Cultura

Héctor Abad Faciolince: "Es una tontería sentir tanto el propio país, pero es irremediable"

El escritor colombiano Héctor Abad Faciolince, durante su entrevista con El Independiente

El escritor colombiano Héctor Abad Faciolince, durante su entrevista con El Independiente Ignacio Encabo

«Mamá, dile a papá que no me adore tanto», escribe Héctor Abad Faciolince (Medellín, 1958) en El olvido que seremos (Alfaguara), acordándose de él de pequeño, recordando a su padre, empezando la historia. Al padre de Abad Faciolince lo mataron el 25 de agosto de 1987, lo asesinaron por incómodo, por pedir mejor sanidad y mejor educación en una Colombia que discutía a balazos.

Aquella muerte, «la muerte heroica» de su padre, les destrozó. «Nos destruyó», asegura él. Y a modo de venganza, siempre simbólica, su hijo quiso contar lo que había pasado. Quiso contar a su padre, cómo dedicó su vida a buscar la manera de vacunar y cuidar a los colombianos, cómo tomó partido pacífico por un país mejor y cómo fue como padre, pensando que el mejor legado era el de la felicidad.

Lo escribió, y lo publicó en 2006, en El olvido que seremos. Un libro que recoge como título un poema de Jorge Luis Borges, que su padre llevaba en el bolsillo cuando le acribillaron, y que el pasado mes de mayo llegó a las pantallas gracias a Fernando Trueba.

P.- En mayo se estrenó El olvido que seremos, dirigida por Fernando Trueba, y que se basa en el libro que usted publicó en 2006. ¿Es verdad que siempre tuvo claro que quería a Trueba de director y a Cámara de protagonista?

R.- Fue algo muy intuitivo. Conocí a Fernando Trueba en un Festival Hay en México y ya había visto Belle Epoqué, Chico y Rita… Me gustaban mucho. Pero, sobre todo, él me cayó muy bien. Me gustó su manera de ser, de hablar y cuando los productores colombianos dijeron que querían hacer esta película yo les dije que qué tal si lo hacíamos con un director no colombiano, para tener una visión de afuera.

Y, cuando escribí a Trueba, me acordé de un actor español que se me parecía mucho a mi padre físicamente y también en su manera de ser: muy alegre, de reírse, muy entusiasta. Y, entonces, le propuse que la hiciera y que ojalá el actor llegará a ser Javier Cámara.

Pero él sentía que estaba robando mi memoria, que no podía asumir ese punto de vista. Y durante meses pareció que el proyecto iba a fracasar pero al final quedó todo como esa primera carta.

P.- Dice que escribió este libro «como un perdón, un olvido, y en cierta parte como una venganza, pero como una venganza simbólica». También que se atrevió tras releer Hamlet.

R.- Para cualquiera que escriba, y para cualquiera que haya tenido la experiencia de un padre asesinado, esa tragedia genial es fundamental, una de las mayores obras de la literatura.

En la literatura hay muchos momentos parecidos. Cuando uno vive una cosa de estas y ha dedicado su vida a la lectura, encuentra a veces en la lectura de ciertos libros un referente. Para mi era muy raro que Hamlet, con la H de Héctor, y que el padre se llamará también Hamlet, como yo y mi padre, también tuviera apariciones en sueños de su padre y que le dijera: «Recuérdame y véngame».

Después de que mataran a mi papá, perdí mucho la capacidad de recordar cosas. Como que se me perdió la memoria. Y Hamlet dice algo muy bonito, cuando el fantasma le dice recuérdame: «Yo voy a borrar todo el libro de mi vida y solo te voy a recordar a ti». Y de alguna manera eso era lo que yo sentía.

Lo de vengarme… menos. Mi papá era una persona muy poco violenta y muy poco vengativa, era otra época la de Hamlet. Pero el ejemplo de Hamlet de hacer una representación sí era para mí muy importante. La venganza simbólica, la representación de lo que pasó. Representar la verdad sin llegar al tercer acto de las espadas, que no me parecía necesario. Con la verdad creo que ya es suficiente.

P.– Define a su padre como un «radical alegre».

R.- Todos lo recordamos como una persona muy risueña, muy risueña hasta en la corrección, hasta en el regaño. Claro que se podía enojar pero después de un rato recuperaba el lado gracioso que podía tener cualquier situación y acaba riéndose a las carcajadas.

Él hablaba de una manera didáctica, decía que no era una pelea, que había que trabajar todos juntos para conseguirlo

Aunque lo indignaban muchas cosas de la sociedad colombiana, de las injusticias, la falta de educación, de higiene, de agua… Todos esos problemas que tenemos; él no iba por ahí dando alaridos de resentimiento, de rencor. Él hablaba de una manera didáctica, decía que no era una pelea, que había que trabajar todos juntos para conseguirlo. Por lo que era un radical que nunca perdió cierta cortesía.

P.- Higiene y vacunas como los pilares de la medicina. Su padre parece un adelantado a su tiempo.

R.- La película fue hecha en el 2019 y la primera edición del libro es del 2006. Ahí hablo, recuerdo, como mi papá nos hacía lavar las manos meticulosamente todo el tiempo. Era un obsesionado con la higiene.

Además, él nos vacunó a todos nosotros cuando no era lo común. Fue pionero en la vacunación contra la poliomielitis. Tenemos fotos de él, maravillosas, vacunando en la selva colombiana a la población indígena. Era un convencido de su importancia y eficacia, y trabajó en la OMS en programas de vacunación, de inmunización…

Entonces cuando se estrenó la película parecía casi trampa. Como: «Anda mira como están de moda las vacunas y las epidemias vamos a poner a estos niños aquí en fila a vacunarlos». Pero me acuerdo muy bien de mis hermanas en el atrio de una iglesia haciendo una fila para que mi papá las vacunará, a ellas y a otras tantas.

P.- Le habría fascinado la capacidad de la Ciencia para desarrollar una vacuna para un virus nuevo en tan sólo un año, ¿no?

R.- Estaría muy feliz, muy feliz. Pero que muy feliz. En mi casa hubo una fiesta cuando la OMS declaró que la viruela había desaparecido de la faz de la tierra y para él eso fue genial. Él creía profundamente en el progreso y decía: «Va a llegar un día en que también la poliomielitis y otras enfermedades van a desaparecer». Pero claro, las vacunas eran muy demoradas hasta esto.

En Colombia, donde casi todo es tan horrible, hay dos cosas muy buenas: el clima y la medicina

En muchos campos uno puede dudar del progreso, es más, le puede parecer hasta que hay retrocesos; pero en la medicina, afortunadamente, no hay duda. En la medicina de hace dos siglos uno entiende que Montaigne detestara a los médicos, los médicos de esa época no sabían nada. Cuando uno ve lo que se proponen en los libros de medicina del siglo XVI o XVII… Es nada, todo es oscuridad, no tienen ni idea. Pero en los últimos dos siglos la medicina ha demostrado unos progresos muy grandes.

Sin ella yo ya me habría muerto como tres o cuatro veces. La última hace mes y medio, que me operaron del corazón, y mira aquí estoy más o menos bien. En Colombia, donde casi todo es tan horrible, hay dos cosas muy buenas: el clima y la medicina.

P.- En 2019 publicó sus diarios, Lo que fue presente, que abarcan desde 1985 a 2006, fecha en la que publicó El olvido que seremos. ¿Tras la venganza simbólica empezaba otra vida?

R.- En realidad fue una decisión del editor, del de Afaguara en Colombia, Gabriel Iriarte. Él me dijo: «Vamos a publicar los diarios pero hasta el momento en que tu entregas este libro».

Realmente, hasta ese momento yo había ganado aquí un premio en Casa de América, también en la China otro con Angosta. No me podía considerar un escritor fracasado, ni mucho menos, pero nunca un libro mío había tenido tantos lectores y tanta repercusión. Mis otros libros le tienen muchos celos pero es bonito haber escrito un libro así.

A veces me dicen: «¿Pero usted no se siente un poco mal al tener un sólo libro?». Y contestó: «Pues mejor tener un sólo libro que ninguno».

Estaba dispuesto a sufrir toda mi vida por no llegar hasta el final del mes pero no tener que pensar todo el tiempo en eso es, como decirlo, agradable

Así que se terminan ahí por eso. Porque es un diario donde hay muchas dudas y muchas dificultades y muchas ganas de ser escritor y con El olvido que seremos esas cosas cambian. Se vuelven menos difíciles para mí. No ser escritor, que me sigue costando, pero por lo menos puedo vivir de lo que escribo. Ahora es más fácil. Estaba dispuesto a sufrir toda mi vida por no llegar hasta el final del mes pero no tener que pensar todo el tiempo en eso es, como decirlo, agradable.

P.- Cuenta que le dio miedo publicar estos diarios. Que la gente le confundió con el narrador de su novela, también le otorgó la «pureza» de su padre y que en los diarios se le veía imperfecto, se veía como hacía daño a los demás, como se había confundido… ¿Es verdad que llegó a un pacto con sus hijos para que no los leyeran?

R.- Sí que lo es. Me costó publicarlos. Me dio miedo. La relación con la madre de mis hijos, a quien yo quise mucho y ellos obviamente adoran… Pues la lectura de esa parte iba a resultar muy muy dolorosa para ellos. Les dije: «No quiero publicar esto porque no quiero que sufran»; y me dijeron: «No te preocupes, no lo leemos». Y creo que me han cumplido.

P.- Le voy a leer dos frases suyas, una sobre su país y otra sobre su ciudad. De Colombia ha escrito: «Quiero que este país me deje descansar» y de Medellín: «Me atrae como una mujer fatal, como la muerte al suicida».

R.- Es una tontería sentir tanto el propio país pero es irremediable. Lo que pasa es que uno tiene un cerebro muy antiguo en el que se acostumbra a un clima, a un color, a un olor, a un acento y ahí se siente muy cómodo.

Es una cosa difícil. El propio país es como la familia. Te duele lo que le ocurre más que si ocurre en otro lugar, más que si ocurre en otra familia. Por ejemplo, yo vengo a España y descanso. No sé como se llama la alcaldesa de Madrid y me da igual. No sé si es idiota o no. No sufro con nada.

Prefiero que gane un partido a otro, pero si gana el PP, pues gana el PP, y si gana el PSOE, pues gana el PSOE. Pero en Colombia todo para mi se convierte en algo muy fuerte. Y yo en Colombia… pues, por ejemplo, para mi enfermar aquí me daría miedo. Como si los médicos de aquí me fuesen a matar y saldría corriendo a Colombia. O si me muero, es mejor morir en el propio rinconcito.

P.- ¿Cómo ha cambiado Colombia desde aquel 25 de agosto de 1987? ¿Su padre habría estado hoy más seguro?

R.- El olvido que seremos está dedicado a dos personas. A Carlos Gaviria y a Alberto Aguirre, que eran amigos de mi papá. Fueron la herencia más valiosa que me dejó. Dos amigos mayores que yo, amigos de él, uno librero y editor, que vino al exilio a España muchos años para que no lo mataran; y Carlos, un abogado que después fue presidente de la Corte Constitucional, candidato a la presidencia por un partido de izquierdas, senador…

Ellos salieron, Carlos a Argentina y Alberto a España, cuando mataron a mi papá, para que no los mataran a ellos. Y se salvaron. Cuando volvieron hicieron cosas muy buenas por Colombina y se murieron de viejos ambos, hace poco.

Cuando volvieron hicieron cosas muy buenas por Colombina y se murieron de viejos ambos, hace poco

Entonces, que ellos hayan logrado sobrevivir indica, para mi, un pequeño cambio. Pero al mismo tiempo, sé que en Colombia siguen matando a mucha gente por actividades parecidas a las de mi papá. Ha habido un cambio, creo, cuantitativo. El año que mataron a mi padre en Medellín mataron a 7.500 personas y ahora matan como 650-700 personas en un año. Hay un cambio de cantidad pero siguen matando un poco por lo mismo y 700 personas son muchísimas personas. Por lo que ha habido un cambio cuantitativo pero no cualitativo.

P.- Ha venido a España en plena Feria del Libro y con una polémica por los autores que su país decidió traer como representantes, entre los que no se encontraba ni usted ni otros tantos poco afines al Gobierno.

R.- Pienso que a los funcionarios del Ministerio de Cultura no les gusta lo que yo escribo y no gustarles me alegra. Pero me parece un poco tonto. Por un lado porque las declaraciones del embajador me parecieron torpes, inventándose el género neutro en la literatura, un género que nadie conocía y él inventó para asegurar que los autores escogidos eran los que escribían dentro de los límites de esa nueva literatura.

Una lista de escritores que no deben ser invitados me parece de régimen totalitario y un comportamiento muy torpe y muy mal manejado. Incluso pudieron haber invitado a todos los autores que no querían invitar que no hubiéramos aceptado y ellos habrían quedado con un gobierno muy elegante, pero quedaron como lo que realmente son: un gobierno que prefiere invitar funcionarios escritores y que tiene listas de escritores vetados. Mostraron su peor cara.

P.- Encontré por casualidad una columna suya de 2013, se titula: ¿Por qué es tan malo Paulo Coelho? Y en ella asegura que si vendía, vende, tantos libros es porque «sus libros son tontos y elementales».

R.- Los libros de Coelho estaban construidos con unas recetas básicas, como de cuentos infantiles que funcionan. Son tontos y elementales pero él no es ni mucho menos tonto ni elemental. Él sabía, y sabe, construir cierto tipo de historia que le gusta a muchas personas.

Uno con los años se vuelve más tolerante y tranquilo. Creo que la lectura es también una especie de gimnasia y de entrenamiento. Un entrenamiento de los ojos y del silencio, de la concentración. Creo que los libros malos ayudan mucho a ese entrenamiento.

No importa mucho por donde empieza la gente a leer con tal de que entren y llegaría a decir que a veces deberíamos estar agradecidos a Coelho, si la gente no se queda ahí, porque es como alguien que empieza a correr y acaba corriendo una maratón. Quiero verlo así.

P.- Cuéntame su relación con García Márquez. Empezó muy muy mal, ¿no?

R.- En los diarios cuento que cuando lo conocí en Santiago de Cuba, y después en La Habana, él acababa de publicar Noticia de un secuestro y yo había escrito una reseña muy negativa sobre ese libro.

Tenía treinta y pocos y esas cosas de joven escritor que tenía que reivindicar esa independencia de los grandes autores. Y bueno, él era muy sensible a las críticas y en esa primera ocasión me trató muy mal, tal vez merecidamente, pero después pasó que yo publicaba artículos en una revista y cuando compró Cambio me llamó para escribir allí. Y me fui con él.

A partir de ahí lo vi más y fue muy bonito porque a pesar de esa reseña siempre admiré y sigo admirando muchísimo todos los libros de García Márquez.

P.- ¿Qué se le cruzó con Noticia de un secuestro?

R.- Lo que pasó fue algo personal. En el edificio en el que vivía mi madre, también vivía uno de los abogados de Pablo Escobar. Y un día habían ido los que le buscaban, a Escobar, los Pepes (Perseguidos por Pablo Escobar), y habían tumbado la puerta de ese abogado para llevárselo. Pero cuando se lo estaban llevando, en la madrugada, salió su hijo de 15 años a defenderlo y se los llevaron a los dos.

Me pareció que Márquez, que con toda la razón había tomado partido contra Escobar en ese libro, debería haber señalado también al Gobierno

Al hijo, con 15 años, lo torturaron delante del padre. Lo castraron delante del padre y lo mataron delante del padre para hacerle hablar. Me pareció que Márquez, que con toda la razón había tomado partido contra Escobar en ese libro, debería haber señalado también la forma en la que el Gobierno, con unos grupos paramilitares, empezó a buscar a Escobar y a matar a sus aliados más o menos «legales».

A mi ese crimen, no tanto el del abogado que era una persona repugnante, pero el de este niño, me pareció terrorífico. Y la escena de hacerlo frente a su padre… Son esas cosas que pasan en Colombia y dices: «Dios, dónde estoy viviendo».

P.- ¿Está escribiendo ahora?

R.- Sí. Desde que hace dos o tres años, que empecé a tener una falla cardiaca, me acuerdo de un cura muy bueno y al que yo quise mucho. Muy gordo y muy grande y que nos enseñaba a ver cine en Medellín. Que nos enseñó el cine clásico.

Él enfermó del corazón y tenían que hacerle un trasplante. Fue cuando yo me acababa de separar de la madre de mi hijos, me había ido de la casa porque me había enamorado y se quedó mi exmujer con los dos niños. Pues este cura nos llamó porque con su afección no podía vivir en una casa como la suya con escaleras y se fue a vivir a la nuestra, bueno, donde vivía mi exmujer y los niños.

Entonces yo ya iba de visita a mi casa a ver a mi hijos y estaba este cura como padre sustituto. Ocupando mi lugar en la mesa, ocupando mi lugar en la casa y feliz. Era feliz feliz. Me decía: «Pero ¿qué es esto? ¿Cómo me he pasado tantos años en conventos? ¿Qué es esto tan bueno de la vida familiar, los niños, la esposa, la comida caliente?»

Yo que estaba harto en el matrimonio, que todo me parecía espantoso: los niños, la esposa, la comida y me quería largar de ahí… Pues me pareció muy paradójico y cuando enfermé del corazón me acordé de él y he decidido escribir el libro de ese cura, siendo yo ateo, tan bueno esperando ese trasplante de corazón. Siempre me ha interesado mucho más la bondad que la maldad.

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