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En el nombre del padre (y de la madre): literatura de orfandad

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En el nombre del padre (y de la madre): literatura de orfandad

carmen vivas

Resumen:

«Y se pregunta para qué. Para qué las flores, para qué parir hijos, criarlos, verlos partir, conocerlos o no, para qué el dolor, las vacaciones de verano, la oscuridad de la sombra, el gusto amargo de la soledad». Así describe Paula Vázquez los últimos días de su madre. Cuando el cáncer ya la cubrió por completo, cuando ya sabía que no se podía hacer nada.

Su enfermedad, su muerte, su duelo pensado; son los protagonistas de Las estrellas, la primera novela de esta escritora argentina que se publica el mismo mes que No entres dócilmente en esa noche quieta, novela del español Ricardo Menéndez Salmón, en la que indaga en su familia, en su historia, tras la muerte de su padre.

La literatura de duelo, de orfandad, de pérdida ha estado siempre presente. El dolor de sentirte desamparado aunque tengas 40 años y una familia, la sensación de quedarte a la intemperie, la culpa de no haber mantenido una relación tan buena como el resto de padres e hijos, de madres e hijos. El huérfano adulto debería cobijarse bajo cierto aura de naturalidad, pero parece que la intención de reconciliarse con los recuerdos le otorga un componente literariamente atractivo.

Ya a finales del siglo XVI Jorge Manrique escribió Coplas a la muerte de su padre. Intentando comprenderla. Concienciándose de su pérdida. Recuperando recuerdos.

Así, con tal entender,
todos sentidos humanos
conservados,
cercado de su mujer,
Y de sus hijos y hermanos
y criados,
dio el alma a quien se la dio,
el cual la ponga en el cielo
y en su gloria,
y aunque la vida perdió,
dejónos harto consuelo
su memoria.

Este clásico de la literatura, Paco Ibañez añadió una de estas coplas en su disco: España de hoy y de siempre, puede ser el primero en el que tengamos constancia del uso del duelo de un hijo, de la pérdida de un padre como recurso literario.

Los últimos son los de Vázquez y Menéndez Salmón, editados por Tránsito y Seix Barral. El primero habla de la agonía y la muerte de una madre y en éste la escritora argentina nos adentra en su reconciliación a través de la enfermedad, del dolor, de saberse incompleta, acabada, muerta. El segundo, parte de la ausencia del suyo para indagar en su vida, descubrir el porqué de sus miedos, conocer su historia más en profundidad. Ambos, comparten la misma idea: «Ciertos males son nodrizas dominantes. La enfermedad es un tirano verbal. Monopoliza cada discusión, instaura un vocabulario que infecta cualquier discurso, coloniza las exigencias de los figurantes que acuden a su representación».

Entre el 1477 de Coplas de la muerte de su padre a este 2020 con Las estrellas, se pueden encontrar decenas de autores y autoras que han usado su dolor, su orfandad, como poso literario.

Imposible no mencionar a Franz Kafka, a su padre Herman que siempre le trató como si nada fuese suficiente, que el autor retrató con su padre aún vivo haciendo justicia con él mismo y con el niño que había tenido que sufrir tantos desplantes. Carta al padre, que se envío en 1919, que fue publicada tras la muerte de Kafka en 1952, muestra el desprecio de un hijo hacia su progenitor, son 103 páginas manuscritas que aunque no surgen del duelo de una muerte, lo hacen del duelo de una ausencia.

«He sido un niño miedoso; sin embargo, también era seguramente testarudo, como son los niños; es probable que también me malcriara mi madre, pero no puedo creer que fuese especialmente indócil, no puedo creer que una palabra amable, un silencioso coger-de-la-mano, una mirada bondadosa, no hubiese conseguido de mí lo que se hubiese querido», le escribió aunque la madre de Kafka se deshizo de la carta antes de que llegase a manos de su marido.

Esa ausencia también la sintió Annie Ernaux y la plasmó en No he salido de mi noche, cuyo título es la última frase que escribió su madre antes de morir. La escritora se quedó huérfana antes de tiempo, el Alzheimer acabó con los recuerdos de su madre en los ochenta y la dejó en una residencia hasta su muerte en 1986.

“No puede preverse el dolor. El momento ha llegado sin haberlo imaginado, sin haberlo previsto. […] Tengo ganas de vomitar, me duele la cabeza. He tenido todo este tiempo para reconciliarme con ella pero no lo he intentado lo suficiente. No haber pensado ayer que quizá era la última vez que la veía”, escribió después de su fallecimiento en un libro que surge de una necesidad física de escribir sobre ella después de cada visita a la residencia, de contar sus gestos, sus palabras, de buscar lugares.

Al hacer públicas estas páginas, las revelaba tal y como fueron escritas, fruto del estupor y el trastorno que entonces sentía. «No he querido modificar nada al transcribir aquellos momentos en que me quedaba junto a ella, fuera del tiempo, de todo pensamiento. Había dejado de ser la mujer que había conocido, que velaba por mi vida y, sin embargo, gajo ese rostro inhumano, por su voz, sus gestos, su risa, era mi madre, más que nunca», aclararía.

En esa misma década Paul Auster comienza con un ejercicio similar. Su padre había fallecido en 1979 y él se lanzó a escribir La invención de la soledad, en la que busca los recuerdos que tiene sobre su familia al completo, piensa en su comportamiento con su hijo y como hijo, y acaba analizando el papel del escritor. Este es uno de los fragmentos:

«Era de una neutralidad tan implacable, su conducta era tan absolutamente predecible, que todo lo que hacía resultaba sorprendente. Uno no podía creer que existiera un hombre así, sin sentimientos, que esperara tan poco de los demás. Pero si no existía ese hombre, entonces había otro, un individuo oculto tras aquel que no estaba allí, y el asunto es encontrarlo. Siempre y cuando esté ahí para que uno lo encuentre. Desde el principio reconozco que este proyecto está destinado al fracaso».

Asesinatos y agentes de seguros

Philip Roth, con su hermano y su padre.

Quizá el más sincero, el más honesto y donde el papel del padre adquiere un absoluto protagonismo es el caso de Patrimonio, de Philip Roth, que se publicó en 1991. Aquí Herman Roth es el personaje principal del libro y su historia como agente de seguros la trama de la novela.

«Un cementerio, por lo general, sirve para recordarnos lo estrechas y triviales que pueden ser nuestras ideas al respecto. Sí, claro, podemos intentar hablar con los muertos, si creemos que ello va a ayudarnos; podemos empezar, como yo hice aquel día, diciendo «Bueno, mamá»… Pero es difícil no saber —si es que pasamos de la primera frase— que lo mismo nos daría entrar en conversación con la columna de vértebras que cuelga en la consulta del osteópata», escribe el estadounidense en un libro en el que abre en canal a su familia.

El caso más llamativo, porque causó cierto morbo, fue el de Delphine de Vigan. La escritora se encontró a su madre muerta en extrañas circunstancias y ese acontecimiento, la búsqueda posterior de respuestas y el dolor lo plasmó en Nada se opone a la noche.

Llama la atención como las mujeres tienden a hablar de sus madres y los hombres de su padres. También de los títulos elegidos por ellas en los que las referencias a la oscuridad son constantes, de Las estrellas, de Vázquez, como oasis en la noche, a No he salido de mi noche, de Ernaux, o la mencionada en el párrafo anterior. Para todas, es la falta de luz lo que refleja su angustia. Ellos, en cambio, buscan contar en el título que hablan de sus progenitores, no usan metáforas, no aluden a sombras.

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