Alejandra Pizarnik es uno de los perfiles que reúne Te quiero viva, burra (Círculo de Tiza), el primer libro de Loreto Sánchez Seoane, redactora de Cultura de El Independiente, que se publica el próximo 10 de diciembre. En este volumen la autora reúne un conjunto de semblanzas de mujeres fascinantes y valientes que han desarrollado su obra, sobre todo, en los siglos XX y XXI. Nombres muchos de ellos hurtados del lugar central de la Historia, donde merecen estar, y aquí recuperados.

La burra de Cortázar

Alejandra Pizarnik, por Andrea Sacci.

Alejandra Pizarnik (Argentina, 1936-1972) vivió siempre con la intención de no hacerlo. Enganchada a los barbitúricos, desdibujando jaulas, creando las suyas propias. Era tan extraña como rara, cuando la extrañeza es una actitud y la rareza margina. Tuvo fuerzas para aguantar 36 años despierta, pero un día contó bien las pastillas y, una detrás de otra, hasta 50, se echó a dormir porque la realidad era el lugar de los espantos.

Antes de tragar, escribió en su pizarra: «No quiero ir nada más que hasta el fondo». La encontró una de sus amigas en su departamento del Edificio Montevideo, 980, en Buenos Aires. El viaje al Hospital Pirovano fue su última angustia. En la ambulancia ya no respiraba. La fecha: 25 de septiembre de 1972.

Hija de un matrimonio judío de origen ruso, Elías Pizarnik y Rosa Bromike, como tantos otros, emigraron a a Argentina en busca de la prosperidad que ofrecía una nación joven y entonces pujante. Pronto se convirtieron en propietarios de una joyería en el barrio porteño de Avellaneda, pero lloraban cada uno de los días de la Segunda Guerra Mundial. La familia que habían dejado atrás en la ciudad ucraniana de Rivne, no daba señales de vida. Al terminar el conflicto las únicas ramas de su árbol genealógico eran ellos.

Cuentan que vivía entre la euforia y la depresión, que se reía con la misma fuerza con la que se desesperaba. Su pérdida fue tan dura que algunos quisieron pensar que se con- 140 fundió de dosis, que no deseaba a fondo tanto fondo. Pero Alejandra y el seconal sódico se conocían desde hace años.

Temerosos tras aquella hecatombe, buscaron en la educación tradicional un salvavidas para sus dos hijas. Pero había una preferencia: la hermana mayor de Alejandra. Más alta, más rubia, más guapa. La poeta era todo luz, ingenio, urgencia, pero el mundo le pedía belleza. Su cabeza iba a otra velocidad, a tanta, que lejos de provocar admiración, inducía al rechazo.

Estrafalaria, subversiva, rocosa pese a estar hecha pedazos, fue, a petición propia, la chica rara del colegio

Los estereotipos impuestos por su familia, su físico poco agraciado, y su tartamudez, la empujaron a ocultarse detrás de los libros. Siendo una niña, Rimbaud, Baudelaire o Rilke acompañaron sus horas. Los nombró sus amigos, aquellos que no tenía. Las vidas oscuras de aquellos malditos, eran la suya. Arrastraban las mismas penumbras que a Pizarnik no le permitían entrar en calor por las noches.

Estas lecturas forjaron su identidad, un carácter duro y rebelde. Se alejó de sus compañeras de pupitre, recatadas y discretas. Se cortó el pelo como un chico y se vistió como ellos.

Estrafalaria, subversiva, rocosa pese a estar hecha pedazos, fue, a petición propia, la chica rara del colegio. Una adolescente así, en la Argentina peronista de los 50, tenía algo de delirio. Y lo fue aún más cuando con 15 años comenzó a escribir poesía.

Alejandra Pizarnik, por Belén García-Mendoza

Llevaba con ella cientos de lecturas, no sólo de grandes poetas, también de filósofos existencialistas, como Jean Paul Sartre, o de escritores con gran carga psicológica, como William Faulkner.

De ellos tomó la búsqueda de una identidad y los guiños a la muerte. Eran sus obsesiones recurrentes, circulares. Su vida. Pizarnik hablaba de una niñez dolorosa y de un cuerpo que le ponía las cosas difíciles. Y entonces siempre aparecía la idea del fin. «Ellos y yo lo sabemos / que el cielo tiene el color de la infancia muerta», escribió en La danza inmóvil, mientras se alimentaba con barbitúricos para perder peso.

Estaba tan obsesionada con la literatura como con la delgadez. Aprendió a no vivir sin las pastillas; llamaban a su casa La Farmacia. Pero mientras se rompía el estómago, encontró alivio repartiendo sus poemas en el colegio y se convirtió en el centro de mil miradas, en la difícil chica de mente borrascosa.

También Pizarnik estaba fascinada con su mente y quizá esa necesidad de entenderse la empujó a estudiar Filosofía. No duró mucho. Tan impulsiva, pasó fugazmente por todos los edificios de la Universidad de Buenos Aires. Nada le llenaba. Del pensamiento a las letras y de ahí al estudio del pintor surrealista Juan Batlle Planas, que la cautivó y le fue suavizando los nervios. Quizá por primera vez.

Pero luego lo dejó todo. Quería todo su tiempo. Lo necesitaba para escribir. Le habían dicho que era buena. Su estancia en las aulas, aunque breve, le conectó con el poeta y profesor Juan-Jacobo Bajarlía, que se entusiasmó con los destellos de la joven Pizarnik, le corrigió sus textos y le presentó a su primer editor, Arturo Cuadrado.

Fue un momento clave en su carrera. Su escritura estaba tomando sitio y además conoció a León Ostrov, su psicólogo, quien le inculcó la idea de la importancia del subconsciente. Pizarnik, en vez de intentar mejorar su autoestima, en lugar de poner luz, entró más en la oscuridad. Literatura y psicoanálisis eran para ella el equilibrio perfecto.

Empezó a conocer a los que se convirtieron en su salvavidas: Rosa Chacel, Octavio Paz o Julio Cortázar

Así lo apuntó en su poema El despertar, dedicado a su terapeuta, con el que sólo permaneció unos meses, lo justo para convertirse en uno de los destinatarios favoritos de sus cartas. «Señor/ La jaula se ha vuelto pájaro/ y se ha volado/ y mi corazón está loco/ porque aúlla a la muerte/ y sonríe detrás del viento/ a mis delirios/ Qué haré con el miedo/ Qué haré con el miedo/ Ya no baila la luz en mi sonrisa/ ni las estaciones queman palomas en mis ideas/Mis manos se han desnudado/ y se han ido donde la muerte/ enseña a vivir a los muertos», escribió.

La oscuridad a la que había dado cuerda la estaba liberando.

Se sentía fuerte y empezó a publicar. El primer conjunto, La tierra más ajena, apareció en 1955. Tenía solo 19 años. Cuando en 1960 agarró el petate y se largó a París, su nombre ya estaba en la portada de cinco libros.

Apareció sola y la ciudad francesa la abrigó. La encumbró por su ingenio. Allí trabajó como traductora sin dejar nunca de escribir poemas. Empezó a conocer a los que se convirtieron en su salvavidas: Rosa Chacel, Octavio Paz o Julio Cortázar se enamoraron de la fuerza de la joven poeta y la auparon.

Su dominio del francés le permitía ser la transmisora al español de Antonin Artaud, Henri Michaux, Aimé Césaire e Yves Bonnefoy. Escribía en revistas, siguió con sus poemas y publicó Árbol de Diana, con prólogo de Paz.

La vida le parecía cálida. Por primera vez no estaba sola. Volvió a Buenos Aires con la obligación de informar a Cortázar de todos sus movimientos. Se querían y cuidaban mutuamente. La relación era tan fuerte que se llegó a especular con que La Maga, la protagonista de Rayuela, era Pizarnik. Fuera cierto o no, ella fue consciente del empujón literario que este rumor suponía a su carrera, y no dudó en pregonarlo a toda voz.

Quizá al recibir tanto cariño, al regresar a su casa después de todo aquello, asumió por primera vez su ciudad como un hogar. Ya no tenía frío por las noches. En aquellos días, a mediados de los años 60, conoció a la también poeta Silvina Ocampo y se imantó a ella. La vida empezaba a tener algo de luz.

Comienza su momento más fructífero. Siete libros de poemas, relatos surrealistas. Incluso se atrevió con una novela corta. Brillaba.

Pero las mentes complejas son incapaces de mantener el entusiasmo aislado de la derrota. Imaginan el futuro cuesta abajo. Se llenan de miedos cuando despiertan fascinación y en Pizarnik los fantasmas cobraban vida con demasiada intensidad.

Buenos Aires ya no era su hogar, dormía en un hospital para dementes de las afueras

Buenos Aires no era París, acaso un trasunto de ciudad cosmopolita que detrás de la primera impresión de sus grandes avenidas ocultaba una sociedad clasista y cerrada. Alejandra era allí, de nuevo la niña judía rara, desubicada. De la época de su regreso son poemarios tan duros como magnéticos. Los trabajos y las noches, Extracción de la piedra de la locura o El infierno musical. Crudísimos, desquiciados. Era una cuerda encerrada en una cabeza cortocircuitada. «De repente, poseída por un funesto presentimiento de un viento negro que impide respirar, busqué el recuerdo de alguna alegría que me sirviera de escudo, o de arma de defensa, o aun de ataque», escribió en el 68.

Y llegó la beca Guggenheim, que la llevó a Nueva York, y en 1971, la Fullbright. Pero ya nada era nada. Las pastillas comenzaron a sustituir a Ocampo, a su familia, a Cortázar. Ya lo había intentado varias veces. Desaparecer, borrarse, suicidarse.

Esta vez fue peor. Buenos Aires ya no era su hogar, dormía en un hospital para dementes de las afueras. Fue allí donde escribió a Cortázar, a modo de testamento, diciéndole que ya, que aquello era demasiado. Que ella necesitaba descansar.

El escritor argentino se puso a temblar. La carta le llegaba con dos meses de retraso. Había estado ingresado por un accidente de coche. Corriendo, metió en el buzón una nota: «Pero vos, vos, ¿te das realmente cuenta de todo lo que me escribís? Sí, desde luego te das cuenta, y sin embargo no te acepto así, no te quiero así, yo te quiero viva, burra, y date cuenta que te estoy hablando del lenguaje mismo del cariño y la confianza —y todo eso, carajo, está del lado de la vida y no de la muerte. Quiero otra carta tuya, pronto, una carta tuya».

No hubo respuesta. Días más tarde, su Alejandra, la Pizarnik que ya era de todos, aprovechando una salida del psiquiátrico, utilizó su fuerza para ser capaz de decir adiós, de llegar «sólo hasta el fondo».