Cultura

Putzi, el pianista que ayudó a Hitler a crear el monstruo del nazismo para luego acabar con él

Imagen de Hitler y Putzi con la bandera nazi y la de Estados Unidos entrelazadas

Carmen Vivas

«Sin Putzi, el auge de Hitler no habría sido el mismo». Y viceversa. Porque el primero, marchante de arte en el Nueva York bohemio de 1910, amante de Djuna Barnes y músico en su tiempo libre, pasó de ser el amigo y pianista, a ser perseguido por la maquinaria nazi; y de alimentar los aires de grandeza del Führer a intentar acabar con él. «A.H es mi vida», «Adolf Hitler es mi vida», escribió. Para bien o para mal. Porque Ernst Hanfstaengl (Múnich, 1887 – Múnich, 1975) era el idealista del nacionalsocialismo que nunca comulgó con el antisemitismo del partido. Y sufrió las consecuencias. «Lo apodaron Putzi, ‘hombrecito’ en bávaro, a pesar de que superaba los dos metros de altura. Su figura ha quedado muy mermada en la historia. Cuando leemos las biografías de Hitler encontramos un par de referencias y, sin embargo, es un personaje que estaba muy presente. Se conocieron en 1921 y aportó al dictador alemán muchas cosas que no tenía: redes financieras importantes, dinero y un gran impulso para la revista del partido nazi», explica el periodista e historiador francés Thomas Snégaroff durante la presentación telemática de su primera novela, Putzi. El confidente de Hitler (Seix Barral), que recoge en sus casi 400 páginas «la increíble vida del pianista de Hitler que ayudó a crear el monstruo del nazismo para luego tratar de destruirlo».

De padre alemán y madre estadounidense, Hanfstaengl nació en el seno de una familia de la alta burguesía. Muy pronto fue enviado a estudiar a Harvard, donde se convirtió en un personaje popular por ser el autor de las canciones del equipo de fútbol universitario, y tras finalizar su carrera en 1909, se trasladó a Nueva York para dirigir una editorial de libros de arte de su padre. Tras el estadillo de la Primera Guerra Mundial, Putzi pidió a la agregaduría militar alemana en Nueva York devolverlo a su ciudad natal, pero se negaron. Después, en 1917, la rama estadounidense de la empresa familiar fue confiscada como propiedad del enemigo, y en 1922, Ernst volvió a Alemania. Allí, en una vieja cervecería de Múnich, conoció a Hitler, y quedó tan embaucado que, según él, «debido a su milagroso discurso, fue capaz de crear una rapsodia de histeria. Con el tiempo, se convirtió en el soldado desconocido de Alemania».

«Putzi tenía una fantasía. Era americano por parte de madre y alemán de padre y, románticamente, Hitler era para él el agente de reconciliación entre esos dos países respecto a un enemigo común judío-bolchevique. Por esto el pianista siempre se mantuvo al lado del mandatario nazi e hizo crecer al Führer desde un punto de vista político, artístico y cultural, y sin ninguna ideología. Cuando se declara la Segunda Guerra Mundial, Putzi hace lo posible para escapar del servicio militar, mientras que sus dos hermanos van y mueren. Esa ausencia ideológica se traduce en culpabilidad, y cuando conoce a Hitler se activa algo muy importante en su interior, le toca la tecla y crece una ideología afectiva, visceral, que no intelectual, como si hubiese encontrado en él el consuelo de su lamento por no haber muerto como sus hermanos».

«Putzi» con Hitler en el Café HEck, en 1930. BUNDESARCHIV

Hanfstaengl desempeñó un papel muy importante cuando Hitler fue encarcelado en 1933 por intentar derrocar al gobierno alemán, y posteriormente, cuando fue liberado. Pero en su devenir llegó la tragedia. Putzi perdió el favor de su gran ídolo tras un conflicto de intereses con el por entonces nuevo Ministro de Propaganda, Joseph Goebbels, y emprendió entonces un exilio que lo llevó hasta el presidente Franklin D. Roosevelt, quien durante la Segunda Guerra Mundial lo utilizó como su principal informante sobre el Führer. «Fue la única persona que trabajó personalmente y susurró al oído de Hitler y de Roosevelt. Esto le acaba salvando la vida. Acaba en el lado bueno de la historia, pero cuando te fijas por qué lo hizo, nos damos cuenta de que hay un vínculo muy fuerte con Hitler hasta el final. En todo momento esperaba que el dictador, que fue quien hizo que huyera de Alemania, le pidiera disculpas».

‘Putzi’ fue la única persona que susurró al oído de Hitler y Roosevelt»

Thomas Snégaroff

Como muestra de lo que supuso Hitler para Putzi, en esta novela también descubre la «asexualidad» del dictador, a quien su confidente presentó a las conocidas hermanas británicas Mitford. «No es que fuera homosexual, le gustaba atraer a las mujeres, pero la teoría de Putzi y otros historiadores, es que le asqueaba el cuerpo humano, el cuerpo de la mujer, el cuerpo físico y eso explicaría un poco esta relación un tanto conflictiva con las mujeres. Putzi lleva a cabo varios intentos para que el Führer conozca a mujeres, pero esos intentos fracasan. Él hace declaraciones de amor a las mujeres, pero sin contacto carnal», concluye el escritor.

Hitler junto a ‘Tilly’ Fleischer. BUNDESARCHIV

La novela se publicó en el extranjero en octubre de 2020, un mes antes de las elecciones americanas. «Soy especialista en los Estados Unidos, y escribir el libro me di cuenta de que hay una historia muy profunda entre América y Alemania. Las Leyes de Núremberg, por ejemplo, se construyeron sobre un modelo de las de segregación racial estadounidenses. Podemos comprender las raíces del ‘trumpismo’ en esta historia, que son las del miedo de la disección de la raza blanca», relata Snégaroff, «no hay problema hoy día en ver en la vida política este discurso supremacista de odio en las minorías. Roosevelt tenía unas ideas horrorosas respecto a los emigrantes del sur, que iban a manchar la raza blanca, aunque todo esto con el nazismo cobra otra dimensión».

Así, el francés ha afirmado que en este libro el lector puede encontrar «tres lecturas»: la propia historia de Putzi y que es «muy emblemática» porque aborda el Nazismo «contado de otra manera»; abordar la internacional fascista en Europa, «que va desde Estados Unidos hasta España»; y contar la memoria alemana a través de Putzi para así explicar «cómo se transmite la memoria, cómo el tiempo trabaja o no trabaja».

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