El Museo Thyssen presenta la primera retrospectiva en España de Georgia O'Keeffe, una de las artistas más importantes de la iconografía americana

La pintura 'Serie I' de Georgia O'Keeffe Museo Thyssen

Cultura

Georgia O'Keeffe, la artista que convirtió los huesos en arte

El Museo Thyssen presenta la primera gran retrospectiva en España de una de las figuras más importantes de la iconografía del arte americano moderno, con una exposición que recorre seis décadas de su arte presidido por la naturaleza

«La mayoría de la gente en la ciudad corre de un lado a otro y no tiene tiempo para mirar una flor. Quiero que la vean, quieran o no».

Aunque la frase que acuñó Georgia O’Keeffe (Wisconsin, 15 noviembre 1887 – Santa Fe, 6 marzo 1986) en 1963 parece más coyuntural que nunca, la impaciencia ha sido siempre un vicio sobresaliente del ser humano. Para la artista americana, convertir su caravana en un taller de pintura móvil fue la experiencia que cambió su vida y le permitió abrazar el paisaje en su plenitud: cada curva de la montaña, cada llanura, cada atardecer y cada hoja mustia que el viento había depositado en la desértica tierra de Nuevo México o la jungla asfaltada de Nueva York.

90 obras que recorren su longeva trayectoria como artista se exponen desde este martes en el Museo Thyssen-Bornemisza, un espacio que llevaba desde el inicio del siglo intentando presentar una retrospectiva de unas de las figuras que han marcado la iconografía americana -principalmente cuando la capital artística mundial residía en la bulliciosa París-, y que ahora lo consigue con la exposición más ambiciosa de la artista en España. El Thyssen, la pinacoteca con más obras de O’Keeffe fuera de Estados Unidos, ha tildado de «milagro» la consecución de dicha.

Estramonio. Flor Blanca n.º1, 1932.

Como una errante que presenciaba la naturaleza incluso en los rincones más cosmopolitas de la ruidosa Nueva York, O’Keeffe plasmó en su obra la «fascinante y personal visión del mundo en el que las fronteras entre abstracción y figuración parecen haber desaparecido». Así lo ha indicado Marta Ruiz del Árbol, comisaria de la exposición de la artista americana en el museo madrileño.

La abstracción de O’Keeffe se basaba en «ir reduciendo paulatinamente el motivo hasta que prácticamente desaparece». Para Ruiz del Árbol, la naturaleza ha terminado por recorrer y definir cada vena de una pintora que ejemplifica, además, la concepción de «artista viajera que, una vez llevada a su destino, lo exploraba con el paso del caminante».

Su búsqueda por el detalle y por la exploración absoluta del paisaje le permitió exprimir «un sonido, una sensación, un pensamiento, incluso algo tan intangible como un dolor de cabeza», elementos que se convertían en una clara fuente de inspiración para su colección.

Amapolas orientales, 1927.

Así, la artista americana convertía la particularidad en su gran interpretación iconográfica: flores, hojas, rocas, conchas, trozos de madera, tormentas o nubes. Incluso en sus obras inspiradas en la gran urbe neoyorquina, es la naturaleza la que impulsa a la ciudad y no a la inversa. La luna se convierte en el principal enchufe de luz de los rascacielos y de los edificios que componen la escena nocturna, como en el caso de Calle de Nueva York con luna (1925) o Ritz Tower (1928). O’Keeffe representa «lo que en la ciudad moderna puede haber de la naturaleza», apunta la comisaria.

Vista de la exposición que el Museo Thyssen de Madrid dedica A Georgia O’Keeffe (1887-1986). EFE/ Luca Piergiovanni

Nuevo México. Nuevo inicio.

La predilección de O’Keeffe por la aventura la lanzó hacia el abismo del descubrimiento, un camino que nunca abandonó desde su primera visita a Nuevo México en 1929. Fascinada por sus colores, el brillo de su cielo azul, la comunidad nativa y las posibilidades que ésta le otorgaba a su pintura, la americana comienza a visitar Santa Fe con cierta asiduidad hasta que se instala de forma definitiva en los parajes naturales y autóctonos de Abiquiú.

Es entonces cuando decide recorrer con su caravana y su set de acuarelas, pinturas, canvas y pinceles los rincones más vivos y naturales de una desconocida América. Empieza a jugar con sombras, luces y a incorporar elementos como huesos para enfocar la naturaleza desde diversos puntos de vista, mostrando así una determinación constante de exploración del territorio.

Paisaje de Black Mesa, Nuevo México. Desde la casa de Marie II, 1930.

En Nuevo México, «la herencia hispana y católica que recibe del paisaje» se convierte en un abanico de posibilidades amplias «que le sorprenden» y fascinan «por las expresiones culturales genuinas y ligadas a la tierra», indica Ruiz del Árbol.

Para O’Keeffe, el mundo se convierte en una carretera con ruedas que ha de recorrer como si de una ruta con paradas obligatorias se tratase. Como el turista europeo que visita el paseo de las estrellas de Hollywood, o el americano que queda ensimismado con el brillo nocturno de la Torre Eiffel.

Cabeza de carnero, malva real blanca. Colinas, 1935.

Japón, España o Perú. O’Keeffe se convirtió en una nómada que visitaba culturas distintas y distantes para captar la magia del entorno. Incluso desde la ventana de su avión, la artista americana se prendía de la vista de pájaro que el aeroplano le proporcionaba para componer sus obras más tardías, empleando siempre su abstracción como punto de referencia pictórico.

«Sintetizar la realidad, eliminar lo anecdótico». Esa fue la principal premisa de una mujer que llenó su arte de referencias terrenales y que, aunque conocida por sus composiciones florales, inundó su arte, vida y experiencias de elementos nativos, ordinarios y comunes.

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