Cultura

"¿Y si Hitler hubiera exigido 'Las Meninas'?" Lo que pasó y pudo pasar cuando el Prado se exilió a Valencia

El escritor Javier Alandes. ©Jeosm

Tenían la decisión tomada pero todo se aceleró el 16 de noviembre de 1936. Varias bombas cayeron sobre el Museo del Prado y el temor a que las obras de arte se convirtieran en otras de las víctimas de la guerra que acaba de empezar, se hizo más real. Sabían, además, que no solo tenían que preocuparse por los aviones; los conflictos bélicos abrían la puerta al expolio, a los robos y, lo que más miedo les daba, al fuego. «El Prado es más importante que la República y la Monarquía. Porque en el futuro podrá haber más repúblicas y monarquías en España, pero estas obras son insustituibles», dijo entonces Manuel Azaña. Y la Junta de Defensa del Tesoro Artístico Nacional, que se había creado poco tiempo antes, comenzó a evacuar.

Su intención era la de mantener a salvo el mayor número de obras posibles y decidieron trasladarlas a un lugar con menos exposición al desastre. Eligieron la ciudad de Valencia y más de 70 camiones y decenas de personas se volcaron en una operación de salvamento que no fue fácil, ni corta. Duró meses, ocupó a muchos funcionarios y conservadores del museo, pero salió tan bien que sería imitada pocos años después, durante la II Guerra Mundial, por muchos museos europeos.

Esta historia, la de cómo se salvó parte de la nuestra, la de Las majas de Goya, La crucifixión de El Greco, Las meninas de Velázquez, es en la que el escritor Javier Alandes (Valencia, 1974) se ha basado para escribir Los guardianes del Prado (Espasa), una novela que gracias a la ficción rellena los huecos de aquel traslado y que nos narra la importancia de aquellos meses que pudieron cambiar la historia del arte.

«Me he guiado por los hechos históricos para escribir una novela, he rellenado esos huecos que no tenemos con ficción, con personajes que pudieron existir (incluso algunos existieron) para que entendamos mejor qué ocurrió», explica Alandes bajo las Torres de Serrano, en Valencia. Las que durante siglos fueron la puerta de entrada a la ciudad amurallada, se convirtieron en 1936 en ‘búnker’ de muchas de las 600 obras que se trasladaron.

Portada de ‘Los guardianes del Prado’

«Las guardaron aquí. Cada una en su caja, con sus protecciones, tal y como habían salido de Madrid. Como les dio miedo que el conflicto avanzase y las bombas llegarán a Valencia estuvieron pensando durante mucho tiempo que podían hacer para protegerlas aún más y al final utilizaron, por idea del arquitecto Vaamonde, algo muy típico de aquí: la paja del arroz. Es algo que se desecha pero que es ligera y densa a la vez», añade.

El Gobierno de la República se instaló en Valencia cuando comenzó la guerra. A la ciudad acudieron ministros y funcionarios para poder continuar con la labor que ya era imposible realizar en Madrid. Alandes recorre en esta novela los edificios que se utilizaron para albergar a todas estas personas, cuenta cómo se usaron, qué pudo pasar allí pero siempre vuelve a aquellos que usaron para salvaguardar el alma del Prado.

«No sólo las torres… El viaje fue difícil y no todas las obras vinieron empaquetadas en las condiciones más óptimas así que algunas llegaron peor de lo que habían salido», explica. Estas obras que necesitaban pasar un tiempo en cuidados intensivos se llevaron a la Iglesia del Patriarca, enfrente de la que ahora es la sede de la Universidad de Valencia, y allí acudieron restauradores del Prado para recuperarlas.

Como explica el autor, «el viaje no fue fácil». «Ya se lo había avisado Frederic G. Kenyon, un arqueólogo británico que escribió un artículo en The Times diciendo que las obras corrían más peligro en el traslado que bajo las bombas», recuerda Alandes.

Javier Alandes. Fotografía Jeosm

Porque en aquellos setenta camiones, en los que también viajaban funcionarios y técnicos de distintos museos bajo el mandato del pintor extremeño Timoteo Pérez, había cuadros de Goya, Tiziano, Murillo, Velázquez o Rubens. «Al pasar por Benicarló, uno de los vehículos chocó contra el balcón de una vivienda provocando que los cascotes rajaran la lona del camión y parte de Los fusilamientos de Goya. Si se ve este cuadro en directo en el Prado se puede apreciar como se cosió posteriormente», explica.

Y algo similar le pudo pasar a las meninas. Kenyon, tras aquel duro artículo contra la República, fue invitado a Valencia para ver como se encontraban los cuadros y para que comprobara de primera mano que todo estaba bien. «Lo llevaron a la iglesia y sacaron Las Meninas al recibidor, existe una foto muy famosa en la que se le ve con otros británicos posar ante ellas», recuerda.

Una foto que estuvo a punto de no poder hacerse porque Las Meninas casi no llegan a Valencia porque el camión que las trasladaba no era capaz de pasar algunos de los estrechos puentes que tenían que cruzar y que a Alandes es la que le lleva a tirar de imaginación. «Me planteó que hubiese ocurrido si los sublevados hubiesen pedido ayuda a Alemania y Hitler hubiera exigido Las Meninas, y otros cuadros, a cambio de echarles una mano. ¿Qué habría pasado si todo hubiese dependido de aquellos lienzos que estaban escondidos en Valencia?», plantea el autor.

Y le da otra vuelta. Porque cuando los republicanos decidieron sacar las obras del Prado también pensaron en la colección numismática del Museo Arqueológico Nacional. «Era una de las colecciones de monedas más importantes del mundo y como no había tiempo se metieron a puñados en sacos. Se supone que esta colección iba a subirse a un barco para viajar a México y ahí las iban a custodiar republicanos exiliados pero nunca llegaron y no se sabe nada de ellas», explica.

Y sigue rellenando lagunas. Está vez lo hace con un general franquista llamado Gallardo que utilizará estas monedas como sobrepago para los alemanes. Tal y como lo explica Alandes, «el contexto y los hechos relevantes son todos ciertos, incluso los lugares donde ocurren, pero necesitaba personajes para darle fuerza a la historia y también giros que se desconocen para poder enlazar todo lo que ocurrió».

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