// TODO: Revisar qué hace the_post_thumbnail_creditos Napoléon, el hombre al que se le quedó pequeño el mundo.

Napoleón en Santa Elena.

Historia250 años de su nacimiento

Napoleón, el hombre al que se le quedó pequeño el mundo

Nacido en una isla y exiliado en otras dos, la carrera política y militar del general corso nunca entendió de fronteras

Desde la cima del monte Orello, con sus poco más de 350 metros, Napoleón podía divisar con claridad los distintos territorios que rodeaban la isla de Elba. Al norte, la costa de Liguria; al oeste, su Córcega natal, casi cuarenta veces más grande; debajo de ésta, Cerdeña, aún más extensa; y en el horizonte, hacia el sur, aún se podía atisbar el extremo occidental de la isla de Sicilia. Tras unos minutos observando en silencio, Napoleón sonrió y agitó la cabeza antes de comentar con cierto desdén “¡bah! ¡mi isla es muy pequeña!”.

Hacía apenas una semana que había llegado a aquella isla mediterránea que los gobernantes europeos le habían cedido a modo de consolación. Al fin, después de varios lustros sometidos a humillaciones en el campo de batalla y amenazados por las ideas de la revolución que iba extendiendo allá por donde pisaba, el futuro del ya legendario general corso estaba en sus manos y el exilio en aquel reducido territorio de 225 kilómetros cuadrados fue considerado un justo castigo a sus desmanes.

Fue en la medianoche del 30 de marzo de 1814 cuando Napoleón Bonaparte se sintió perdido por primera vez. Había cabalgado a toda prisa en dirección a París, pero al llegar a las afueras de la ciudad comprendió que ya era demasiado tarde. Su última ofensiva para dividir a los ejércitos invasores de Rusia, Prusia, Austria y Reino Unido no había surtido el efecto deseado y había dejado expedito el camino hacia la capital francesa a las tropas del zar Alejandro I.

Las noticias de que en la ciudad se habían extendido los gritos de “¡abajo el emperador!”, al tiempo que sus estatuas eran sometidas al poder destructor de un pueblo decepcionado, acabaron por convencerle de que no valía la pena resistirse: su hora había llegado. Y tanto lo pensaba así que, mientras aguardaba en Fontainebleau el dictamen de las potencias europeas sobre su destino, intentó suicidarse. “El poder de Napoleón se basaba en gran medida en su capacidad para contar una historia convincente, tanto sobre sí mismo como sobre el significado histórico de su gobierno”, y la derrota suponía un borrón posiblemente definitivo, explica Mark Braude en El emperador invisible (Bóveda, 2019).

Tras sentirse derrotado, en marzo de 1814, Napoleón intentó suicidarse

Pero el destino parecía indicarle que aquel no era aún su fin. Como él mismo había sostenido en el pasado “un poder superior me empuja hacia un fin que ignoro; mientras no lo haya alcanzado, seré invulnerable, inquebrantable; en cuanto no sea ya necesario, una mosca bastará para aniquilarme”. El veneno no cumplió su cometido y el corso, rápidamente repuesto, tuvo que tomar el camino del exilio.

No es difícil imaginar la frustración que sentiría al llegar a aquella pequeña y árida isla que sus enemigos habían elegido como su morada, probablemente para el resto de sus días. Napoleón había sido “un hombre que había intentado extender su mirada mucho más allá de lo que nadie en su época hubiera pensado que fuera posible. Y allí estaba ahora, condenado a pasar el resto de sus días mirando los mismos rostros cansados, uniformes descoloridos, cuartos angostos, libros encuadernados en cuero, sus muebles, su jardín, las calles empedradas, caballos, carruajes y barcos, el océano y las estrellas”, escribe Braude.

Pero el hasta hacía apenas unos días emperador francés no estaba dispuesto a adoptar en Elba una vida ociosa y contemplativa. Como había repetido en varias ocasiones, la grandeza no era más que la capacidad de armar ruido y desde su diminuta isla pensaba hacer todo el ruido que fuera posible.

En sus nuevos dominios derrocharía la misma energía de la que había hecho gala a lo largo de toda su carrera y a la que sus enemigos achacaban toda la destrucción que había causado. “Lástima que el hombre no saliera perezoso”, llegaría a bromear su por momentos aliado y otras veces enemigo Charles Maurice de Talleyrand.

Desde su llegada desarrollaría una actividad frenética sobre los más diversos asuntos, para mejorar la red viaria, la higiene de las ciudades, los recursos agrícolas o la actividad comercial de la isla. Incluso, se lanzaría a la “conquista” de los pequeños islotes que rodeaban Elba, como la diminuta Pianosa.

En sus nuevos dominios, en Elba, derrocharía la misma energía de la que había hecho gala toda su carrera

Lógicamente, sin embargo, nada de aquello podía satisfacer a quien había cabalgado en libertad por el desierto de un Egipto que había sometido a su autoridad, que había luchado en Tierra Santa y soñado con llevar sus conquistas hacia la India, que había entrado victorioso en la gran ciudad de Moscú. Precisamente allí, en el centro del poder del Imperio ruso, se había iniciado el descenso a los infiernos del hasta entonces invencible general francés.

La fascinación que sintieron sus hombres cuando al fin, el 13 de septiembre de 1812 se adentraron por las calles moscovitas, quedó pronto empañada por la sensación de estar tomando posesión de una ciudad fantasmal. Una semana antes, en Borodino, las fuerzas de Napoleón habían salido vencedoras de una cruenta batalla -la más mortífera de la historia hasta la Primera Guerra Mundial-, que, pensaban, forzaría al zar Alejandro a pactar su rendición. Pero aquel día nadie se acercó a entregar las llaves de la ciudad al emperador francés, que durante semanas aguardó en Moscú la noticia de la rendición del zar, que nunca llegó.

Napoleón retirándose de Moscú, cuadro de Adolph Northen.

Napoleón retirándose de Moscú, cuadro de Adolph Northen.

Esa espera supondría uno de los mayores errores estratégicos del general corso, porque cuando finalmente dio la orden de regresar, el 19 de octubre, el frío y la nieve ya empezaban a causar estragos, enmarcando una fatigosa marcha de retorno a territorio seguro que también se vería dificultada por las repetidas embestidas de los cosacos rusos. Cuando el 18 de diciembre las tropas francesas lograron, finalmente, cruzar el río Niemen para adentrarse en Polonia, sumaban ya unas 380.000 bajas, uno de los mayores desastres militares de la historia.

Aunque Napoleón siempre pretendió que su único deseo era gobernar en paz su país, son muchos quienes entonces (y aún hoy) le acusaron de una ambición desmedida que acabaría suponiendo su ruina. A medida que se fueron acumulando sus logros militares fue creciendo en él la sensación de estar llamado a protagonizar las más grandes gestas.

Si la victoria de Marengo, con el mitificado paso de los Alpes, ya supuso una proeza digna de reseñar, el aniquilamiento de las fuerzas austro-rusas en Austerlitz, el 2 de diciembre de 1805, “se convertirá en la más visible de las glorias napoleónicas y, de alguna manera, en el símbolo de la eclosión de su imperio. Napoleón está eufórico, tal vez demasiado. Algunos historiadores creen que tal éxito produjo en su personalidad el inicio de un cierto divorcio entre su forma de ver las cosas y la verdadera realidad. Parecía considerarse ya invencible”, apunta el catedrático Juan Antonio Granados en Breve historia de Napoleón (Nowtilus, 2013).

Y poco después, la victoria sobre el ejército prusiano en Jena y la entrada de sus tropas en Berlín al ritmo de la Marsellesa no haría sino alimentar sus sueños de gloria.

Aquel hombre nacido en Córcega un 15 de agosto de 1769, en el seno de una familia relevante en la isla, pero muy alejada de los centros de poder del país, había llegado a tener en sus manos uno de los imperios más poderosos de los últimos siglos. ¿Cómo soportar ahora, sólo nueve años después, verse recluido en una isla de apenas 12.000 habitantes en la que ni siquiera lograría encontrar un edificio apropiado para acoger a un emperador? Aquel capítulo no era digno de ser el colofón a una vida que él mismo calificaba de “novela”.

Lo cierto es que casi desde el mismo momento en que fue destinado a Elba sus enemigos empezaron a abrigar el temor de que Napoleón acabara escapando de su isla. Y cuando los gobernantes de las principales potencias europeas se reunieron en Viena a partir de septiembre de 1814 para perfilar el diseño de la nueva Europa -que en gran medida suponía el retorno a la vieja Europa, previa a la revolución francesa-, fueron varias las propuestas de trasladarle a una isla aún más lejana.

Desde el mismo momento en que fue exiliado a Elba, sus enemigos abrigaron el temor de que huyera

“Sigo creyendo que hay que poner más mares entre Europa y él”, le comentaría el ministro francés Jean-Guillaume Hyde de Neuville a su flamante rey Luis XVIII, quien había encarnado la restauración de la monarquía borbónica en Francia dos décadas después de que su hermano, Luis XVI, fuera ejecutado en la guillotina.

Aquellos temores cobrarían vida cuando, ya en el mes de marzo de 1815, llegara a la capital austriaca la noticia de que Napoleón había desembarcado en Francia. El hombre que regresaba a su patria tras casi un año en el exilio no era ya, en muchos aspectos, el joven apuesto y cargado de energía al que el pueblo francés había fiado su suerte tras aquel 18 de Brumario (9 de noviembre) de 1799.

Napoleón en el momento de abandonar la isla de Elba, pintado por Joseph Beaume.

Napoleón en el momento de abandonar la isla de Elba, pintado por Joseph Beaume.

Pocos meses antes, el coronel británico Montgomery Maxwell, que había viajado hasta Elba con la esperanza de conocer a aquel hombre legendario que había dictado el rumbo de Europa durante años, había dejado patente su decepción al encontrarse con “un ser con una figura rechoncha y sin gracia, con un estómago de lo más poco poéticamente protuberante”.

Pero no cabía duda de que la figura de Napoleón seguía irradiando un poder de atracción como pocas. Y aquella osada escapada desde Elba para recuperar su trono revestía todas las condiciones para despertar la admiración que gran parte del pueblo había sentido por él no hacía tanto tiempo. Como señala Braude, la Francia que Luis XVIII encarnaba “jamás sería tan excitante como la Francia que Napoleón y el pueblo francés habían escrito juntos”.

Así puede entenderse que a sus 45 años de edad, el general corso pudiera avanzar con sus fieles -al principio apenas un millar de hombres- desde la costa Azul en la que había desembarcado hasta París -en una travesía que sería bautizada como “el vuelo del águila”- en apenas unas pocas semanas sin apenas encontrar oposición. Dicen que Napoleón solía adelantarse ante las tropas enviadas para frenarle y les retaba a disparar a “su emperador”. Muchos de aquellos hombres acababan engrosando sus fuerzas.

En aquella situación Luis XVIII optó por tomar de nuevo el camino del exilio antes de que Napoleón hiciera su reentrada triunfal en París el 19 de marzo. Mientras se sumía desde el primer momento en una intensa actividad administrativa, prometiendo corregir las actitudes despóticas que habían afeado su anterior mandato, Bonaparte trataba de convencer a los mandatarios europeos reunidos en Viena de que su propósito no era otro que gobernar su país, respetando de forma escrupulosa sus fronteras.

Pero aquellos hombres tenían como meta la restauración del Antiguo Régimen y nadie resultaba más molesto para esos planes que Napoleón. Como observa el profesor Granados “apenas recuperado el trono, se vio rodeado de cañones”, los de unas naciones que lo habían calificado como “enemigo y perturbador de la paz del mundo”.

Para las potencias europeas, que querían restaurar el Antiguo Régimen, Napoleón era su mayor amenaza

El epílogo a su brillante carrera militar se escribiría en Waterloo, con una derrota que marcaría, asimismo, el final de su trayectoria política y precipitaría el fin de aquella osada aventura, que pasaría a la historia con el título de los Cien Días. A su regreso a París, Napoleón comprendió que ahora sí había llegado su fin. Pero frente a la sensación de humillación y derrota con la que se había visto obligado a abdicar un año antes, ahora lo hacía entre un pueblo que le aclamaba.

La escapada de Elba había supuesto, en opinión de Braude, “el último intento de dar sentido a Napoleón” y “su audacia le confirió más popularidad que cualquier otro aspecto de su carrera”. Ahora sí sentía que había cumplido con lo que la gente esperaba de él. Había llevado a buen término el heroico papel que se sentía llamado a representar, aunque aquella misión hubiera de costar, una vez más, la vida de miles de personas.

Elba había sido una isla muy pequeña para él. Y más pequeña habría de resultarle la remota Santa Elena, una “isla vergonzosa”, según sus palabras, ubicada en el Atlántico, a mitad de camino entre Angola y Brasil, en la que le obligarían a consumir sus últimos años, sometido a una intensa vigilancia. Pero para entonces su leyenda ya había sobrepasado todas las fronteras. Un Napoleón moría, un Napoleón se hacía eterno.

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