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El Stambrook

Historia

Atrapados en puerto: el día que España se convirtió en una prisión

La guerra ya estaba finiquitada, al menos en el espíritu de los republicanos que desde la caída de Cataluña y el golpe del coronel Casado, el 5 de marzo de 1939, ya sólo buscaban la manera de salir del país. La frontera con Francia se había convertido, durante febrero, en un río de exiliados, pero adentrada la contienda en marzo la costa de levante era la única vía de escape.

Entre el 28 y el 29 de marzo salen del puerto de Alicante los últimos barcos con exiliados a bordo, pero en tierra quedan todavía miles de personas que se dirigen hacia la costa buscando una salida. Ya no habrá. El 1 de abril termina la Guerra Civil y España se convierte en una prisión, el país está cerrado, sólo se puede viajar por un salvoconducto. Medio millón de personas concurren en las cárceles los primeros días de la victoria del bando nacional.

El Stanbrook

A las 23 horas del 28 de marzo parte de Alicante hacia Orán el Stanbrook repleto hasta los topes. Según distintas estimaciones, entre 2240 y 3028 personas. El barco llevaba varios días amarrado en el puerto esperando una carga que, a la vista del drama humano que se avecinaba, cambió por personas por decisión de su capitán Archibald Dickson. Las crónicas aseguran que hasta en dos ocasiones el barco, preparado para zarpar, desplegó su pasarela para acoger a más exiliados. Con la bodega angustiosamente abarrotada y la sala de máquinas y el puente atestado de gente el Stanbrook abandonó el puerto con sobrecarga.

En el momento de su partida se produce en el puerto un bombardeo que no causa muertes. Pocas horas después se produce la salida del Marítima, un barco más grande que el Stanbrook, en el que sólo va una treintena de autoridades alicantinas de la República. No están claras las circunstancias por las que el barco parte tan vacío. Mientras hay versiones que apuntan que una multitud de refugiados vio partir el barco impotente, sin poder subir, otras hablan de un puerto mucho más despejado con apenas unas cuarenta personas.

Con el Marítima se va la última oportunidad de salir y al puerto sigue llegando gente.

El historiador alicantino, Francisco Moreno, considera que “hay varios testimonios que atestiguan a que cuando sale el Stanbrook se produce un bombardeo lo que podría explicar que la gente que estaba en el puerto se marchara”. Además el capitán del barco no quería subir a nadie que no fuera de las autoridades. Con el Marítima se va la última oportunidad de salir y al puerto sigue llegando gente.

Eliseo Gómez Serrano, diputado del Frente Popular por Alicante, escribe en su diario personal el día 30:

He ido al puerto. Una enorme y abigarrada multitud en la que figuraban miles de soldados del disuelto ejército republicano, daba una impresión lastimosa. Hombres, mujeres, niños, aguantan a pie horas y horas la llegada de un hipotético barco que les ponga a salvo de la que imaginan sed de venganza del enemigo de ayer. Estoy convencido de que la inmensa mayoría de estas pobres gentes no tienen porque (sic) expatriarse. ¿Podrán? Nada se sabe de los barcos prometidos. Hay aquí quien está esperando dos días con sus noches. A las 6.30 h. de la tarde (hora solar que es la hora oficial ordenada por las nuevas autoridades), entran las tropas del Ejército nacionalista. Se componen de un destacamento de la División italiana “Littorio.” Los soldados en camiones van muy bien uniformados.

“Eliseo Gómez Serrano fue el primer fusilado en la provincia de Alicante” -puntualiza Francisco Moreno- “no entendía porque la gente estaba acumulándose en el puerto, porque ellos no habían hecho nada. Él había sido unos meses diputado, era una persona muy bien considerada en la ciudad, con mucha reputación y recursos en la sociedad. Quedó claro con su fusilamiento que la represión iba alcanzar a todos”.

Con las tropas franquistas acechando se vivieron momentos dramáticos en el puerto

De esa previsible represión huían las miles de personas que se acumulaban en Alicante. Hasta 40.000 se ha llegado a decir. Moreno considera una cifra mucho más baja, estimas que unas 12.000 personas quedaron atrapadas en el puerto. Con las tropas franquistas acechando se vivieron momentos dramáticos en el puerto. Hubo intentos por parte de los consulados argentino y cubano, más un diplomático francés, de crear una zona neutra en el puerto. Pero sus gestiones no fructificaron.

“Hubo muchas discusiones, entre la gente que estaba en el puerto, sobre qué hacer, porque había gente armada que quería resistir. Por las calles de Alicante ya se están haciendo con la ciudad los falangistas pero la gente seguía llegando al puerto. Ya no tenía ningún sentido dispararse los unos a los otros. No había manera de resistir, hubiera sido una masacre”, considera Moreno.

Atrapados en el puerto, algunos prefieren quitarse la vida. Francisco Moreno calcula que unas 15 personas se suicidan ante la desesperación de verse sin salida, aunque sobre este punto se han dado cifras mucho más altas, incluso de decenas. “Los hechos se han magnificado porque hubo suicidios muy espectaculares como el de dos hombres que se disparan mutuamente o el alcalde de Alzira Francisco Oliver que se rebanó el cuello con una navaja de afeitar”.

Manuel García Corachán, relata este punto en Memorias de un presidiario (en las cárceles franquistas):

No muy lejos de mí, percibí el estampido, casi simultáneo, de dos disparos de pistola. Vi luego como se llevaban a los hombres de uniforme. Se trataba de unos oficiales de nuestro derrotado ejército que, con formidable de sangre fría, en presencia de todos, se dieron un abrazo de despedida y, antes de que nadie pudiera impedirlo, dispararon el uno contra el otro.

El Campo de los Almendros

De las 12.000 personas que quedaron atrapadas en el puerto “la mayoría salió la tarde del 31 de marzo y unos 1.000 salieron el día 1 de abril por la mañana hacia el Campo de los almendros”, estima Moreno. Así se conoce al campo de concentración temporal que se creó en un bancal de almendros en la zona de la Goteta, lo que entonces era las afueras de la ciudad por el norte.

“Allí estuvieron mal alimentados y sin agua apenas, se comieron hasta las almendras que estaban empezando a brotar”, describe Moreno. El campo según Moreno no tenía ni alambrada, sólo guardias, “algunos consiguen escapar, pero dónde iba a ir, si no tenían dónde esconderse”.

De las lamentables condiciones que arrastraban estos fallidos exiliados, convertidos en prisioneros, da cuenta Max Aub en su libro El Campo de los almendros que escribió con testimonios de supervivientes. El texto es una de las razones por las que este campo de prisioneros es uno de los más famosos, junto con el hecho de que es uno de los pocos que alberga mujeres y niños. Carlos Hernández de Miguel, periodista y autor de Los campos de concentración de Franco (Ediciones B), destaca este punto: “En Alicante se produce algo que es poco habitual en los campos de concentración franquistas que en su gran mayoría son masculinos, hubo alguno mixto, pero los el de los almendros es una excepción importante porque también hay mujeres y niños, aunque es verdad que están poco tiempo”.

La ciudad se convierte aquellos días en una gran campo de prisioneros que gestionar

Las cifras del número de presos que acogió el Campo de los almendros oscilan mucho, llegando algunas fuentes a apuntar a más de 30.000. Pero contar con datos precisos de lo que ocurrió aquellos días de marzo y abril en Alicante es muy difícil. Moreno asegura que, hasta el día 2 de abril, hay constancia de nuevas detenciones en el puerto, gente que va buscando barcos para escapar y que termina entre los almendros.

La ciudad se convierte aquellos días en una gran campo de prisioneros que gestionar, con traslados y reubicaciones de presos, detenciones de republicanos alicantinos, más los refugiados en la ciudad que huían del avance franquista y liberaciones. Los almendros hace de un primer filtro. “A unos los van poniendo en libertad, a otros los llevan a otras cárceles en Alicante como los castillos de Santa Bárbara y San Fernando, varios cines, la plaza de toros o el reformatorio de Alicante, entre otros. Donde no se llevaron presos fue a la cárcel provincial de Alicante, donde estuvo José Antonio Primo de Rivera, que se convirtió en un lugar de culto para los falangistas”, explica el historiador.

“A la mayoría de los hombres los llevan al campo de concentración de Albatera y a las mujeres a lo que llamaban cárceles provisionales o a recintos que, como en el caso de Alicante, ni siquiera tienen una denominación oficial, como una casa de ejercicios espirituales, donde estaban controladas por religiosas que eran las encargadas de mantener la disciplina y, ya de paso, iniciar ese proceso de lo que llamaron reeducación. Esto obedece principalmente al paternalismo del franquismo machista de que las mujeres, por muy rojas que fueran, por muy republicanas que fueran, tenían que tener su modelo de represión particular”, explica Hernández de Miguel.

-¿A dónde nos llevarán?
-Donde les dé la gana.
-¿Qué cárcel habrá para tantos?
-Toda España

Max Aux, Campo de los almendros.

 

Presos en la plaza de toros de Santander Biblioteca Nacional de España

La España cautiva

El 27 de marzo de 1939 Franco envía una circular a todos los generales previendo la gestión de la victoria y la entrega masiva de prisioneros. Les pide que “en los sitios que estimen más conveniente, por razones de higiene, vías de comunicación y emplazamiento. Abran campos de concentración y rompe así con la dinámica durante la guerra consistía en centralizar los presos”, explica el autor de Los campos de concentración de Franco. Una investigación en la que cifra en unos 300 los campos que gestionó el bando sublevado durante la contienda civil.

El campo de Albatera, donde terminan gran parte de los hombres del puerto, soldados, civiles y políticos, fue levantado por la República para albergar los presos afines al bando de los nacionales. Con las tornas cambiadas, el de Albatera se convierte en un “primer lugar de represión, castigo y la eliminación. Porque es el primer lugar al que van grupos de falangistas de militares sacan la gente y la matan. Hay testimonios que incluso guardianes de los propios campos sacaban a los presos. Había comitivas de los pueblos vecinos que iban a buscar a los conocidos rojos de su pueblo para llevárselos y matarlos en una cuneta”, explica el periodista.

Presos en el campo de concentración de Irún haciendo el saludo fascista. Biblioteca Nacional de España

El volumen de prisioneros convertía su gestión en una tarea titánica, en los primeros días de abril, Hernández de Miguel tiene documentadas unas 500.000 personas, de forma simultánea, en campos de concentración. En lugares como Madrid se llega al punto de tener que liberar a los presos de manera masiva. Se les ordena que regresen a sus lugares de origen, allí donde estuvieran el 18 de julio de 1936. “Lo que significaba que cuando llegaban a ese pueblo se sabría si habían sido militantes destacados de UGT o de cualquier organización republicana. Los que mejor lo sabían eran los falangistas del pueblo, el cura, o el alcalde y sus vecinos. Saben que en sus lugares de origen va a haber una segunda investigación de cada uno de esos prisioneros”.

“El país era un gran campo de concentración, a parte de los campos oficiales, de las cárceles y de los distintos tipos de centros de represión que había en todas partes, estar en libertad no significaba ser libre. Estaban permanentemente vigilados todos aquellos que no estaba más que demostrada su lealtad al régimen. Era una libertad siempre vigilada y siempre condicionada, cualquier denuncia o acusación, por falsa que fuera, podía acabar con una detención y un encierro”, asegura el investigador.

Además de los republicanos que no pudieron salir, las autoridades tienen que gestionar a los que regresan de Francia. “Desde finales de marzo empiezan a regresar miles de exiliados así que se crean campos de concentración en la zonas de los Pirineos para recibir a todos estos republicanos”.

Los republicanos que volvían lo hacían confiados en la promesa del régimen de que aquellos que no tuvieran las manos manchadas de sangre podrían volver sin ningún riesgo. “Pero los que volvían tenían que demostrar que eran afines a Franco, no ya que no habían hecho nada, sino que eran afines. Si uno no conseguía demostrar que era afín terminaba, como poco, en un campo de concentración. Los casos peores eran los que pasaban por consejos de guerra sumarísimos y fusilados”.

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Atrapados en puerto: el día que España se convirtió en una prisión