Cuando dentro de 100 años quieran saber qué se decían nuestros políticos, cómo amaban nuestros pintores, a quién odiaban los escritores; no encontrarán más que tuits o pantallazos de whatsApp. Perdimos las cartas, dejaron de ser útiles desde que internet nos dio la inmediatez. Pero, como todo lo antiguo, vuelve, aunque esta vez el auge es en forma de libros.

Recopilatorios de cartas de amor, de la correspondencia de Kafka, de Anaïs Nin, de Cortázar… y el último en llegar ha sido Escrito en la historia, del historiador Simon Sebag Montefiore, que recoge decenas de misivas, algunas de ellas inéditas, que llevan las firmas de Enrique VIII, Frida Kahlo, Mozart o Donald Trump…

Como explica Montefiore, que ha recogido estas cartas a lo largo de muchos años y durante varias de sus investigaciones, «la escritura epistolar vivió su apogeo entre el siglo XV y principios del XX, no solo por la buena disponibilidad de papel, sino también porque viajar era más sencillo, la mensajería era menos complicada y se desarrollaron servicios postales», asegura el autor que cree que ahora, «los navegantes de internet se sienten más solos que nunca entre los varios millones de conavegantes invisibles. Por el contrario el autor de una carta nunca está solo».

Como aseguró Lord Byron: «Escribir cartas es el único recurso que combina la soledad con la buena compañía»; y fue un recurso muy utilizado, no solo para enviar o recibir mensajes importantes, sino, y sobre todo, para mostrar sentimientos, sensaciones, odios y manías.

«¿De veras importa tanto quién te la ponga dura?»

Una de las cartas que aparecen en este recopilatorio y que es la primera vez que se lee es la de Marco Antonio a Octaviano, que sería el futuro Augusto. Pongámosla en contexto: Marco Antonio era el marido de la hermana de Octaviano, también de Cleopatra con la que tenía dos hijos. Durante años se aceptó como normal, pero cuando Marco Antonio comenzó a perder poder los rumores aseguraron que estaba embrujado por la faraona, que era ella la que daba las órdenes que salían de su boca.

Parece que entre Octaviano y Marco Antonio las cosas se pusieron tensas y el primero recibió esta carta del segundo: «¿Qué te pasa? ¿Protestas porque me esté follando a Cleopatra? Pero estamos casados, y ni siquiera es algo nuevo, nuestra relación empezó hace nueve años. Y tú, ¿qué? ¿Eres fiel a Livia Drusila? Te felicito si, cuando esta carta te llegue, no te has acostado con Tertulia o Terentila o Rufila o Salvia Titisenia, o todas ellas. ¿De veras importa tanto quién te la ponga dura?», le escribió.

«Cuando dos amigos gobiernan el mundo, esta es la carta que escriben al distanciarse porque uno de ellos se ha enamorado de una reina egipcia», explica Montefiore.

Mi señora y amiga, Yo y mi corazón nos ponemos en vuestras manos»

No es la única carta personal que cambió la política. Que cambió el rumbo del mundo. Inglaterra no tendría su propia iglesia de no ser por esta misiva que le envió Enrique VIII a la joven Ana Bolena, a la que no nos olvidemos, años más tarde mandó degollar. «Mi señora y amiga, Yo y mi corazón nos ponemos en vuestras manos, con el ruego de que nos pongáis como pretendientes de vuestro buen favor y que vuestro afecto por ellos nos disminuya por la ausencia». Fue justo antes de casarse, antes de que el rey inglés rompiese con la Iglesia católica por no permitirle divorciarse de su primera mujer.

En este recopilatorio también se encuentra la carta que sonrojó al último de los zares. Su mujer, Alejandra, totalmente obsesionada con el sacerdote Rasputín que ‘cuidaba’ de su hijo pequeño, el único varón, le envío esta carta: «Mi alma se tranquiliza y puedo descansar solo cuando tú, mi maestro, está sentado a mi lado y beso tus manos y apoyo la cabeza en tus benditos hombros».

Rasputín la hizo pública, pero Alejandra tuvo la suerte de que nadie creyese que aquello había salido de ella. Era demasiado polémica como para ser verdad. El que sí reconoció su letra y ordenó deshacerse de ella, fue su marido, el zar.

Si van a condenarme a muerte, te imploro de entrada, te lo suplico por lo que más quieras, que no me fusilen»

La carta que más ha llamado la atención del historiador Montefiore ha sido la del exgeneral Bujarin a Stalin, el 10 de diciembre de 1937. «Se trata de una carta de devoción y sumisión de un hombre a quien lo ordena matar. Estamos ante una de las más extrañas de este libro, desoladora y horripilante a un tiempo, reflejo del pasmoso delirio asesino del Gran Terror en la Rusia soviética».

La misiva dice así: «Si van a condenarme a muerte, te imploro de entrada, te lo suplico por lo que más quieras, que no me fusilen. Preferiría tomar veneno en mi celda. Para mí, este punto es de suma importancia. No sé con qué palabras encarecer este ruego para que me lo concedas como un acto de caridad. A fin de cuentas, políticamente, esto carece de relevancia y, por otro lado, nadie lo sabría. Pero déjame pasar mi últimos momentos según deseo. ¡Ten piedad!…

…Conmigo has perdido a uno de tus generales más capaces, un devoto de ti sin reservas. Pero todo eso es pasado… Me estoy preparando mentalmente para dejar este valle de lágrimas, y no albergo nada hacia todos vosotros, hacia el Partido y la causa, nada que no sea un amor ilimitado».

No todas las cartas que aparecen en este recopilatorio son políticas, hay muchas de amistad, de amor, de muerte. Una de las más fascinantes es la Anaïs Nin a Henry Miller, como explica Montefiore, «es una misiva impresionante».

Quiero combatir contra ti tanto como rendirme a ti, porque como mujer adoro tu coraje»

Data de agosto de 1932. «Quiero combatir contra ti tanto como rendirme a ti, porque como mujer adoro tu coraje, adoro el dolor que engendra, adoro la lucha que llevas dentro de ti, que solo yo percibo en toda su plenitud, adoro tu sinceridad terrorífica», le dice, en palabras del historiador, la mujer «que dio una nueva expresión al poder, la libertad y el erotismo de las mujeres, así como al sufrimiento femenino por abusos masculinos».

Otra de estas cartas es la de Napoleón a su mujer Josefina, el 24 de abril de 1796, cuando llevan poco tiempo casados y ella se encuentra en París mientras que Bonaparte está en Italia. «Tengo tus cartas del 16 y el 21. Muchos días no escribes. ¿Qué haces entonces? No es que esté celoso, amor; es que a veces me preocupo. Ven pronto. Te lo advierto, si tardas, me encontrarás enfermo. El cansancio y tu ausencia son demoledores».