Cultura

Los traductores editoriales: más visibles pero todavía precarios

Imagen de dos traductores enfrentados con la torre de Babel de fondo y un diccionario de inglés

Carmen Vivas

Se pasan entre mes y medio y dos meses dedicándose exclusivamente a la traducción del encargo. Son los que nos permiten leer a autores extranjeros, sin ellos sería difícil entender a escritores rusos, italianos, árabes o incluso ingleses. Su trabajo consiste, no sólo en plasmar lo que escriben, sino en que comprendamos cómo lo escriben.

Traducen cientos de páginas del inglés, del francés, del árabe… al español. Se convierten en el escaparate «español» de los autores y durante años no aparecieron ni en los créditos. Ahora, cada vez más, sus nombres se van haciendo grandes. Algunos salen en las páginas de autorías, otros en la portadilla y los que tienen mucha suerte, y mucha profesión, en las portadas junto con el nombre del autor.

Son, junto con los correctores, uno de los engranajes más invisibles del sector editorial y, también, uno de los que menos puede dedicarse en exclusiva a esta actividad. Varios traductores que han hablado con El Independiente cuentan que la tarifa «estándar» ronda los 2.000 euros por aproximadamente 250 páginas.

El salario varía en función del idioma, no es lo mismo traducir del árabe que del inglés aunque siempre habrá más demanda del segundo, y también de los años de experiencia. «Cuando te has hecho un nombre puedes negociar estas tarifas», aseguran.

Muchos son autónomos y la mayoría lo hacemos como una segunda actividad porque no se puede vivir de esto

«Somos un sector que está bastante desperdigado. Muchos son autónomos y la mayoría lo hacemos como una segunda actividad porque no se puede vivir de esto. Yo, por ejemplo, soy profesora en la Universidad Complutense», afirma María Porras que trabaja para varias editoriales medianas. «Estoy muy contenta con ellos, siempre se han portado genial conmigo pero la traducción literaria no te da para vivir aunque las editoriales pongan todo de su parte», añade.

Lo mismo que María Campos, que ha traducido para una editorial independiente. «Las editoriales pequeñas nos dan bastante importancia, dan importancia a ese matiz de belleza que se necesita para traducir y que no te lo puede aportar una máquina. Es un oficio imprescindible pero tienes que compaginar con otro tipo de traducciones. Yo, por ejemplo, hago mucha traducción de publicidad y jurídica», explica y cuenta que su nombre sí que sale en la portadilla.

Por otra parte, el traductor Miguel Marqués es algo más positivo. «Hay traductores muy prolíficos que viven exclusivamente de la traducción de libros, pero no es muy habitual. Hay que ser rápido, estar dispuesto a trabajar a horas intempestivas, tener un flujo constante de trabajo y alternar libros más o menos «sencillos» (siempre entre comillas) o llevaderos con otros que puedan plantear exigencias estilísticas o de otro tipo (ensayos muy técnicos, clásicos literarios…)», explica.

Traducir Alexis o el tratado del inútil combate, de poco más de 150 páginas, puede llevar lo mismo que traducir una novela de las llamadas de aeropuerto

Y da mucha importancia a los tiempos o, más bien, a la falta de poder cuantificarlos. «Traducir Alexis o el tratado del inútil combate, de Marguerite Yourcenar, de poco más de 150 páginas, puede llevar lo mismo que traducir una novela de las llamadas de aeropuerto de 400, con todo el respeto para las novelas de aeropuerto y sus traductores (entre los que me cuento)», añade.

Encontramos a una traductora que puede vivir sólo de la traducción editorial. Silvia Moreno lleva 20 años en el sector y los últimos 6 trabajando sólo para editoriales. «Sé que soy una excepción. Yo traduzco entre 6/7 libros al año y me puedo quedar con un sueldo mensual de 1600-1.800 euros», asegura.

Para ella la culpa no es de las editoriales, «sino de un sistema atroz con los creadores». «Los distribuidores se llevan mucho dinero y el resto hay que repartirlo entre autor, editorial, traductor, corrector… es imposible que lo que queda sea mucho», añade.

Desde Asetrad (Asociación Española de Traductores, Correctores e Intérpretes), su presidenta, Laura Solana Garzón, nos cuenta que ella no puede hablar de tarifas. «Nos exponemos a multas por el tema de la ley de competencia pero es bastante habitual que la traducción literaria no sea la única traducción que realizan para poder vivir», asegura.

Aunque Marta Sánchez-Nieves, de ACE Traductores, nos indica que sólo el 13,4% dedica toda su jornada laboral a traducir libros, «aunque sólo el 9,8% declara que todos sus ingresos proceden de esta tarea y sólo el 6,2% asegura poder mantener su unidad familiar con ese dinero».

Todavía existen algunas editoriales que dicen que si te dan visibilidad que porque te van a pagar… Son casos concretos pero sigue ocurriendo»

Además, en el informe que publicaron en el 2010 y del que asegura «no han variado casi nada las cifras» se informa de que el 27,5% de los trabajos editoriales que se realizan lo hacen sin un contrato. «Todavía existen algunas editoriales que dicen que si te dan visibilidad que porque te van a pagar… Son casos concretos pero sigue ocurriendo», añade.

Y explica que es un sector en el que la gente joven se está incorporando con cuentagotas. «Yo traduzco del ruso y llevo viendo a los mismos desde hace muchos años, cuesta entrar y además ahora les llama más la atención la traducción audiovisual. Es difícil enganchar a chicos de 20 años con libros cuando está Netflix«.

Además, asegura que aunque la visibilización es cada vez mayor todavía queda mucho por hacer. «El reconcomiendo es importante y tenemos que luchar por ese reconocimiento». Algo que comparten desde Asetrad, «ahora estamos mejor y esto responde a la proliferación de pequeñas editoriales que quieren hacer las cosas de otra manera pero es un proceso lento».

Todos coinciden en lo mismo, en la importancia de su trabajo. «Hay libros que han tenido muchísimo éxito en el extranjero y que al llegar a España se han quedado en un segundo plano. No era problema del libro sino de una mala traducción», asegura Porras. Y lo corroboran las asociaciones: «Un trabajo mal hecho destroza un libro y tanto editoriales como autores tienen que ser consciente de la importancia que tenemos en el producto final».

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