«Los hombres me catalogan como la mejor mujer pintora… Yo creo que sencillamente estoy entre los mejores pintores», dijo Georgia O’Keeffe  (Wisconsin, 1887-Santa Fe, 1986) cuando ya su éxito era total. Hija de granjeros, autodenominada artista desde los 10 años, la americana cambió el arte de la época llegando a recibir el título de «madre del modernismo estadounidense».

Empezó a pintar siendo aún muy pequeña y sus padres, al ver el talento, decidieron enviarla a clases con una acuarelista local, Sara Mann, lo que le permitió, años más tarde, en 1905, entrar en el Instituto de arte de Chicago. Pero al poco de empezar, se sintió frustrada al darse cuenta de que ese arte que aprendía no era el que quería desarrollar, que aquellas clases donde tenía que reflejar literalmente la naturaleza no eran lo que ella quería crear, no ayudaban a su cabeza a desarrollar el arte que ella intuía.

Sin titulo, de 1905.

Pero la falta de recursos económicos provocó que no pudiera elegir un lugar para cursar sus estudios secundarios, un lugar mejor, y comenzó a dar clases. Fue la aparición de Arthur Wesley Dow, que promovía lo personal en lo artístico, la que le cambió la vida y su pintura. También dos grandes fotógrafos: Annita Pollitzer y Alfred Stieglitz.

La primera fue la que le ayudó con el segundo. Stieglitz, promotor, fotógrafo y dueño de Galería 291, se quedó impactado cuando Pollitzer le mostró los cuadros de O’Keeffe. Ella, en la que tanto habían influido las exposiciones de aquel lugar, vería al poco tiempo que sus cuadros colgaban en sus paredes.

Fue en 1916 y tan sólo dos años más tarde se trasladó a Nueva York por petición del fotógrafo. En 1924 se casó con él. Desde que llegó hasta 1932, pintó más de 200 cuadros, muchos de ellos de flores. Amapolas, camelias, rosas, petunias… fueron su sello de identidad y las que le convirtieron en la artista mujer más cara de la historia.

Estramonio. Flor blanca n.º 1 de la pintora Georgia O’Keeffe. Estramonio. Flor blanca n.º 1 de la pintora Georgia O’Keeffe.

Estramonio. Flor blanca n.º 1 fue subastada en 2014 por más de 36 millones de euros aunque el porqué no sería del agrado de O’Keeffe. Ella, ferviente feminista, defensora absoluta de los derechos de la mujer, vio como su obra se empañaba bajo la mirada de su marido. Él, defensor de la teoría de Freud de que el arte expresa los deseos del subconsciente, alegó que esa flor era una metáfora de la genitalidad femenina, algo que no era cierto, y gracias a esa idea el valor de la obra se disparó. No solo de esta, sino de toda su obra, ya que comenzaron a verla como una artista pasional y sexualmente liberada, algo que aunque era verdad no quiso reflejar en estas flores.

«Stieglitz no solo había leído a Freud, sino que creía en la teoría de Havelock Ellis, autor de los seis volúmenes de los que se compone Estudios en Psicología del Sexo, que afirma que el combustible del arte es la energía sexual», aseguró Randall Griffin, autor del monográfico sobre Georgia O’Keeffe en Phaidon, tal y como se recogió en MujerHoy por motivo de la exposición que el Museo Thyssen presentó sobre la artista y añadió que el fotógrafo tenía un concepto machista del arte. «La mujer concibe el mundo desde sus entrañas. La mente viene después», afirmaba.

‘Amapolas orientales’, de 1928.

También fue noticia otro de sus cuadros de flores, Amapolas orientales, de 1928. Se expuso durante más de 30 años en el Museo de la Universidad de Minnesota mal colocado. Se había diseñado en posición horizontal y lo tenían colgado en posición vertical. Fue un experto en la obra de O’Keeffe el que se dio cuenta del error.

Otro de sus temas, sobre todo a partir de 1925 cuando se mudó a un apartamento en el piso 30 en el Hotel Shelton, fue Nueva York. Su primer cuadro de aquella época fue Calle de Nueva York con luna, de 1925. «Era la primera vez que vivía en un piso tan alto y me hizo tanta ilusión que empecé a decir que iba a intentar pintar Nueva York», aseguró.

Y tras esta calle llegó su obsesión por «la mística de los rascacielos» que se puede ver en Radiator Building, que muestra el poder económico de la gran ciudad antes del crack del 29. También su mundo, su vida de entonces, poniendo el nombre de su marido Alfred Stieglitz en un potente rojo sobre negro. «No se puede pintar Nueva York como es, sino tal y como uno lo siente», afirmó entonces.

Y de esos altos edificios, de esa ciudad caótica que le dio fama, nombre y dinero; se fue a Nuevo México. Al principio pasaba temporadas al año, cuando se enteró que su marido tenía una aventura, y cuando este murió en 1949, se mudo definitivamente.

De esos viajes de los años 30 son algunos de sus mejores cuadros. Llegó a decir que la montaña Black Mesa era su «montaña privada». «Me pertenece, Dios me dijo que si la pintaba lo suficiente, podía quedármela».

Fue a su casa de Nuevo México a donde fueron muchos de sus amigos a visitarla y a donde una joven Yayoi Kusama le envío una carta para conocerla, era una gran admiradora de ella y necesitaba cierto empujón ya que estaba empezando su carrera.

“De todas las personas notables que he conocido en mi vida, la primera que debo mencionar es Georgia O’Keeffe”, aseguraría años más tarde. También que le impresionó verla lejos de todo y tan mayor, con muchísimas arrugas. “Nunca había visto tantas. Tenían aproximadamente un centímetro de profundidad y me recordaban a las suelas de los zapatos de lona. Pero era una dama que exudaba refinamiento”.