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Los 30 minutos que desataron a Hitler

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Los 30 minutos que desataron a Hitler

Tras años de fracasos, el 16 de octubre de 1919, con su primer discurso, Hitler pudo dar rienda suelta al odio que llevaba arraigado en su interior y se adentró con decisión por el camino de la política

Había algo en la forma de hablar de aquel hombre que enseguida atrajo el interés de Anton Drexler. «Hombre, este tiene una boca que podríamos necesitar», le comentó a uno de sus compañeros de partido. Por eso, antes de que abandonara el local, el fundador del Partido Obrero Alemán (DAP) se dirigió a él para entregarle un breve texto que él mismo había escrito y rogarle que regresara pronto.

Lo cierto es que Adolf Hitler no tenía intención de volver. Había acudido hasta allí por orden de su superior, el capitán Karl Mayr, en una de las misiones de vigilancia que le tenía encomendadas desde hacía varios meses.

Apenas sumaban cuatro decenas las personas que se daban cita en la cervecería Sterneckerbräu aquel 12 de septiembre de 1919. Los temas y debates allí abordados le resultaron anodinos, como los de tantos otros clubs de la época, y sus miembros impregnados de un «ridículo provincianismo».

Hitler describió su decisión de incorporarse al DAP como la más importante de su vida

Y si no había escapado apresuradamente al terminar la reunión fue porque un hombre se había puesto a abogar por el independentismo bávaro, lo que le llevó a arremeter contra sus argumentos con una vehemencia que impresionó a muchos de los que le escuchaban, incluido Drexler.

Cuando pocos días después, recibió en su casa un carnet que le acreditaba como miembro del partido y una invitación a una próxima reunión, Hitler se vio abordado por sentimientos contrapuestos y se sumergió en lo que él mismo describió como «dolorosas cavilaciones y consideraciones» que se prolongaron durante dos días, hasta que finalmente decidió unirse al partido: «Fue la decisión más importante de mi vida», escribiría tiempo después.

El DAP, como el mismo Hitler había percibido en aquel primer encuentro, era tan sólo uno de tantos pequeños grupos de extrema derecha que germinaban por aquellos tiempos por toda Alemania, denunciando, sin demasiado alcance ni pretensiones, la desdicha de Alemania, el trauma de la guerra perdida o la corrupción del orden, el derecho y la moral. Todo ello salpicado por un antisemitismo muy arraigado.

Aquellos discursos tenían una amplia aceptación en la Alemania de posguerra. La derrota en la Primera Guerra Mundial había dejado un pueblo traumatizado, marcado por el miedo, el desdén y el desencanto y por un profundo odio hacia los que, entendían, que habían sido los responsables de aquella humillación con su traición a la patria, los culpables de aquella «puñalada por la espalda».

Entraban en ese saco los políticos de la recién instaurada República de Weimar, primera intentona democrática en el país, que tuvo que cargar sobre sus hombros con el estigma de hacer ejecutar los inclementes castigos acordados por Reino Unido y Francia en el Tratado de Versalles, tal y como subraya Eric D. Weitz en su obra La Alemania de Weimar. Presagio y tragedia (Turner, 2019).

También eran objeto de repudio los revolucionarios, que habían minado desde la retaguardia los esfuerzos bélicos del país y que seguían tratando de aprovechar aquellos momentos de decaimiento para instaurar su pérfida dictadura del proletariado. Lo mismo podía decirse de los capitalistas especuladores, fieles únicamente a sus intereses, por los que eran capaces de sacrificar al pueblo y a la patria. Y por encima de todos ellos sobrevolaba la figura del innoble pueblo judío, corruptor de la moral y enemigo de la nación.

La derrota en la guerra hizo brotar en el pueblo alemán un intenso odio y resentimiento

Todos estos principios estaban hondamente arraigados en la mente de Hitler. Muchos de ellos, aún desde antes de la guerra. Por eso, tras superar sus resistencias iniciales, no le costó encontrar acomodo en el DAP, en el que pronto centraría todos sus esfuerzos.

Hitler contaría tiempo después que la decisión de dedicarse a la política la había tomado antes de que finalizara a la guerra, pero, como indica el historiador británico Ian Kershaw en Hitler. La biografía definitiva (Península, 2019), «no resulta fácil ver cómo podría haberlo conseguido. No tenía ni familia ni los contactos necesarios que le pudieran facilitar algún pequeño patrocinio en un partido político».

De hecho, en el momento de su regreso a Munich, era sólo uno de tantos soldados desarraigados, abandonados, sin trabajo ni relaciones en la ciudad y sin un objetivo concreto y condicionados por una aflicción a la que «se sumaba el sentimiento de decepción y disgusto» por la capitulación del país, explica Michael Kerrigan en Hitler. El hombre detrás del monstruo (Edimat, 2017).

En aquellas circunstancias, aquel trabajo como propagandista y observador en el Ejército había supuesto una oportuna vía para ganarse la vida, que, además, resultaría fundamental en su trayectoria posterior. Como observa Kershaw, «fue en el ejército, en 1919, donde finalmente su ideología adoptó una forma definitiva. En las extraordinarias circunstancias de 1919, el Ejército, sobre todo, convirtió a Hitler en un propagandista, en el demagogo con más talento de su época».

Con su entrada en el DAP no tardaría en mostrar esas capacidades. Fue en la cervecería Hofbräukeller, el 16 de octubre de 1919, hace ahora 100 años, donde aquel hombre anónimo tuvo la oportunidad de darse a conocer al público. Un público reducido, apenas 111 personas, pero que salieron «electrizadas» tras escuchar el primer discurso político de Hitler, que actuaba como segundo orador de la noche.

«En un torrente de palabras irresistible y de tensión creciente, durante treinta minutos descargó todas las pasiones, afectos que se habían acumulado en él desde los lejanos días del asilo para hombres, con todos aquellos sentimientos de odio almacenados en sus monólogos frustrados; como en una erupción volcánica, que tenía su base en la falta de contacto y de conversación de aquellos años anteriores, salían despedidas las frases, disparadas las locas imágenes y las acusaciones», describe Joachim Fest en Hitler. Una biografía (Planeta, 2012).

Aquel bautismo político supuso un acontecimiento decisivo en la vida de Hitler. A sus 30 años, aquel hombre nacido en la localidad austriaca de Braunau am Inn, había protagonizado una vida plagada de fracasos y ahora, al fin, descubría que tenía un don: «Yo sabía hablar», señaló él mismo con llamativa simpleza.

Su primer éxito como orador reforzó la confianza de Hitler y le animó a enfocarse en su carrera política

Con esa satisfactoria primera experiencia, esos 30 minutos que le permitieron «soltarse» de forma triunfal hasta llegar al vértigo, Hitler se entregó aún con más denuedo a su carrera política, tratando de dar un nuevo brío al DAP. «Se dispuso a convertir aquella temerosa ronda de bebedores de cerveza en un partido luchador, ruidoso y seguro del favor público», resume Fest.

Algunos de sus compañeros de aquella época, como el periodista Karl Harrer, cofundador junto a Drexler del DAP, tacharían algunas de sus pretensiones de «delirios de grandeza», pero lo cierto es que, poco a poco, la fama de Hitler como orador se fue acrecentando por las cervecerías de la ciudad y sus discursos se fueron convirtiendo en el principal atractivo de aquel modesto partido.

Cuando pocos meses después, el 24 de febrero de 1920, en el salón de fiestas de la Hofbräuhaus, Hitler tomó la palabra ante unos 2.000 asistentes, interrumpido constantemente por vítores y aplausos -así como por las críticas de algunos oyentes de izquierda-, volvió a quedar en evidencia el poder que desprendían sus palabras.

Aquella favorable acogida a sus mensajes «le proporcionaba la certidumbre, la confianza en sí mismo y la sensación de seguridad de la que carecía en aquel momento» y le aportaba un creciente convencimiento de que sus diagnósticos sobre la situación de Alemania eran correctos, tal y como señala Kershaw.

Un mensaje poco original

Con un estilo simple y repetitivo, los discursos de aquel hombre aún desconocido para el gran público giraban insistentemente en torno a la nacionalización de las masas, la revocación de la gran «traición» de 1918, la destrucción de los enemigos internos (sobre todo, los judíos) y la reconstrucción material y psicológica como requisito previo de la lucha exterior y la consecución del estatus de potencia mundial. Y con estas consignas sencillas lograba avivar el odio, la ira y el resentimiento de quienes le escuchaban.

No eran mensajes originales, pero «expresaba las fobias, los prejuicios y el rencor como nadie más podía hacerlo», señala el autor de Hitler. La biografía definitiva, quien explica que fue en aquellos meses cuando «aprendió intencionadamente a causar impresión mediante su oratoria. Aprendió a inventar propaganda eficaz y a aprovechar al máximo la repercusión que tenía la elección de chivos expiatorios concretos. En otras palabras, aprendió que era capaz de movilizar a las masas», alimentando sus sueños de grandeza.

Hans Frank, que sería uno de sus principales aliados a lo largo de su carrera política, rememoraba así la primera vez que le escuchó hablar: «Me impresionó mucho desde el primer momento. Era totalmente diferente de lo que se podía oír en otros actos políticos. Tenía un método totalmente claro y simple» en el que «todo brotaba del corazón y nos tocaba a todos la fibra sensible».

La traumática experiencia de posguerra convirtió a Baviera en la cuna de la contrarrevolución

Pero, como el propio Kershaw sugiere, si importante fueron las capacidades de Hitler para hacer llegar su mensaje, casi más decisivo fue el ambiente abonado que encontró en Baviera y, fundamentalmente, en la ciudad de Munich.

«Sin el clima excepcional de la Alemania de posguerra y, en especial, sin las condiciones únicas de Baviera, Hitler no habría encontrado un público, su talento habría resultado inútil y habría pasado inadvertido, sus invectivas no habrían tenido eco y aquellas personas próximas a los círculos de poder, de quienes dependía, no se habrían mostrado tan dispuestas a prestarle su apoyo», apunta.

La Baviera de los inicios políticos de Hitler era lo que Fest define como «el país de la contrarrevolución». En los días posteriores al final de la Primera Guerra Mundial, el gran Estado -otrora un reino- del sureste alemán se vio sacudido, más que ninguna otra zona del país, por la oleada revolucionaria, que dio lugar a un corto pero intenso periodo de pasiones, resistencias y sangrientos enfrentamientos, que dejarían una honda huella en la memoria popular y abastecerían de combustible a la derecha radical en sus diatribas contra el bolchevismo.

Fue en esas circunstancias en las que el discurso de odio de Hitler germinó con una rapidez inesperada para alguien de sus condiciones, pues como Fest indica, «nadie en el tumulto de revolución y contrarrevolución […] parecía hallarse previsto por la historia de forma menos clara que él» y «nadie disponía de medios más escasos; un punto de partido más anónimo no podía encontrarse y nadie parecía tan desconcertado como él».

Sin embargo, su mensaje calaba. «La propia pasión y el fervor de Hitler transmitían eficazmente el mensaje (a quienes ya estaban predispuestos) de que no había ningún otro camino posible; de que podía producirse el resurgimiento de Alemania y se iba a producir; y de que estaba en manos de los alemanes corrientes hacerlo posible a través de su propia lucha, su sacrificio y su voluntad», comenta Kershaw.

En pocos años, un hombre casi anónimo logró convertirse en un nombre clave de la política alemana

Los éxitos fueron, así, acumulándose para un Hitler capaz de atraer cada vez un mayor volumen de público. Su prestigio contribuyó a que el número de afiliados del DAP (posteriormente rebautizado como Partido Nacional Socialista Obrero Alemán, NSDAP) pasara de apenas 190 en enero de 2020 a 2.000 a finales de año y a 3.300 en agosto de 1921.

El que había iniciado su carrera en el otoño de 1919 como un hombre prácticamente desconocido se convertiría en apenas unos años en el Mussolini de Alemania o incluso el Napoleón en los círculos conservadores del país. Y su nombre no tardaría en hacerse reconocible por todo el país.

Para ello, no obstante, aún le quedaban muchas luchas que librar en el seno de su propio partido y, una vez al frente de éste, para convertirlo en un movimiento de masas. También con las autoridades, que lograrían desbaratar su primer intento de tomar el poder, en 1923 (el famoso Putsch de Munich), en lo que pudo haber supuesto el fin de su carrera política.

Pero ya para entonces habían pasado más de cuatro años de aquellos 30 primeros minutos que le habían abierto de par en par las puertas de la política, que le habían librado de sus inseguridades y sus lastres y le habían mostrado las poderosas capacidades que atesoraba. Y para contenerlas iba a ser necesario mucho más que una simple prisión.