Los bebés morían congelados y hambrientos, sus madres, en la calle y desnutridas no tenían ya con que alimentarles. A menos diez grados bajo cero, sin comida, buscando caballos, perros o gatos para llenar el estómago, los parisinos vivían sus horas más críticas. Se morían de hambre, de frío y no veían salida a su situación.

La guerra franco-prusiana había dejado a París sitiada, sin alimentos, sin defensa, sin nadie del gobierno en el que confiasen y ellos no aceptaban rendirse. El gobierno provisional de la republica, tras la derrota de Napoleón III, que estaba presidido por Adolphe Thiers, se instaló en Versalles con la intención de poco a poco acabar con los rebeldes de la ciudad, con todos aquellos que no pensaban ceder.

Mi corazón rebosante de alegría me impide pronunciar un discurso. Permítanme sólo glorificar al Pueblo de París por el ejemplo que acaba de dar al mundo»

GABRIEL RANVIER

Desgobernados, la milicia ciudadana tomó el control, se hizo con el poder el 18 de marzo de 1871, hace exactamente 150 años. «El Comité Central otorga sus poderes a la Comuna. Ciudadanos, mi corazón rebosante de alegría me impide pronunciar un discurso. Permítanme sólo glorificar al Pueblo de París por el gran ejemplo que acaba de dar al mundo», aseguró Gabriel Ranvier, uno de los dirigentes del movimiento revolucionario, ante miles de parisinos, y añadió: «¡En nombre del pueblo, queda proclamada la Comuna!».

Los revolucionarios tenían a favor la hambruna, la indigencia y el temor a una posible restauración de la monarquía borbónica y el pueblo se levantó en cuanto el gobierno intentó «robarles» las baterías de cañones que habían sido compradas por los parisinos para defenderse. Desde ese momento ya no volvieron a aceptar su autoridad.

Uno de los miles de franceses que jalearon aquel discurso de Ranvier fue el periodista Prosper Olivier Lissagaray (Toulouse, 1838 – París, 1901), que había sido muy crítico con el gobierno de Napoleón III, llegando a ser arrestado y encarcelado en varias ocasiones, y que vio en este movimiento la salvación de un pueblo que pasaba su peor momento.

Fue uno de los testigos de las 72 jornadas que duró la Comuna, hasta que el 28 de mayo de 1871, tras la Semana Sangrienta, se fusilaron a los últimos rebeldes. Él, que había luchado durante todos esos días, que defendía a ultranza ese movimiento, logró escapar y se exilió en Londres. Seis años más tarde publicaría Historia de la Comuna de París de 1871, un libro en el que intentó acabar con la mala prensa que se había dado del movimiento.

Ilustración de Miguel Brieva para Capitán Swing.

Ahora lo reedita la editorial Capitán Swing con motivo del aniversario del levantamiento. «Este libro es la excepcional historial de la Comuna, de las heroicas batallas libradas en su defensa y de la sangrienta masacre que acabó con el levantamiento. Un apasionante experimento revolucionario que en poco meses logró sustituir al ejército por una milicia ciudadana, acabar con la injerencia eclesiástica en los asuntos estatales, introducir el derecho universal a la educación y reconocer a los funcionarios públicos el mismo salario que percibían los trabajadores», explican en su contraportada.

Las mujeres combatían junto a los hombres, las maestras cobraban tanto como los maestros, se legalizó el divorcio…

Porque este «gobierno del pueblo» dio muchas cosas buenas a una sociedad que ni había salido del siglo XIX. Una de sus máximas fue la igualdad de género. Las mujeres combatían junto a los hombres, las maestras cobraban tanto como los maestros, se legalizó el divorcio, se le concedieron pensiones a las mujeres que perdían a sus compañeros en batalla similares a la de las viudas y, según Lissagaray, si hubiese durado más se habría llegado al sufragio femenino. Incluso fue Louise Michel, una anarquista, uno de los mayores símbolos de la revolución.

Pero no todo fueron logros. La Comuna, o más bien parte de sus defensores, también cometieron enormes atrocidades. Mataron sacerdotes, también militares, quemaron edificios públicos, saquearon comercios…

Fue un mes largo, de combates, de barricadas que acabó de la peor manera posible. El 21 de mayo comenzó lo que se conoce como Semana Sangrienta, 100.000 soldados del ejército burgués invadieron el casco urbano de la ciudad de París. Tras siete días de batalla, acabaron con el levantamiento y se perdieron 20.000 vidas.

Los rebeldes al verse vencidos comenzaron a quemar edificios y monumentos históricos, casi 200. Fueron detenidas más de 40.000 personas, se condenó a 13.000 personas, entre ellas 80 niños, y los cadáveres se mostraron en la ciudad para meter miedo a los insurgentes.

Muchos consiguieron huir. Exiliarse. Entre ellos Lissagaray, que se fue a Londres donde se encontró con Eleanor Marx, hija de Karl Marx (autor de la frase «El cielo no se toma por consenso, sino por asalto» que tanto se relaciona con este movimiento), con la que mantuvo una relación. Fue ella, admiradora acérrima de la Comuna, la que le empujó a escribir el libro que se publicó en 1876 y la que se lo tradujo al inglés, ya que en Francia estaba prohibida su distribución.

La obra es el resultado de una exhaustiva investigación histórica, así como de entrevistas con antiguos comuneros exiliados»

Fue este libro el que le dio la fama y el que volvió a publicar en 1896 con una versión ampliada. «La obra es el resultado de una exhaustiva investigación histórica en documentos de la época, así como de entrevistas con antiguos comuneros exiliados», explican desde Capitán Swing. También un relato en primera persona pero usando la tercera. Lissagaray describió los acontecimientos con tanto detalle que se da por hecho que fue él quien los vivió aunque quiso desvincularse de la narración para objetivarla.

No volvió a París hasta 1880, con la amnistía de los comuneros, y nada más llegar fundó La Bataille, un periódico que englobaba todas las tendencias del movimiento socialista y que se dedicó a defender a los trabajadores. De ahí, a fundar en 1888 la Sociedad de los Derechos del Hombre y del Ciudadanos junto a Jules Joffrin y Arthur Ranc.

Su obra fue cogiendo fuerza con el paso de los años. Y ahora, en este 150 aniversario, vuelve para mostrarnos, como dice el periodista Paul Mason, «la amargura de un hombre que pudo ver cómo se desarrollaba la tragedia».