Cultura

De Abraham a Chagall, el "padre nuestro" como conflicto

El «Attá avinu» de Isaías era un recordatorio. Ese «padre nuestro» le decía a Dios que la humanidad era hija suya. Era también una plegaria acusatoria: «Tú eres nuestro padre y obra de tus manos todos nosotros». Erri de Luca (Nápoles, 1950) recuerda este, como él lo llama, «arrebato de santa ingenuidad» al comienzo de A tamaño natural. Historias extremas de padres e hijos (Seix Barral). Habla de esta frase acusativa, de esta manera de pedir: danos, perdónanos, líbranos. Y de cómo la divinidad nos deja claro que renuncia a la omnipotencia para dar «libertad a la criatura humana».

Parte de esa plegaria y esa desvinculación para narrar las complejas relaciones paternofiliales. Nos cuenta a Marc Chagall pintando a su padre de memoria, a Abraham decidido a sacrificar a su hijo o al pediatra Janusz Korczak, que asume la paternidad de más de 200 huérfanos del gueto de Varsovia y que muere con ellos en el campo de Treblinka. También se cuenta a él, a su padre alpinista, a su impronta y sus porqués.

Este interés por el cómo entre ellos y nosotros, entre nosotros y ellos, viene de una petición del Musée d’art d’Histoire du Judaïsme de París, que le pide que elija una obra y hable sobre ella. Fue El Padre, de Marc Chagall, la que más llamó su atención, la que le llevó a buscar más referencias y por la que hoy nos encontramos con este volumen de cuentos, algo hasta ahora inédito en el escritor italiano.

‘El padre’, de Chagall.

«Un museo me pidió que escogiera una obra y que escribiera algo sobre ella. Este cuadro tenía como algo conmigo, de entrada ya un gran admirador de Chagall pero saber que él no retrató a su padre teniéndolo delante, sino a mucha distancia, me fascinó. De alguna manera lo pinta de memoria, lo reconstruye a tamaño natural. Y es un recuerdo lleno de emoción y también de dolor. Hablando de este cuadro me dio por pensar y escribir sobre otras relaciones entre padres e hijos», cuenta durante una rueda de prensa por zoom desde su casa en una aldea cerca de Cesano di Roma.

Se puso a escribir como Chagall le dio peso a su padre, «un peso conmovido por la memoria y el retraso». » La conmoción colocada en capas de color proviene de un remordimiento y de una gratitud tardía. Las manos de su padre, vendedor de arenques, destrozadas por el hielo, las manos no besadas por el hijo, no están presentes. No se atrevió a representarlas. De esas manos, de ese olor, no se enorgullecía», asegura De Luca en el libro y añade que «se desengrana de la sombra de su padre. No sigue su oficio, quiere limpiarse del olor por el que se burlaban de él. Lo cubrirá con los óleos de pintura, con el diluyente de aguarrás».

Abraham era un anciano, no era un hombre corpulento ni fuerte e Isaac estaba en la plenitud, joven, lleno de vigor físico, pero acepta su destino por respeto al padre»

De allí, de aquel Chagall padre a tamaño natural, pasó a un Caravaggio. A El sacrificio de Isaac, esa obra que muestra a Abraham dispuesto a matar a su hijo con tal de satisfacer a Dios y a su hijo dispuesto a morir a manos de su padre con tal de satisfacer sus creencias. «Abraham era un anciano, no era un hombre corpulento ni fuerte e Isaac estaba en la plenitud, joven, lleno de vigor físico, pero acepta su destino por respeto al padre», asegura.

Y añade, esta vez en la publicación, que es capaz de aceptar el acto más desnaturalizado: matar a su hijo, el único nacido de un largo amor con su esposa Sara. «Obedece sabiendo que la está traicionando, arrancando la única bendición de su vientre. Los afectos familiares son para él de menos intensidad que el fervor debido».

‘El sacrificio de Isaac’, Caravaggio.

Como bien dicen desde la editorial, la relación entre padre e hijo se presenta como «la disputa entre un nudo y su disolución». Como aquello que idealizamos, que damos por hecho y que la Historia derrumba. O derrumbamos sin darnos cuenta.

Erri de Luca recuerda en este libro como su padre se rasgó la camisa al enterarse de que su hijo se había ido de casa y que no pensaba volver. «Me fui sin avisar, sin dar un portazo, simplemente desaparecí», dice el que partió para participar en el movimiento del 68, lo que le llevó más tarde a ser miembro del grupo Lotta Continua.

El escritor italiano Erri de Luca. PAOLA PORRINI

«Ese sonido, ese gesto que es señal de duelo para los judíos, aunque mi padre no lo era, ese gesto de pura desesperación que me contaron más tarde, ese sonido que no escuché porque ya no estaba, se quedó en mi memoria y es seguramente el móvil de estas páginas», asegura.

Y de su afición a la lectura y a las montañas. Como cuenta De Luca fue una habitación llena de libros, la de su padre, la que siempre le pareció el lugar más cálido, más cómodo para estar y descubrir. También fue su profesión durante «el tiempo maldito de la Primera Guerra Mundial» la que le llevó a ser alpinista. «Él fue soldado de infantería como alpinista en las montañas de Grecia», explica y sentencia que «las otras cosas que quiso transmitirme, las rechacé».

Así, a base de ejemplos desmonta el mito biológico o lo ensalza. Encuentra lugares donde la paternidad se crea y otros en los que existe pero no se siente. También, se busca a él en lo que de joven no fue capaz de ver y que ahora da forma a su libro «más duro y personal».

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