Cultura

El adiós de Plath, Cobain o Woolf: "Querido mundo, me voy porque estoy aburrido"

Cartas de gente ilustre antes de suicidarse

Carmen Vivas

George Sanders quería dejar atrás a toda esa «basura y mierda fertilizante» en una dulce letrina. Jerzy Kosinski prefirió dormir una siesta más larga de lo habitual, de la que Virginia Woolf tampoco quiso despertar jamás, y Dead, quien fuera vocalista de Mayhem, prefirió ir al grano: «Disculpen la sangre, pero me corté las muñecas y el cuello».

Usaron la poesía o el humor, y lo más explícito y contrario a seguir viviendo: querer morir. Y lo plasmaron al papel, como Silvia Plath, Kurt Cobain, Stefan Zweig, Cesare Pavese o Alejandra Pizarnik. «El acto de quitarme la vida no es algo que decida hacer a la ligera. No creo que nadie se tenga que quitar la vida sin antes haberlo reflexionado profundamente durante un largo periodo de tiempo. De todas formas, estoy convencida de que el derecho a poder hacerlo es uno de los derechos fundamentales que alguien puede llegar a tener en una sociedad libre. Para mí buena parte de este mundo carece de sentido, pero mis sentimientos respecto a lo que estoy haciendo suenan alto y claro en el interior del oído, en un lugar en el que no hay nadie, solo la calma. Amor para siempre», escribió, por ejemplo, Wendy O. Williams.

En ocasiones de esas palabras es tranquilizar a la madre, como hizo el escritor colombiano Andrés Caicedo, que se quitó la vida en 1977 tras ingerir 60 pastillas de secobarbital; y en otras, la motivación es política, como en el caso del poeta cubano exiliado, Reinaldo Arenas, quien tras arremeter contra Fidel Castro concluye: «Cuba será libre. Yo ya lo soy».

Pero qué más da. Porque «puestos a suicidarnos, es imperativo dejar una nota, un escrito, una carta, un SMS, un tuit, lo que sea, pero no podemos suicidarnos en blanco. Poder podemos, pero es feo, innecesario y rudo. Una buena nota de suicidio complementa las disposiciones legales o es simplemente un wasap lanzado a la eternidad de un mundo que ya nos cansó». O eso dice Marc Caellas (Barcelona, 1974), el artista pluridisciplinar que reúne en Notas de suicidio, lo que ve como «auténticas piezas literarias». «Este libro inclasificable no es solo un sumario razonado de notas y cartas escritas por suicidas. Es también una aproximación al pulso que late bajo la decisión extrema de quitarse la vida», señala en palabras para El Independiente.

Cuesta emprender el debate sobre el suicidio y reconocer que la sociedad ya es una máquina de matar»

marc caellas

De 156 páginas, el libro fue concebido inicialmente por el autor y el también artista David G. Torres como una obra teatral donde reflexionar sobre lo que ambos consideran «un tema tabú en Occidente». «No existía un libro que hablara del suicidio y que pusiera el foco en esas notas propias del acto. Me pareció interesante buscarlas, ver el trato con el lenguaje que cada personaje usó para escribir las que serían sus últimas palabras. El suicidio difícil y alrededor del que hay muchos intereses que hacen que solo se habla de determinada manera, como una enfermedad mental, dejando de lado las visiones más complejas. Cuesta emprender el debate sobre el suicidio y reconocer que actualmente crecen las situaciones que dejan sin salida a muchísimas gente. Y ahí, la línea de atención a la conducta suicida, sirve de muy poco. La propia sociedad es una máquina de matar».

Para escribir el libro, el escritor catalán se ha centrado en estudios e investigaciones como Levantar la mano sobre uno mismo, del escritor austríaco, Jean Améry, superviviente de Auschwitz que acabó suicidándose en la habitación de una hotel de Salzburgo con la ingesta de somníferos el 17 de octubre de 1978. «El gran acierto de Améry es descartar las teorías sociológicas y psicológicas según las cuales es la sociedad la que la que conduce al individuo indefenso hasta el suicidio».

Entre las notas o «antinotas» que más le han llamado la atención destaca la de la cantautora chilena Violeta Parra, que se descerrajó un tiro en la cabeza el 5 de febrero de 1967, y cuya nota permaneció oculta hasta una reciente investigación de la periodista Sabrine Drysdale, en la que «reparte dardos tanto a familiares como a figuras públicas» y solo salva a su hermano Nicanor Parra; la del actor George Sanders: «Querido mundo, me voy porque estoy aburrido. Siento que he vivido lo suficiente. Os dejo con vuestros conflictos, vuestra basura y vuestra mierda fertilizante en esta dulce letrina. Buena suerte»; o la de Mishima, que escribe: «La vida humana es breve, pero yo quisiera vivir siempre».

«Hay una belleza en todas las notas. Hubiera querido incluir alguna más, que no se ha encontrado o que, sencillamente, se rompieron en pedazos cuando se leyeron. Todos los personajes amaron mucho la vida pero entendieron que aprender a vivir es también aprender a morir», reza Caellas que asegura que el impacto que tendría el mismo libro con firmas anónimas, «no será un libro que escriba yo pero probablemente lo des humanizaríamos como ocurre con casi todo».

Las cifras de suicidio en España crecieron durante la pandemia, situándose como primera causa externa de mortalidad en Occidente, por delante de accidentes de tráfico, violencia machista o terrorismo. Según los últimos datos, en 2020 cerca de 4.000 personas se suicidaron y entre 80.000 y 100.000 lo intentaron, lo que supone once muertes al día y más de 220 tentativas.  A nivel mundial, cada año se suicidan casi un millón de personas, 800.000 según la Organización Mundial de la Salud (OMS). Por cada persona adulta que decide quitarse la vida, posiblemente más de otras 20 lo han intentado, y cada suicidio afecta íntimamente al menos a otras seis personas.

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