio como Isabel Inghirami, la heroína creada por Gabriel D’Annunzio. Luego como María Teresa León. Suave, dura, reivindicativa, comunista, activista y, sobre todo, valiente. Hablaba de la mujer, de sus derechos, de política. Y no tenía ni 20 años.

La libertad tuvo la crueldad de cobrarse como precio la custodia de ambos

Pese a que su cabeza iba a otra velocidad, se vio engancha, casi sin querer y con algún que otro empujón paterno, a un matrimonio que la llevó al altar siendo aún menor de edad. Se casó con 17 años con Gonzalo Sebastián Alfaro. Tuvo dos hijos, Gonzalo y Enrique. Los adoró. Publicó Cuentos para soñar y La bella del mal de amor. Era casi feliz pero su cuerpo le pedía alas y la libertad tuvo la crueldad de cobrarse como precio la custodia de los niños.

María Teresa se largó, sabiendo que sus hijos ya no eran más que de su ex marido. Así lo decía la ley y así la acató. El precio por vivir en primera persona fueron ellos. Se fue a Madrid. Lista, impetuosa, tan guapa que aterraba. Y conoció a Rafael Alberti. Cayeron rendidos y decidieron salir un poco del foco instalándose en Mallorca. Ya separada, volvió a casarse por lo civil. Esta vez con el amor de su vida, como decía ella, esta vez sin que Dios le diese su consentimiento.

El matrimonio civil se celebró 1932. Ellos, solos, se juraron un amor eterno que duraría hasta que a León se le empezaron a desprender los recuerdos.

Con él, suyas eran las ilustraciones, publicó Rosa-Fría y a mediados de la década de los 30 recibió la noticia de que ha sido becada para estudiar el movimiento teatral europeo. Agarró a Alberti del brazo y se lo llevó por toda Europa, por la URSS y se contagiaron del comunismo. Quizá ella más que él vio en aquel movimiento la salvación del ser humano y se agarró con fuerza a sus ideas. Volvió roja, más roja que ninguna, y cuando estalló la guerra tuvo un papel activo en las Guerrillas del Teatro y fue ella la que se encargó de poner a salvo las obras del Museo del Prado. Más tarde a ellos dos en Argentina.

De vuestra madre… que casi está llorando», escribió León a sus hijos

Fue en el país latino donde,en 1941, tendrían a su hija, Aitana. Donde empezarían un exilio que duraría 40 años y en los que ella decide quedarse un paso por detrás. Era mejor que triunfará Alberti. Era más fácil. Le impulsó, le editó, le ayudó. Mientras, ella siguió escribiendo pero siempre sería recibida como favor, como la mujer del gigante español. Era una de las mejores de la Generación del 27 y sus compañeras brillaban más que ella al no ser el soporte de nadie.

«Escribir es mi enfermedad incurable», aseguró. Escribió artículos, obras de teatro, novelas, cuentos, ensayos, hasta guiones cinematográficos. Y siguió siendo la «bella literata mala de Burgos». Cuando los años ya pesaban demasiado la cabeza le empezó a fallar. Y también Alberti. El escritor conoció a otra persona durante los 13 años que el matrimonio vivió en Roma y creyó que su mujer ya no se daba cuenta de nada. En esa época, sus hijos recibiría la siguiente carta. Sin decir nada lo contaba todo. «Bueno hijos queridos, besos y abrazos, de la Babucha, del Chico, de los gatos, del loro —que grita: ‘¡Mamá! ¡Mamá!’— de los canarios que cantan, cantan, ‘¡Buenos días! ¡Buenos días!’. De Rafael que pinta y de vuestra madre… que casi está llorando».

Volvió a Madrid, en 1977. A su país que ya era más que una nebulosa. Su querida República, el ambiente intelectual que la rodeaba, no existía y la dictadura había dejado todo un poco más oscuro, más gris. La memoria de María Teresa León se desvanecía casi haciéndole un favor. Su patria ya no era y el amor de su vida había elegido no serlo durante los peores años de esta. Murió un 13 de diciembre de 1988, acompañada pero sola. Sin reconocimiento. En los libros de texto como ‘la esposa de Alberti’.