Hubiera sido lo más probable. El joven Ignacio lo tenía todo para ser ‘damasquinador’, como su padre, como su abuelo. En aquel pequeño pueblo guipuzcoano en el que la industria de las armas se había convertido en el motor económico de la comarca tendría futuro asegurado. Su abuelo Eusebio y su padre, Plácido, habían perfeccionado e introducido como ningún otro antes aquel arte casi desconocido de decorar armas. Lo llamaron así en honor a aquellas armaduras procedentes de Damasco que descubrieron en el Museo Real de Madrid. Aquella habilidad y sensibilidad para crear formas y dibujos incrustando hilos y láminas de oro y plata para embellecer toda clase de armas habían hecho populares a los Zuloaga.

Pero al hijo y nieto de los ‘orfebres de las armas’ la vena artística le llevaba por otros caminos. Aquel Eibar de finales del XIX que le tocó vivir se le quedó pronto pequeño. Lo suyo era pintar, contar a través del lienzo el mundo que le rodeaba y las personas que en él se cruzaban. No tardó en pedir permiso para viajar a Madrid, para instalarse en la capital para descubrir el mundo que ocultaban los museos y que le cambiarían para siempre.

Su inspiración, sus maestros le esperaban en las salas del Museo del Prado. Allí estaban Velázquez, ‘El Greco’, Ribera, Goya y Zurbarán e Ignacio, el de los Zuloaga de la Eibar armera, dispuesto a seguir su estela. Comenzó copiando alguna de sus obras. Tenía buena mano y comenzó a destacar. Siguió formándose, y con ello a sobresalir aun más. Estaba consolidándose la carrera que le llevaría a convertirse en uno de los pintores costumbristas y retratistas españoles de mayor reconocimiento internacional a comienzos del siglo XX.

‘Manolete’ y Gregorio Marañón

En su Euskadi natal está enterrado, en el cementerio de Polloe de San Sebastián, en la sepultura familiar y tras haber rechazado en vida un hueco para la eternidad en el panteón de los ‘Hombres ilustres’ de Madrid. Allí comparte camposanto con otra ilustre de su tiempo, Clara Campoamor. A Zuloaga la muerte le encontró pintando, trabajando en un retrato de ‘Manolete’ en su estudio de la calle Gabriel de la capital. Su doctor y amigo de tertulias, Gregorio Marañón, apuntó una angina de pecho como causa del óbito.

En la vecina Vizcaya preparan una retrospectiva inédita de su numerosa y dispersa obra pictórica. El Museo de Bellas Artes de Bilbao ultima la exposición que repasará su intensa vida, desde sus primeros trabajos siendo apenas un adolescente de 18 años hasta su muerte en 1945. Lo hará a través de un centenar de obras, en su mayor parte jamás expuestas al público, y que han sido localizadas y negociados sus préstamo tras un trabajo casi “arqueológico”, según han reconocido los comisarios de la muestra.

La exposición, que se podrá ver a partir del próximo 29 de mayo y que se prolongará hasta el 20 de octubre, estará dividida en tres espacios; su juventud (1889-1998), su madurez (1998-1925) y su etapa final de consolidación internacional hasta su muerte, (1925 -1945). En la muestra no faltarán algunas de sus obras más reconocidas como ‘El Cardenal’ (1912), ‘Retrato de Conde Villamarciel (1893) o ‘Retrato del conde de Mathieu de Noailles’ (1913).

La obra de Zuloaga fue prolífica -se estima en cerca de un millar de trabajos- e internacional. Su vida le llevó por Roma para formarse, a París para codearse con los grandes de la pintura ‘belle epoque’ del momento Van Gogh, Gauguin, Degas o Tolouse-Lautrec, para huir de allí tras el estallido de la guerra mundial, Recaló de nuevo en España, en la Andalucía y Castilla que le embelesaron y reflejó en grandes lienzos de paisajes y escenas costumbristas.

De París a Segovia

Fue en Francia donde logró el reconocimiento y encontró el amor de la aristocracia que lo seleccionó como retratista de referencia. Casado con Valentine Dethomas, hija de un banquero, pronto se mimetizo con la élite parisina a la que retrató en una abultada colección de marquesas, condes y condesas. El estallido de la guerra le hizo dejar atrás 25 años de vida parisina y volver a enamorarse de España, de Sevilla primero, de Segovia después.

Es ahí donde surgen sus obras sobrias de los paisajes castellanos, vidas campesinas y grandes lienzos de la España del momento, la más humilde y popular, la de los toreros, los mendigos, las prostitutas y los gitanos.

La exposición anunciada esta semana será el regreso a lo grande de Zuloaga a su tierra, a Euskadi, casi tres décadas después de su última gran retrospectiva y veinte años desde que el Museo de Bella Artes le dedicara otra muestra, esta vez con Sorolla, en la que se confrontaron las dos Españas que representaban, la sobria, de dibujo recio y color oscuro del pintor guipuzcoano, frente a la luminosa y colorida del artista valenciano.