Cultura

Viaje en el tiempo por Dordoña-Périgord: de las cuevas trogloditas a los castillos en acantilados

Viaje en el tiempo por Dordoña-Périgord: de las cuevas trogloditas a los castillos en acantilados
El río que discurre bajo La Roque-Saint-Christophe

Entre bosques y ríos, la región francesa despliega ciudades medievales, fortalezas excavadas en acantilados, castillos renacentistas y cuevas que la historia humana se confunde con la geológica

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En la Dordoña, a un paso de Burdeos, el territorio guarda pequeñas joyas a salvo aún de la masificación turística. Bajo los bosques surgen cuevas; sobre los acantilados, refugios y fortalezas; junto a los ríos, castillos; y detrás de las fachadas de pueblos y ciudades sobreviven todavía los trazados que recorrieron mercaderes, soldados y peregrinos.

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Todo parece construido en esta región francesa alrededor de tres elementos —piedra, agua y bosque— y de una obsesión casi inevitable por el pasado. No hace falta buscar demasiado. Basta abandonar una carretera secundaria para que surja un château sobre el Vézère o una pared calcárea horadada durante milenios. Descender unos metros bajo tierra puede significar retroceder de golpe decenas de miles de años.

La Dordoña-Périgord ha hecho precisamente de ese cruce entre naturaleza y memoria una de sus señas de identidad. El terruño combina aquí patrimonio prehistórico, asentamientos troglodíticos, ciudades medievales y paisajes fluviales en pocos kilómetros.

Périgueux: las calles que no han olvidado la Edad Media

Périgueux, la principal ciudad de la región, se presta a recorrerla a pie y sin demasiados mapas. Las calles estrechas del casco antiguo terminan desembocando en plazas pequeñas, mercados y fachadas donde todavía asoman vigas de madera.

En la Place du Coderc, hoy animada por comercios y un mercado cubierto, cuesta imaginar el aspecto que tuvo durante la Edad Media. Una de las guías de la ciudad invita a borrar mentalmente los adoquines. “Coderc significa algo así como un pequeño prado”, explica. “Durante la Edad Media no había adoquines en la plaza, sino hierba, tierra y animales como cerdos, gallinas u ovejas”.

El lugar albergaba entonces el antiguo consulat, el ayuntamiento de la época. Périgueux tampoco nació como una única ciudad. Hasta el siglo XIII coexistieron dos núcleos, Puy-Saint-Front y la Cité. En 1240, Luis IX decidió unirlos, creando la ciudad que hoy se extiende a ambos lados de aquellas dos identidades históricas.

La silueta de la catedral de Saint-Front domina el centro. Sus cúpulas parecen anticipar otra construcción mucho más conocida. El parecido con el Sacré-Cœur parisino no es casual: Paul Abadie intervino en la reconstrucción de Saint-Front antes de trabajar en el gran templo de Montmartre. “Trabajó primero aquí en Périgueux y luego en París”, señala nuestra guía mientras levanta la vista hacia las cúpulas.

Place Saint-Louis

Trufas, peregrinos hacia Compostela y supersticiones

La historia de Périgueux también se sirve. En torno a la rue Eguillerie y la rue Limogeanne aparece constantemente la gastronomía local, sobre todo el pâté de Périgueux y la trufa. La trufa arrastra además una historia digna de la literatura fantástica.

En la Edad Media los círculos sin vegetación que se forman alrededor de las zonas donde crece el hongo desconcertaban a quienes desconocían su explicación biológica. La imaginación hizo el resto: se decía que eran lugares donde las brujas acudían a bailar durante la noche.

Durante siglos, aquel alimento quedó así atrapado entre la superstición y el recelo. Más tarde regresó a las mesas aristocráticas y terminó convertido en uno de los emblemas culinarios del Périgord. Hoy una cofradía local vigila incluso que el pâté de Périgueux contenga una proporción mínima de trufa.

Unos metros más allá, la rue Limogeanne conserva el esquema de las viejas calles comerciales medievales: tiendas abajo y viviendas arriba. En algunos edificios todavía se distinguen estructuras de madera y barro. Eran materiales baratos y rápidos de emplear, aunque también peligrosamente inflamables. Un gran incendio destruyó parte del barrio en el siglo XII.

Y luego están las conchas de vieira. La ruta hacia Santiago de Compostela atravesó también estas calles. Los peregrinos se guiaban con itinerarios recogidos en el Codex Calixtinus y necesitaban alojamiento, comida y abastecimiento. “Las peregrinaciones fueron el motor del desarrollo de esta parte de la ciudad”, recuerdan aquí.

La Roque-Saint-Christophe: vivir dentro de una montaña

Fuera de Périgueux, la Dordoña cambia de escala. En el valle del Vézère, los bosques se cierran alrededor de carreteras estrechas y las paredes calizas empiezan a dominar el paisaje. Una de ellas alberga La Roque-Saint-Christophe, uno de esos lugares donde cuesta determinar qué corresponde a la naturaleza y qué al trabajo humano.

Es un asentamiento construido literalmente dentro de un acantilado. Durante siglos, los habitantes aprovecharon las terrazas naturales de la roca para instalar viviendas, pasarelas, espacios de almacenamiento y estructuras defensivas. No es una cueva ni una fortaleza convencional, sino algo intermedio: una ciudad vertical suspendida sobre el río.

El enclave conserva trazas de esa larga ocupación y permite caminar por plataformas que se extienden a lo largo de la pared calcárea. La imagen resume buena parte del Périgord: el ser humano no impuso siempre su arquitectura al paisaje. A menudo aprovechó directamente la geología.

El Vézère, un río que organiza el territorio

El río que discurre bajo La Roque-Saint-Christophe es también una de las mejores maneras de comprender la región. Desde el Vézère, el paisaje cambia completamente. Los acantilados se hacen más altos, la vegetación ocupa casi todo el horizonte y los pequeños pueblos aparecen durante unos segundos entre las ramas antes de volver a desaparecer.

El agua permite entender por qué este valle fue habitado de forma tan intensa. Había refugios en la roca, bosques, fauna, agua y una vía natural de comunicación. El recorrido desde Saint-Léon-sur-Vézère atraviesa precisamente ese paisaje de paredes calcáreas y riberas densas.

Losse: cuando una fortaleza quiso convertirse en palacio

El Château de Losse se asoma al Vézère con la ambigüedad de los edificios que han sobrevivido a varias épocas. Durante siglos fue una fortaleza. En el XVI quiso parecerse también a los palacios que estaban transformando Francia.

Jean II de Losse fue el responsable de esa metamorfosis. Soldado y hombre de confianza de la Corona, estuvo vinculado a Francisco I y a los hijos de Catalina de Médici y ejerció como tutor del futuro Enrique IV. Cuando regresó al Périgord decidió modernizar la residencia familiar utilizando las influencias arquitectónicas que había conocido en la corte.

El resultado conserva las dos personalidades. Las torres, muros y sistemas defensivos recuerdan el castillo medieval. Las terrazas, ventanas y jardines anuncian el Renacimiento.

Jean II de Losse conocía además de primera mano los cambios de la guerra. Había combatido en un tiempo en el que la artillería estaba dejando obsoletas muchas fortificaciones. El château fue adaptado para responder a cañones, culebrinas y mosquetes mediante nuevas posiciones defensivas.

Siglos después llegó otra transformación. Desde 1976, el conjunto fue sometido a una larga restauración que afectó a muros, cubiertas, interiores y jardines. Las habitaciones se recrearon utilizando, entre otras referencias, un inventario de 1602 conservado en los Archivos Nacionales franceses. La rehabilitación aún no ha concluido.

Fuera espera otro mundo: setos geométricos, cipreses, lavandas, rosales, corredores vegetales y jardines concebidos a partir de modelos de los siglos XVI y XVII. Al borde del Vézère, Losse parece una frontera entre dos Francias: la medieval que necesitaba protegerse y la renacentista que quería exhibirse.

Tourtoirac: el mundo subterráneo

Las cuevas obligan a cambiar de escala. La de Tourtoirac fue descubierta en 1995. Bajo tierra se suceden salas, concreciones y estructuras minerales creadas lentamente por la acción del agua.

El visitante entra en un territorio donde las medidas humanas resultan casi inútiles. Las estalactitas crecen con una lentitud difícil de imaginar. Una gota no significa nada. Miles de años de gotas construyen una columna.

Tourtoirac: el mundo subterráneo

Tourtoirac es un “mundo subterráneo” de cámaras esculpidas, formaciones monumentales y colores minerales. En la superficie, sin embargo, el pequeño pueblo guarda una historia humana particularmente extravagante.

El rey francés de la Patagonia

Antoine de Tounens nació en esta zona de Francia y terminó protagonizando una aventura improbable al otro lado del Atlántico. En el siglo XIX se proclamó rey de la Araucanía y la Patagonia.. Expulsado de Sudamérica, regresó a Francia sin renunciar del todo al título.

En Tourtoirac todavía se habla de él. “Al final fue expulsado y regresó a Tourtoirac manteniendo su título”, comenta uno de los habitantes. La historia ha sobrevivido en libros, cómics e incluso representaciones teatrales locales. Una sala del pueblo recuerda a su vecino más ilustre y controvertido.

Brantôme, una ciudad envuelta por el agua

Brantôme parece invitar a detnerse. El Dronne rodea parte de la localidad y multiplica el reflejo de casas, árboles y puentes. La abadía domina el conjunto, mientras terrazas y pequeñas calles se extienden junto al río.

Brantôme

Se la conoce como la “Venecia del Périgord”. Aquí el agua deja de ser únicamente paisaje y se convierte en arquitectura. Condiciona los puentes, las fachadas, los paseos y la disposición de la localidad.

Villars: los primeros garabatos

Y después de ciudades y castillos, la Dordoña vuelve a conducir bajo tierra. La cueva de Villars permanece escondida bajo el bosque. Primero desaparece la luz. Después cambia la temperatura. Finalmente aparecen las formaciones calcáreas: estalactitas, estalagmitas y grandes superficies minerales esculpidas por el agua.

Pero aquí existe una diferencia esencial. En Villars, junto al trabajo de la naturaleza aparecen vestigios de actividad humana prehistórica: grabados y otras huellas de expresión de quienes habitaron este territorio mucho antes de que existiera Francia. El recorrido combina precisamente ambas dimensiones: las formaciones naturales creadas por el agua y las primeras señales de presencia humana.

La roca es al mismo tiempo geología y refugio en esta región tranquila y hasta ahora poco conocida fuera de Francia. Aquí el río es naturaleza y camino. El acantilado termina convirtiéndose en una pequeña ciudad. La fortaleza se transforma en palacio. Y una cueva conserva, muchos miles de años después, el dibuajo de una persona.

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