Notorious RBG no es el nombre del último rapero de moda, sino el de una jueza del Tribunal Supremo de Estados Unidos que ilustra camisetas, pins y hasta tatuajes entre sus fans. Ruth Bader Gingsburg, de 85 años, es una de las celebrities más inverosímiles cuyo rostro menudo, toga y moño se ha convertido en icono millennial.

El documental RBG, con dos nominaciones a los Oscar, (que ya se ha estrenado en España y puede verse en Movistar), narra el éxito de la jueza convertida en símbolo del feminismo. También acaba de salir una novela gráfica sobre su vida y el 22 de febrero se estrena en los cines en España el biopic On the basis of Sex (Una cuestión de género), protagonizado por Felicity Jones, que retrata los inicios de la jueza Gingsburg cuando era una estudiante de leyes en Harvard de los años 50.

Hija de inmigrantes judíos, ella era entonces una de las únicas cinco mujeres en Harvard entre 500 estudiantes de la época, cuando por cierto aún les impedían entrar en la biblioteca por serlo. Gingsburg no entendía que ser mujer fuera un impedimento y convirtió la lucha contra la discriminación de género en la ocupación de su vida. Como era una mujer tímida y poco amiga de ningún revuelo, no se sumó a las manifestaciones feministas que ocuparon las calles en los años 60. Prefirió centrarse en el estudio de las leyes para cambiarlas. Y lo logró.

Lo más fascinante de RBG, el documental dirigido por Julie Cohen y Betsy West, es lo mucho que está de actualidad. Su figura no es la protagonista de un documental histórico de cómo hace muchos años una mujer brillante logró tumbar las leyes que discriminaban a la mujer en EEUU. Es el retrato de la construcción de un icono de la lucha por los derechos civiles de la más absoluta actualidad en la América de Trump. Igual que el presidente, Gingsburg tiene su propio personaje en el famoso programa televisivo Saturday Night Life.

Cuando Gingsburg empezó su carrera en 1959, ningún bufete de abogados de Nueva York contrataba una mujer, por más que fuera uno de los expedientes más brillantes de su promoción. Todavía era legal despedir a trabajadoras embarazadas, la violación en el matrimonio no era delito en 12 estados y hasta las mujeres necesitaban el permiso del marido para abrir una cuenta bancaria. Gingsburg, que sufrió discriminación laboral en su primer embarazo y ocultó el segundo para que no afectara su carrera, basó su trabajo en tumbar estas leyes de discriminación de género desde los años 60.

No les pido ningún favor para mi género, solo que quiten los pies de nuestros cuellos»

En 1972 fundó la sección de derechos de la mujer en la Unión Americana de Libertades Civiles (ACLU) desde donde logró llevar al Supremo seis casos de discriminación de género. Su objetivo era convencer al grupo de nueve hombres que conformaban el Tribunal Supremo de la época que la discriminación sexual existía. «Es increíble la cantidad de injusticias que podemos llegar a ver como normales», dice la jueza en el documental. «¿Cómo enseñar que existe un problema a quien ve algo como normal?»

En su experiencia, luchar contra la desigualdad es como ir tejiendo un jersey. Hay que hacerlo poco a poco. Paso a paso. «Los grandes cambios ocurren poco a poco», añade con una voz siempre pausada la jueza, que logró ganar cinco de esos seis casos de discriminación ante la Corte Suprema mucho antes de llegar a formar parte de ella en 1993.

Uno de los casos que ganó fue el de una piloto de las fuerzas armadas que reivindicaba que su marido debía tener los mismos beneficios sociales que las esposas de los pilotos varones. También ayudó a combatir la discriminación de género con el caso de un hombre que enviudó, pero aunque su mujer había muerto en el parto él no tenía acceso a cobrar la prestación por el cuidado de su hijo porque entonces la ley solo contemplaba como tarea de las madres cuidarlos. La estrategia de Gingsburg fue demostrar al Tribunal Supremo que la discriminación de género afecta a todo el mundo. Y también los hombres sufren injusticias si no hay igualdad. Quería mostrarle a un Tribunal compuesto exclusivamente por hombres la historia de alguien con quien se pudieran identificar. Y el caso de este viudo ayudó a lograrlo.

Casi 70 años más tarde de que ella entrara en Harvard, la clase de su nieta es la primera en 200 años de historia de la Universidad que tiene paridad. Y esta nueva generación de jóvenes, que han sido los encargados de viralizar espontáneamente todo tipo de merchandising en la red con el acrónimo de RBG, ha encontrado en esta octogenaria amante de la ópera un referente en la defensa de los derechos civiles en la América de Trump. Gingsburg es su archienemiga en la Corte Suprema, una especie de superhéroe para los demócratas que trata de pararle los pies al presidente que ganó la última campaña electoral con un discurso abiertamente machista, trata de aprobar leyes anti-inmigración y promueve la exclusión de las personas transgénero en el ejército estadounidense.

Gingsburg vs. Trump

Gingsburg, famosa por la audacia de sus palabras pero también por su timidez, no puede ser más opuesta a todo lo que representa Trump precisamente por su timidez y sobriedad. Entró en el Tribunal Supremo a propuesta del presidente Clinton en 1993 y no quiso retirarse en los años de Obama porque se consideró con fuerzas para seguir.

De hecho, la salud de la jueza Gingsburg se ha convertido en los últimos meses en una preocupación nacional entre los demócratas porque, dado que el cargo de los nueve miembros del Tribunal Supremo es vitalicio, si algo le pasara sería Donald Trump quien nominaría a su sustituto. El presidente republicano ya ha nombrado dos jueces del Supremo desde que llegó al cargo: Neil Gorsuch y Brett Kavanaugh. Este último fue especialmente polémico por las denuncias de abuso sexual que  no impidieron su ratificación. Los conservadores ya tienen mayoría, pero un tercer nombramiento a propuesta de Donald Trump daría a los conservadores la mayoría más abultada en el Supremo que han tenido desde la Gran Depresión de los años 30.

Otro de los protagonistas fundamentales del documental sobre la vida de Ruth Bader Gingsburg es su marido Marty, que la acompaña desde su primer año de Universidad. La historia de RBG no se entiende sin él, un hombre que la apoyó en todo momento. Ella se encargó de cuidarle cuando cayó enfermo de cáncer en la Universidad, cuando ya tenían su primer hijo. Ella iba a las clases de su marido para tomar nota y que no perdiera el curso, cuidaba también del niño y sacaba además adelante su carrera con uno de los mejores expedientes.

Años después él dejaría su trabajo como exitoso abogado en Nueva York para acompañarla a Washington en su carrera por la defensa de los derechos civiles en una época en la que un marido antepusiera la carrera de su mujer no es que fuera infrecuente sino inaudito. Cuando le preguntan en una entrevista que recoge el documental cuál es el secreto de su relación él explica con ironía: «Mi mujer no me da consejos en la cocina y yo no se los doy sobre leyes y nos funciona bien a los dos». A petición de sus hijos, su madre tenía prohibida la entrada en la cocina porque por lo visto preparaba unas cenas terribles.

Mi mujer no me da consejos en la cocina y yo no se los doy sobre leyes y nos funciona bien a los dos», dice el marido de RBG

Esta jueza del Tribunal Supremo no es un capítulo de la historia del siglo XX, sino un símbolo muy actual de la lucha por la igualdad y los derechos civiles en el siglo XXI. No ha perdido actualidad una de las frases que más ha marcado a RBG en su carrera: «No les pido ningún favor para mi género, solo que quiten los pies de nuestros cuellos».

Gingsburg ha sobrevivido dos batallas contra el cáncer y una operación del corazón sin haber faltado nunca a las deliberaciones del Tribunal Supremo. Cuando en diciembre se rompió tres costillas, los demócratas contuvieron la respiración. Ella ha asegurado que seguirá en su puesto mientras pueda trabajar. Hasta los 90 años, por lo menos.