Cultura

María de Estrada, la prostituta y tabernera española que dijo no a Hernán Cortés

Carmen Vivas

«Luchó mejor que cualquier varón en las Américas». Así se refirió Francisco Cervantes de Salazar al colectivo al que pertenecía María de Estrada en su obra Crónica de la Nueva España, su descripción, la calidad y temple de ella, la propiedad y naturaleza de los indios, del siglo XVI. Y de sus palabras quedó hipnotizado Ricard Ibáñez, el historiador, escritor y autor de juegos de rol que publica ahora El llanto del Quetzal, «un retrato distinto de la figura histórica de una de las pocas mujeres que participó en la conquista de México, junto a Hernán Cortés y que para algunos era una prostituta y tabernera. De una manera u otra, acompañó a las tropas de Cortés a Veracruz».

«Me fascinó el personaje de María de Estrada desde el momento en que escuché hablar de él. Enseguida, al investigar, me di cuenta de que había pocos datos sobre ella, porque tenía, entre otras cosas, un gran problema: ser mujer. En la historiografía tradicional las mujeres no son bien tratadas, tienen que hacer mil veces más que cualquier hombre para aparecer en los libros aunque sea un ratito. María fue una mujer soldado española que participó en la Conquista de México, y previamente pasó varios años como náufraga entre los nativos de la Cuba precolonial», explica Ibáñez en palabras para El Independiente.

María de Estrada tenía un gran problema: ser mujer»

ricad ibáñez

Pero nada fue suficiente para aquella a la que Bernal Díaz del Castillo se refirió como una «buena y honrada mujer». «No hay una biografía autorizada, ni citas, solo fragmentos de su vida que he unido como piezas de un mismo puzle cuyo objetivo es responder a lo que pudo ser y no fue», continúa.

Hacía 1518, Maria de Estrada vivía en Cuba, donde se casó con Pedro Sánchez Farfán. Estuvo en Matanzas cuando los españoles fueron atacados por los indios taínos, y su condición de mujer le valió para salvar su propia vida y conseguir el indulto de los indios. Pasó entonces a Nueva España en abril de 1520, en la expedición de Pánfilo de Narváez, con la intención de encontrarse con su marido, que había partido antes con la hueste de Hernán Cortés, el hombre que lidió con su negativa. Y es que mientras se preparaba la ofensiva final para la toma de Tenochtitlán, y ante la intención de que las mujeres se quedasen en la ciudad aliada, María de Estrada dijo no: «No es bien, señor capitán, que mujeres españolas dejen a sus maridos yendo a la guerra; donde ellos mueran moriremos nosotras, y es razón que los indios entiendan que son tan valientes los españoles que hasta sus mujeres saben pelear, y queremos, pues para la cura de nuestros maridos y de los demás somos necesarias, tener parte en tan buenos trabajos, para ganar algún renombre como los demás soldados».

La del «buen manejo de la espada, la rodela y la lanza, lo mismo a pie que a caballo», estuvo en la retirada de la Noche Triste y en la batalla de Otumba, y tras la caída definitiva del imperio azteca vivió en Toluca, donde su marido tenía una gran encomienda. «María de Estrada está considerada como una mujer pionera, por su papel de activa guerrera durante la campaña de conquista y posteriormente por ejercer de encomendera y llevar ella directamente los asuntos de sus tierras e indios», asevera Ricard.

María de Estrada murió cerca de los 50 años por cólera y fue enterrada en la Catedral de Puebla.

A Ibáñez escribir sobre ella le han costado siete años y junto a ella, le gustaría escribir también el legado de mujeres como Inés de Suarez, la mujer que defendió Santiago de Chile. «De ninguna se puede decir que fueron personajes que no existieron».

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