A Antonio Caño (Martos, 1957) le conocemos como exdirector de El País. El que durante 30 años viajó por Centroamérica, Asia, el Oriente asiático o Estados Unidos como corresponsal y enviado especial, estuvo a los mandos del periódico de 2014 a 2018, una época en la que publicó sonados editoriales en contra del hoy presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y en la que fue señalado por posicionarse.

Ahora publica Digan la verdad (La esfera de los libros) en el que narra desde esa película que le hizo ser periodista, pasando por su trabajo en El Salvador cuando vio el cadáver de Ignacio Ellacuría, hasta cómo se reunió con el dirigente socialista cuando su relación ya había saltado por los aires.

Su nombre está ligado a la polémica que le rodeó durante sus últimos meses como director y con este libro pretende contar lo que fue antes de asumir aquella responsabilidad y cómo fue lo que ocurrió cuando empezaron a lloverle las críticas.

Pregunta.- Es un libro sobre su trayectoria periodística en la que asegura que «es la profesión más hermosa del mundo pero no la mejor» y en el que dice que no comparte el sentimiento de muchos de sus compañeros de no poder haber sido otra cosa.

Respuesta.- Este libro sólo lo puede escribir una persona enamorada del periodismo, lo que ocurre es que sobre todo en los últimos años la profesión ha puesto un rostro menos amable. La relación del periodismo con la sociedad se ha deteriorado y creo que hoy los periodistas no tenemos la misma buena reputación que hace 30 años y que es un momento de reflexión. Tendríamos que pensar qué estamos haciendo mal para que la sociedad nos vea con ojos más hostiles y adversos.

La profesión debería tomarse más en serio este descrédito, replantearse algunas prácticas porque de lo contrario está en juego»

Cuando a un periodista le dan la credencial, ese carné, tiene que entender que este sirve tanto como una licencia para matar como un pasaporte para ayudar a construir una sociedad más libre, mejor informada. Es verdad que también se puede hacer un mal uso de la profesión y que algunos compañeros lo hacen o todos lo hacemos en alguna ocasión y hay que estar atentos ante ese riesgo. La profesión debería tomarse más en serio este descrédito, replantearse algunas prácticas porque de lo contrario está en juego.

P.- Habla de que antes el periodista podía reconstruir, recapacitar, escribir, corregir, pulir… También que lo que más ha cambiado en la profesión no se debe a la tecnología sino a su reconocimiento. ¿No cree que la rapidez que exige internet es la que se ha comido esas fases del trabajo?

‘Digan la verdad’, de Antonio Caño.

R.- Es culpa de la tecnología en parte. Cuento en el libro que siendo corresponsal o enviado especial en ocasiones escribía un artículo por semana y en ocasiones uno por mes y que a nadie le sorprendía, nadie consideraba que yo era un vago… Simplemente sabían que estaba en una historia de más importancia y necesitaba ese tiempo. Ese era mi caso y el de muchos compañeros que trabajaban en empresas sólidas que se lo podían permitir.

Ahora las empresas no tienen potencia para hacer eso y los periodistas se ven obligados a escribir muchas historias en un día y además participar en una tertulia, por la tarde preparar un podcast… Y encima tienen un mal salario. Y claro, en esas condiciones, es muy difícil cumplir con la misión que un periodista tiene en la sociedad.

P.- ¿Se le ha olvidado a las empresas la misión del periodista en la sociedad? ¿O las empresas periodísticas no pueden mantener los tiempos de los que me ha hablado antes?

R.- Éramos empresas que ganaban dinero, si no conseguimos generar empresas que ganen dinero no tenemos profesión. Sólo empresas con beneficios garantizan la libertad de los periodistas. Toda esa mitología que muchos hacen circular de que estamos en manos de grandes empresas y bancos es completamente mentira. Ya quisiéramos, ¿cuántos medios no llaman a la puerta de las grandes empresas en busca de soporte económico que es esencial para nuestra independencia? Cuanto más débiles son las empresas donde trabajamos, más débiles somos.

P.- Usted entró en El País en 1982, dice que «entonces era el periódico que leía la sociedad, el periódico de la democracia que no daba voz a la izquierda sino a quien nadie daba voz». ¿Ese entonces indica que ya no es así?

R.- Comprenderás que me resulta difícil hablar de un periódico en el que he estado más de 40 años y al que estoy enormemente agradecido por haberme permitido durante tanto tiempo hacer el periodismo que yo quería. La impresión de los periódicos la tienen que tener los propios lectores, y hoy los lectores tienen su propia impresión de El País.

La impresión de los periódicos la tienen que tener los propios lectores, y hoy los lectores tienen su propia impresión de El País

A mí hay cosas que me siguen gustando y otras que no me gustan pero es verdad que lo más importante es que alguna gente confunde que El País es de izquierdas porque en su momento dio voz a la izquierda pero el origen de eso es que dio voz a los que entonces no la tenían. Cuando El País publicó un artículo de Sánchez Montero, miembro del Comité Central del Partido Comunista en España, era la primera vez que este hombre hablaba en su vida en un periódico español y era obligación de El País darle voz. No por ser miembro del Partido Comunista, sino porque no tenía otra forma de expresarse, para eso están los periódicos. Era una función hermosa que se cumplió de una manera excepcional.

P.- ¿Se planteó decir que no a Juan Luis Cebrián cuando en 2013 le ofreció ser director?

R.- Jamás pensé en ser director ni trabajé para ello. No estaba en mis planes, lo que ocurre es que mirando en perspectiva había tenido una trayectoria profesional donde ser director de El País cuadraba. Había sido redactor jefe, subdirector, había puesto en marcha la edición de América Latina… y aunque yo pensaba que seguiría en en extranjero y además estaba muy bien en Estados Unidos… pues me llegó el momento y dije que sí. Como cuento en el libro, no fue una decisión fácil, mis hijos habían nacido en Estados Unidos y no querían venir.

P.- Sus años como director de El País se recuerdan por los editoriales que publicó el medio en contra de Pedro Sánchez; en este libro dedica un capítulo entero a desmontar la teoría de su animadversión hacia el dirigente socialista.

R.- En gran parte del tiempo que yo fui director de El País, y que coincidió con Sánchez como secretario general del PSOE, apoyamos a Pedro Sánchez. He repasado los editoriales y durante los primeros años no se encuentra ninguno contra él.

A Sánchez le conocí al poco tiempo de llegar a la dirección porque él era aspirante a ser secretario general del PSOE, el primer semestre de 2014. Lo eligieron de aquella forma llamativa en la que Susana Díaz y Eduardo Madina también eran candidatos, pero Susana se retiró y dio sus apoyos a Sánchez para evitar que Madina fuese elegido. Entonces, ganó Sánchez, que era un desconocido, nadie le conocía ni en el partido.

Lógicamente cuando gana establecimos una relación profesional correcta donde nos veíamos de vez en cuando y hablábamos por teléfono para que me fuera contando. Durante mucho tiempo esa relación fue cordial y nosotros editorialmente, en general, le apoyamos. Cuando tuvo el debate electoral con Rajoy le dimos como ganador, dijimos que había estado muy bien… Casi todo el tiempo estuvimos apoyando a Sánchez.

La cosa fue subiendo de tono y el partido estaba al borde del precipicio, por lo que consideramos necesario que él se fuese y fuimos muy duros contra él»

Fue en los últimos meses, en el verano de 2016, después de que ya se repitieran las elecciones y era necesaria la abstención del PSOE para que no hubiera que repetirlas de nuevo, cuando nos pareció que iba a ser una catástrofe para el PSOE y sobre todo una catástrofe para el país y entonces pedimos que se abstuviera. Sánchez no quiso, hizo una serie de maniobras muy sucias para impedir abstenerse y nosotros las criticamos. La cosa fue subiendo de tono y el partido estaba al borde del precipicio, por lo que consideramos necesario que él se fuese y fuimos muy duros contra él.

P. El editorial más duro es del 29 de septiembre de 2016, dice así: «Pedro Sánchez ha resultado no ser un dirigente cabal, sino un insensato sin escrúpulos que no duda en destruir el partido que con tanto desacierto ha dirigido antes que reconocer su enorme fracaso». Tras este editorial surgen muchas voces en la redacción en contra de su dirección.

R.- El editorial fue muy difícil de entender, no sólo para la redacción sino para mucha gente. Fue muy difícil de entender para la empresa y fuera de ella, y lo fue por dos razones. Una, porque no había mucha costumbre de que El País criticará con tanto énfasis a un dirigente político del PSOE. Había habido editoriales muy duros contra dirigentes del PP y eso estaba más admitido, pero nunca algo tan duro contra alguien del Partido Socialista. La otra es que nadie conocía bien a Pedro Sánchez pero nosotros lo conocíamos bastante bien porque llevábamos mucho tiempo tratando con él. Nosotros como equipo directivo.

A mí me reprochó el editorial no ya la redacción sino empresarios importantes que no lo entendían y que consideraban que Pedro Sánchez no era gran cosa pero que no representaba ningún peligro. Confieso que me sentí bastante solo como consecuencia de ese editorial, bastante incomprendido.

P.- También cuenta esa comida en un almacén de mediados del 2017, una cita que organiza Sánchez y en la que pide neutralidad.

R.- La reunión no fue cómoda, su lenguaje corporal era muy hostil y no hubo sonrisas, pero tampoco fue un enfrentamiento, yo no discutí con él en ningún momento, no hubo gritos ni nada parecido pero entendí que la reunión no había ido bien.

Él convocó la reunión para pedirme neutralidad en el proceso de primarias en el Partido Socialista y yo le dije que eso no lo podía negociar con él, que la neutralidad de los editoriales de El País no era negociable ni con él ni con nadie y que no tenía autoridad para negociar la línea editorial. Que el periódico cumplía con su trabajo de forma profesional y no tenía nada contra él y que le trataría igual que a cualquier otro candidato, pero que no podía garantizarle neutralidad porque la línea editorial la decide el consejo editorial del periódico -y en última instancia el director- y están obligados a tomar partido.

P.- ¿Pensó en algún momento en dejar de tomar partido?

R.- Recibí muchas sugerencias de dentro y fuera de la casa para no tomar partido y que se tranquilizase todo un poco, pero habría sido mejor dimitir porque una línea editorial de un periódico tiene que ser participativa, tiene que influir en la sociedad, para eso están los periódicos y para eso está la parte editorial. Si renuncias a eso, no estás cumpliendo con su cometido.

P.- Hemos empezado hablando de los males del periodismo, en el libro cuenta que cuando Sánchez ganó las primarias usted supo que le quedaba poco tiempo como director. ¿Hay peor mal para la profesión que un dirigente político quitando a un director de periódico?

Si el periódico es débil, la capacidad de influencia de un político es mayor pero si es fuerte es mucho menor»

R.- No creo que sea el peor mal y tampoco creo que un dirigente político ponga y quite a directores de periódico, ni siquiera en mi caso. Un político influye en un periódico en contra de alguien, de un director o un periodista. Tiene una capacidad de influir relativa. Si el periódico es débil, su capacidad de influencia es mayor pero si es fuerte es mucho menor. Pero este es el juego, la gente trata de influir sobre los periódicos porque estos influyen en la sociedad y no pasa nada, es el juego y se puede admitir. No creo que se perjudique a la independencia de los periódicos ni de periodistas, hay que jugar ese juego. Ni creo que Sánchez me destituyó, me destituyó la empresa, ni creo que el hecho de que me relevaran de la dirección de El País sea un ataque horrible a la libertad de expresión.

P.- Sánchez salió en un programa, el de Jordi Évole, señalando al director de un medio y al final ese director es destituido…

R.- La empresa le quiso conceder ese triunfo, ese éxito. En ese caso fui yo el señalado con el dedo, hoy son otros. Que la clase política no entienda la función de un periódico y aparezca en público señalando a medios y a periodistas es un horror. Y cada vez ocurre más.

Eso sí, mi destitución estrictamente puede ser si acaso un síntoma o una prueba de algo pero en sí mismo no puedo considerar que sea un mal del periodismo

P.- Escribe: «La vanidad y el romanticismo han sido siempre ingredientes inseparables del periodismo». ¿Ha pecado usted de romántico y de vanidoso?

R.- De romántico sin duda, de vanidoso seguramente también. He tenido siempre una visión romántica de este oficio, me he vestido de periodismo, me he comportado como periodista pero como un periodista de los que yo tenía en mente, de los que había visto en el cine. El día que por primera vez me vestí de periodista completo, con una gabardina recorriendo el aeropuerto de Chicago, yo era feliz. He vivido intensamente el oficio.

Vanidad, pues también, cómo no.