Manuel Azaña durante una intervención pública.

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Por qué todos los partidos se quieren apropiar de Azaña

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Por qué todos los partidos se quieren apropiar de Azaña

El expresidente de la II República, de cuyo nacimiento se acaban de cumplir 140 años, dejó a lo largo de su vida notables enseñanzas que hoy son enarboladas por políticos de muy distinto signo para defender sus ideas

En las largas décadas en que la retórica frentista del franquismo era la única verdad campante en España, sobre la figura de Manuel Azaña se vertieron buena parte de las culpas por el conflicto que había desgarrado el país.

Ya al poco de iniciarse la contienda, el general Emilio Mola se refirió a él como un «monstruo» de «compleja constitución psicológica» que había alentado «tal catástrofe». Y en los años siguientes fueron frecuentes las apelaciones a su espíritu intolerante, su soberbia y resentimiento y sus políticas sectarias para explicar las causas de la guerra. Para muchos Azaña representaba el enemigo existencial de la verdadera España.

Por eso, puede entenderse, aún en la década de los 90 del siglo pasado, la sorpresa -si no indignación- que alcanzó a algunos sectores de la derecha española cuando supieron de la admiración que José María Aznar decía sentir por el expresidente de la II República.

Aznar elogió en diversas ocasiones a un Azaña del que resaltaba su nobleza y altura de miras

En 1997, siendo presidente del Gobierno, Aznar tuvo ocasión de recordar al político alcalaíno en un acto oficial, subrayando su «nobleza y su altura de miras» y juzgándolo como «un político extraordinariamente bien dotado para el análisis y bien pertrechado de ideales».

Años después, su sucesor al frente del Partido Popular, Mariano Rajoy también parafrasearía a Azaña y esta misma semana fue el actual líder popular Pablo Casado quien recurrió a una de sus citas (que algunos han tratado erróneamente como apócrifa) en el debate para la investidura de Pedro Sánchez.

Antes había sido el propio Sánchez el que había recurrido -en una asociación a priori más natural- a la figura sin duda más relevante de la II República española. Y, además de Casado, los líderes de Vox y Ciudadanos, Santiago Abascal e Inés Arrimadas, enarbolaron el nombre de Azaña para replicar al presidente del Gobierno, convirtiéndolo en uno de los grandes protagonistas del debate, justo en la semana en que se cumplían 140 años de su nacimiento.

La repetida apelación de la derecha al legado de Manuel Azaña fue considerada por el exministro socialista Fernando Morán, en Manuel Azaña (Ediciones B, 2003), como una «operación de cirugía estética política», tendente a maquillar «las arrugas derechizadoras y rictus casi militares con el barniz de sus pensamientos, si bien con los toques de frases y conciertos extraídos del contexto».

Algo antes, el historiador Javier Tusell se había referido también a este fenómeno, señalando cómo los sectores más liberales de la derecha buscaban en Azaña «un patrocinador intelectual de prestigio en el tiempo pasado». En su figura «se apreciaba y se sigue ponderando un patriotismo españolista, un pensamiento laico y una voluntad modernizadora que constituyen un conjunto de rasgos con los que esa derecha quería identificarse».

Argumentos para todos

Lo cierto es que una personalidad tan compleja como la de Azaña y sometida a las turbulecias de la época más convulsa de la historia contemporánea de España arroja una amplia variedad de lecciones y mensajes que -sometidos en mayor o menor medida a una inevitable descontextualización- pueden venir en apoyo de las ideas políticas de unos y otros.

Para las izquierdas, la vinculación con el hombre que personifica la primera experiencia democrática de la historia de España resulta más evidente. Azaña fue con su acción y sus brillantes discursos promotor de las grandes reformas de la primera etapa republicana (militar, religiosa, agraria…), que pretendían modernizar España mediante la eliminación de los privilegios de determinados sectores y la construcción de una sociedad más igualitaria; «una España nueva, un Estado liberal que permita por primera vez a los españoles vivir según su gusto», como expresaría él.

Sánchez también podría ver en él el ejemplo de un líder político que no dudó en tender puentes con las izquierdas más radicales, impulsando el Frente Popular de 1936, así como con los movimientos nacionalistas, denunciando el patriotismo que no ofrece soluciones («ningún problema político tiene escrita su solución en el código del patriotismo», afirmó), y promoviendo los primeros Estatutos de autonomía de Cataluña y País Vasco.

Azaña no dudó en criticar las ambiciones del catalanismo y su carácter antidemocrático y demagógico

Pero precisamente, la cuestión del nacionalismo, especialmente tras los desencuentros experimentados con las fuerzas nacionalistas catalanas durante los años de la República, ofrece a los partidos más conservadores la ocasión de acogerse al pensamiento de Azaña para defender sus postulados, como hizo este martes Arrimadas.

Azaña no dudó en criticar «las desatinadas ambiciones catalanistas» o el carácter antidemocrático, demagógico y autoritario de algunos sectores del nacionalismo catalán, ni en negar la condición de Estado a Cataluña.

El político alcalaíno siempre hizo gala de un notable patriotismo, al que se aferró este martes Casado, rememorando su «os permito, tolero, admito que no os importe la República; pero !que no os importe España! […] Eso no puede ser», pronunciado en Valencia en enero de 1937, para -eso sí- denunciar el respaldo extranjero del que gozaba el bando franquista.

Asimismo, como político moderado, Azaña también dejó entre sus citas reproches a la «frívola» retórica revolucionaria de algunos sectores del socialismo y de la izquierda más radical, que bien pueden servir de base a algunas de las críticas imperantes entre la derecha política española.

En cualquier caso, en un momento como el actual, de elevada tensión política, en el que las bancadas del Congreso se han convertido en una especie de barricadas –en acertado símil del periodista Daniel Basteiro– tal vez convendría que los líderes políticos se aferraran más a aquellas citas en las que Azaña abogaba por la concordia y el respeto y alertaba de los peligros de dar rienda suelta a la intransigencia y el odio. El Azaña que aseguraba que «todos cabemos en la República».

En ese sentido, resalta sobre todos el célebre discurso pronunciado en Barcelona el 18 de julio de 1838, cuando se cumplían dos años del estallido de la guerra: «Cuando la antorcha pase a otras manos, a otros hombres, a otras generaciones, que se acordarán, si alguna vez sienten que les hierve la sangre iracunda y otra vez el genio español vuelve a enfurecerse con la intolerancia y con el odio y con el apetito de la destrucción, que piensen en los muertos y escuchen su lección: la de esos hombres, que han caído por un ideal grandioso y que ahora, abrigados en la tierra materna, ya no tienen odio, ya no tienen rencor, y nos envían, con los destellos de su luz, tranquila y remota como la de una estrella, el mensaje de la patria eterna que dice a todos sus hijos: paz, piedad y perdón.

La historia de Azaña es, como bien expresa el periodista Miguel Ángel Villena en Ciudadano Azaña. Biografía del símbolo de la II República (Península, 2010), «el mayor exponente de una impotencia, de un fracaso histórico», el de una generación de políticos que queriendo librar a España de las cargas del pasado acabó por sucumbir a la embestida de un odio fratricida, gestado durante décadas.

Ninguna lección mejor que esa deja, para izquierdas y derechas, la historia de un hombre que es, con sus grandezas y sus flaquezas, memoria de una gran catástrofe.

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