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La librería de Fisac y otras incógnitas del Thyssen gigante y experimental pactado por el Estado con la hija del barón en el centenario Palacio de Hielo

Francesca Thyssen retratada en 2025 en la exposición 'Terraphilia'.
Francesca Thyssen retratada en 2025 en la exposición 'Terraphilia'. | Francis Tsang / Museo Nacional Thyssen-Bornemisza

El ecosistema cultural madrileño asiste a lo que ya se describe como una de las operaciones culturales más importantes de Europa en los próximos años, un movimiento tectónico que redefine el eje museístico del Paseo del Prado. El Museo Nacional Thyssen-Bornemisza se prepara para una expansión sin precedentes, tanto en volumen de obra como en metros cuadrados, gracias al acuerdo tejido entre el Gobierno de España y Francesca Thyssen-Bornemisza y anunciado este miércoles por sorpresa. Sin embargo, tras la euforia de los grandes números y los anuncios ministeriales, se abren numerosos interrogantes sobre la viabilidad, el diseño y el respeto patrimonial de un proyecto que transformará un coloso arquitectónico dormido en pleno centro de la capital: el antiguo Palacio de Hielo.

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El pacto, rubricado por los ministros de Cultura, Ernest Urtasun, y de Hacienda, Arcadi España –su ministerio es el propietario del edificio–, contempla la llegada de 365 obras de arte contemporáneo procedentes de la Fundación TBA21, el laboratorio artístico capitaneado por Francesca Thyssen que hasta el año pasado tuvo en el Centro de Creación Contemporánea de Andalucía C3A, ubicado en Córdoba, su socio institucional en España. La aportación se divide en una donación pura y dura de 186 piezas, valoradas en quince millones de euros, y un préstamo gratuito a largo plazo de otras 179 obras, tasadas en unos diez millones. En conjunto, sumando los compromisos previos que la mecenas ya mantenía con la pinacoteca, el valor de los fondos confiados al Estado acaricia la imponente cifra de los cien millones de euros. A cambio de esta generosidad, desprovista de retornos privados según han recalcado los intervinientes, el Estado acometerá la faraónica rehabilitación de una nueva sede a escasos metros del Palacio de Villahermosa, en la calle del Duque de Medinaceli, asumiendo una factura que rozará los noventa millones de euros a cargo de los presupuestos públicos, pero que dadas las dimensiones del edificio cedido y la ambición del proyecto es probable que exceda con creces esta estimación inicial.

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Un coloso centenario y maltratado

El continente elegido para albergar esta colección de vocación ecologista, feminista y de marcado acento social no es otro que el histórico Palacio de Hielo y del Automóvil. Diseñado por el arquitecto belga Edmond de Lune y ejecutado por los españoles Gabriel Abreu y Fernando García Mercadal, se trata de un inmueble de proporciones formidables a espaldas del Hotel Palace, con cerca de 20.000 metros cuadrados construidos y un jardín anejo de 1.500 metros, que encierra entre sus muros una de las crónicas urbanas más fascinantes de Madrid. Inaugurado en 1922, constituyó uno de los primeros hitos en España en la utilización del hormigón armado para salvar grandes luces sin pilares ni soportes intermedios, creando el espacio completamente diáfano que requería la pista de hielo. El espacio integraba una gran claraboya vidriada articulada sobre un entramado de vigas de hormigón, lo que permitía la entrada masiva de luz cenital en un recinto cerrado de dimensiones monumentales.

En sus orígenes, este centro de esparcimiento para la alta burguesía madrileña ostentó el orgullo de acoger en su pista el primer partido de la historia de la Liga española de hockey sobre hielo, además de exhibiciones automovilísticas propias de la época.

La prensa de la época celebró la inauguración del Palacio de Hielo como la entrada de Madrid en la modernidad.
La prensa de la época celebró la inauguración del Palacio de Hielo como la entrada de Madrid en la modernidad. | BNE

Pero el ocio aristocrático cedió pronto el testigo a otros usos más circunspectos. En 1928, el Estado compró el inmueble para instalar en él el Centro de Estudios Históricos, el Patronato Nacional de Turismo y la Unión Iberoamericana. Para adaptar el espacio a estos nuevos fines, el arquitecto Pedro Muguruza acometió una reforma que incluyó la apertura de patios interiores para mejorar la iluminación y la construcción de un nuevo forjado sobre lo que era la entreplanta de la antigua sala de patinaje. Tras la Guerra Civil, en 1940, el edificio fue cedido al Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). En esa etapa, Ricardo Fernández Vallespín añadió una cuarta planta al conjunto, contando en su equipo con un joven Miguel Fisac, todavía estudiante, quien se encargó de diseñar el nuevo salón de actos y el actual pórtico exterior de cuatro columnas de piedra. Diez años después de aquella primera intervención, en 1950, la arquitectura del recinto sumó un nuevo hito cuando Fisac proyectó en la planta baja su excepcional librería. Este espacio, diseñado con un inconfundible sabor nórdico, inmensos ventanales y un cuidado interiorismo forrado en madera de pino, es una auténtica joya del interiorismo español que, afortunadamente, logró salvarse del aparatoso incendio que asoló el edificio en 1978.

¿Otro Fisac perdido?

El CSIC mantuvo su actividad en Duque de Medinaceli hasta el año 2007, momento en el que las instalaciones quedaron vacías. Desde entonces, el Palacio de Hielo ha permanecido cerrado a cal y canto, sumido en un letargo que roza ya las dos décadas. En 2011, el Ayuntamiento de Madrid aprobó un Plan Especial para reducir el nivel de protección urbanística y patrimonial del inmueble y posibilitar una reorganización total de sus plantas, con la sola obligación de mantener intacta su fachada exterior. Aunque en los últimos años se especuló con la instalación de diversos museos o dependencias gubernamentales, ninguna de las iniciativas llegó a materializarse.

Con el anuncio de hoy, la maquinaria burocrática parece por fin engrasada, pero surgen dudas apremiantes sobre lo que sucederá en el futuro inmediato. Cabe preguntarse qué pasará con lo que quede de la histórica librería científica diseñada por Fisac, un espacio de alto valor arquitectónico que languidece tapiado desde 2019. También habrá que estar atentos a las bases del concurso internacional de arquitectura previsto para 2027 para comprobar si se exigirá su restauración o si, por el contrario, desaparecerá en aras de las exigencias del nuevo museo. Una cuestión en absoluto menor para los defensores del patrimonio madrileño, que temen que la adecuación del gigantesco inmueble –que también albergará la delegación en Madrid del Centro Memorial de las Víctimas del Terrorismo– termine destruyendo otra de las obras emblemáticas de un arquitecto clave del siglo XX –en 1999 fue demolido su edificio para los Laboratorios Jorba, conocido como La Pagoda–.

Los Thyssen, unidos

Mientras en los despachos se dibujan los cronogramas que fijan el inicio de las obras para 2029 y la inauguración para 2032, en el seno de la familia Thyssen se respira un clima radicalmente distinto al de épocas pasadas. La operación consagra la alianza definitiva entre Francesca Thyssen y la baronesa Carmen Cervera. Ambas protagonizaron durante años sonados desencuentros públicos y fricciones por el control del legado familiar tras el fallecimiento del barón Hans Heinrich en 2002. Pero hoy exhiben una sintonía impensable tiempo atrás. Madre e hijastra han enterrado el hacha de guerra, han aparcado sus diferencias de antaño y, tras años de distanciamiento, han pasado a considerarse amigas. Esta pacificación, cimentada también gracias al acercamiento con Borja Thyssen –presente este miércoles en la puesta de largo del acuerdo–, ha permitido que las diferentes ramas de la estirpe sumen fuerzas y acudan a una al museo, entendiendo que el porvenir de la colección pasa por la consolidación de la institución, entrelazando el clasicismo y la modernidad de la colección Thyssen con la vanguardia experimental y ecológica que abandera Francesca desde la Fundación TBA21.

'Western Flag (Spindletop, Texas) 2017', obra de John Gerrard instalada en el patio del Thyssen en 2019 y perteneciente a la colección de TBA21.
'Western Flag (Spindletop, Texas) 2017', obra de John Gerrard instalada en el patio del Thyssen en 2019 y perteneciente a la colección de TBA21. | Roberto Ruiz / TBA21

El nuevo gigante cultural promete descomprimir el congestionado Palacio de Villahermosa, acogiendo no solo la vibrante colección de TBA21 –con pesos pesados como Ai Weiwei, Olafur Eliasson o Marina Abramović–, sino también los departamentos de conservación, investigación, educación y participación ciudadana del museo. El director artístico, Guillermo Solana, ve en este movimiento el fin de un proceso de modernización que devuelve a los creadores vivos al seno de la institución, sorteando así las estrictas cláusulas de los estatutos originales que impedían adquirir obra o aceptar donaciones de manos ajenas a la familia. Se dibuja de este modo un Thyssen bicéfalo, monumental y contemporáneo, que aguarda ahora a que los plazos políticos y los planos arquitectónicos no terminen por congelar, una vez más, la historia del viejo Palacio de Hielo.

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