Primero fueron los cañones y barcos del desastre de Cuba en 1898. Un siglo más tarde ya nos habíamos enamorado de Marilyn, de Marlon Brando y hasta de la Estatua de la Libertad. Sentimos la llegada de un estadounidense a la Luna como si fuera Tony Leblanc en la españolada que llevó aquella conquista al cine de barrio: El astronauta.

América, la del norte, ya nos había conquistado en el apogeo del poderío norteamericano durante los años 80, con su Madonna y Michael Jackson. Con Rocky, Rambo, y toda la fuerza de Hollywood.

El relevo lo lleva tomando desde hace ya bastante el cono sur, que es de lo que va esto. Empezó discretamente con una canción que nadie entendía. “Perjúmenes que sulibeyan” no son palabras que estén en el diccionario. Tampoco hacía falta. Se entendía por el contexto, y la introducción. El de 1977. Eran Carlos Mejía Godoy & Los de Palacagüina

Después de aquel semi esperpento con chal que tanta gracia familiar hizo en aquellos años de tele en color, vinieron los culebrones venezolanos y su enorme carga sentimental. Se paseaban en procesión por programas televisivos y revistas galanes como Carlos Mata (Cristal) y damas con cabello setentero como Jeannette Rodríguez. Auténticas celebridades con acento que aprendimos a naturalizar, cuyos personajes solían usar nombres compuestos larguísimos que rara vez se escuchaban en España. Se hizo mucho show con su beso en La dama de rosa.

Vamos a la música, expresión cultural clarísima de la invasión. Poco después, ya en los 90, abrieron locales cara al público especializados en la moda del momento: el merengue y la bachata. Juan Luis Guerra y sus 4 40 se convirtió en el líder de un movimiento (de caderas) que no ha dejado de llenar estadios desde entonces. Las Burbujas de amor estaban por todas partes. Una canción que hablaba de sexo de una forma tan sutil y poética que conquistó los corazones ibéricos.

Ya nunca nos abandonaron los ritmos latinos. Si bien es verdad que hubo que esperar hasta la irrupción del reguetón para que fuera un fenómeno de masas, siempre hubo personas en nuestro país que decidieron especializarse en bailar este tipo de compases. Algunas de ellas, con tanta seriedad y profesionalidad que no había manera de seguirles el ritmo. Textual. Por experiencia.

Y de pronto llegó el Dale, don dale. 2004.

La expresión «estoy suelta como gabete» se puso incluso de moda entre los jóvenes de aquel 2006 de hace ahora más de 15 años. Por si parece que fue ayer, lo advierto. Y para terminar de provocar el incendio, alguien trajo Gasolina, de Daddy Yankee, que ha sido nombrada por un comité de expertos entre los que no me incluyo, la “mejor canción reggaeton de todos los tiempos”.

Se montó el «quilombo». Ya no hubo manera de desterrar el ritmo sincopado latino de nuestro consumo musical. Los puristas se llevaban las manos a la cabeza mientras el respetable, que para eso lo es, decidía que se siguiera poniendo en las salas y liderasen los temas con sabor latino las listas de descargas y escuchas en las entonces incipientes plataformas.

Poco a poco, la cosa fue a más, y los primeros en contagiarse fueron algunos artistas españoles, gracias a duetos inesperados o incluyendo incursiones en este tipo de ritmos. Pocos se quedaron al margen. La ola arrasó. El punto de normalización llegó cuando todo un Alejandro Sanz se puso “reggaetonero” junto a Shakira.

Lo remató un español (prácticamente norteamericano) llamado Enrique Iglesias, cuando se unió a otro de los grandes nombres del género: Pitbull.

La cultura latinoamericana tiene ahora sobre todo su caldo de cultivo en los más jóvenes de la casa. No es extraño que entiendan hasta las expresiones más propias de rincones de alguna zona rural de cualquier país sudamericano. Lo saben bien en los colegios catalanes, donde el castellano, y más con acento latino, está venciendo a la “normalització”. Así de claro.

Después vinieron los primeros artistas españoles en adoptar toda la parafernalia asociada, letras incluídas. El pionero, Juan Magan. Arrasó con las calles de Madrid:

Le siguieron Ana Mena, el canario DaSoul, y otros muchos más hasta llegar a nada menos que C.Tangana, que en una entrevista, declaró: “A la escena de la música urbana en España le faltaban estrellas”. Pues ya está aquí el madrileño de Colmenar Viejo para rellenar el vacío.

El momento cumbre de esta “colonización inversa” llegó hace relativamente poco, en el momento en el que la que fue pareja del anterior, la catalana Rosalía, pasó del flamenco al reguetón en apenas unos singles.

¿Y decimos que les conquistamos? Aún nos queda mucho que aprender.