Cultura

Todo lo que se dijeron Delacroix, Matisse o Frida Kahlo en la intimidad: "Te adoro con toda mi vida"

Carmen Vivas

«Te ruego que rompas mis cartas, porque no quiero que por azar o negligencia pueda leerlas algún intruso», escribía Camille Pissarro (Estados Unidos, 1830 – Francia, 1903) en 1887 a Julie Vellay desde París, mientras Claude Monet se quejaba de la nieve que cubría su tela y su paleta, Eugène se sentía rejuvenecido gracias a Rubens y Frida recordaba a Diego Rivera que no descuidara sus palomas. El de las pequeñas y yuxtapuestas pincelad

as de colores puros nunca llegó a desconfiar de la palabra de su mujer y quizás debió hacerlo, porque los intrusos son ahora quienes muchos años después admiran sus cuadros a la vez que sus letras de amor, confesiones, anhelos o frustraciones entre las mil misivas de la colección de Anne-Marie Springer que, por primera vez en España, presenta el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza.

Bajo el nombre Cartas de artistas en la colección de Anne-Marie Springer, la muestra, vigente hasta el próximo 25 de setiembre, atesora más de 2.000 cartas, desde el siglo XV hasta los años 70 del XX, reunidas en los últimos 27 años. Entre ellas se pueden ver seis cartas que Matisse escribió desde Marruecos a su mujer Amélie, pero también otras de Delacroix, Manet, Degas, Cézanne, Van Gogh, Gauguin, Matisse o Lucian Freud en las que dejan testigo de sus inseguridades, sus procesos creativos o los momentos históricos que vivieron. «Estas cartas son una puerta abierta al universo más íntimo de los artistas», ha dicho la comisaria de la muestra y conservadora de pintura moderna del Thyssen, Clara Marcellán, que encuentra reflejado en los escritos «la práctica artística como una salvación. El contacto del espectador con las cartas puede ser tan emocionante como ver un cuadro; el trazo de las líneas es tan revelador como una pincelada».

«Desde los temas más cotidianos a las especulaciones más estéticas y profesionales, estas cartas nos sumergen en la vida de los protagonistas de la historia del arte de los dos últimos siglos y resuenan en las obras del museo, propiciando un enriquecedor cruce de ideas, palabras, caligrafía y pintura que invita a mirar las obras de otra manera», señala.

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De esta forma, treinta cuatro de las cartas se han seleccionado y emparejado por Marcellán con obras pintadas por artistas que son autores o destinatarios de ellas, respetando eso sí, el criterio que dio origen a esta colección particular: la reunión de cartas de amor. Y es que Anne-Marie Springer empezó a coleccionar cartas de amor en 1994, tras el nacimiento de su hija y haberse sentido cautivada por una firmada por un joven Napoleón Bonaparte a su mujer Joséphine. «Personalmente, siempre me han fascinado las cartas manuscritas, por su variedad, la belleza de las caligrafías y la expresividad de la escritura, que a menudo es una plasmación perfecta del mensaje que transmite. Son objetos únicos, de múltiples facetas, y enormemente reveladores sobre el alma humana», explica la coleccioncita.

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Del «No estés triste» de Frida al «Qué vida más tonta, la europea» de Gauguin a Molard

«No estés triste -pinta y vive- Yo te adoro con toda mi vida». Estas fueron las palabras que Frida Kahlo escribió a Diego Rivera en enero de 1948; parecidas, a las que más de un siglo antes, en agosto de 1822, Théodore Géricault dedicó a Madame Trouillard. «Su ausencia se me hace insoportable (…) pongo su regreso entre los más dulces deseos que pueda formular (…) tan dulces deseos que pueda formular (…) tan dulces me parecen sus caricias». Pero más allá del amor, entre las cartas que forman parte de Cartas de artistas en la colección de Anne-Marie Springer se entrevé también la expresión de ideas que los pintores ilustraban como pequeños bocetos, los detalles del proceso creativo de una obra, los sueños, como el de Paul Gauguin en 1894 de «zapar para Oceanía, para siempre y sin que nadie me lo impida», o las experiencias de algunos en torno al poder sanador del arte y sus sueños.

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Sin ir más lejos, en agosto de 1850, Delacroix escribió a su amigo Charles Soulier desde la ciudad balneario de Bad Ems, hablándole del efecto rejuvenecedor de contemplar las obras de Rubens en Bélgica, mejor que el de las propias aguas termales. Por su parte, en medio de un Berlín en ruinas, en 1944, Max Pechstein escribió al joven historiador Wilhelm Soldan, que servía en una unidad de protección del arte, para compartir con él su deseo de volver a pintar y describir los bombardeos que han destruido su taller.

Entre las misivas destacan también una carta de Édouard Manet a Claude Monet de finales de 1879, tras fallecer su primera mujer, Camille, con palabras de aliento y ofreciéndole ayuda con la venta de sus obras; o la del dramaturgo y crítico Octave Mirbeau, también al pintor de los nenúfares, proponiéndole algunas excursiones a lugares que le habían inspirado y recordándole su pasión por la nieve para animarle a seguir trabajando.

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