Historia

Cuando las prohibiciones a las mujeres eran españolas

Integrantes de la Sección Femenina en una imagen coloreada. DMax

La bandera del Emirato Islámico de Afganistán ondea en lo alto del palacio presidencial tras el regreso de los talibán como lo hacía la franquista en España en 1958, cuando la sección Femenina hizo públicos los ‘principios a no olvidar’, para preparar a la mujer en lo que iba a ser su clímax de felicidad: el matrimonio. «El niño mirará al mundo, la niña mirará al hogar», resumían.

La Sección Femenina (FS) fue la rama femenina de la Falange española que, constituida en Madrid en 1934, llegó a funcionar durante cuarenta años hasta la muerte de Franco y el consiguiente desmontaje del régimen. Presidida y controlada por Pilar Primo de Rivera, hermana del fundador de la Falange José Antonio Primo de Rivera, la sección logró dominar el concepto de mujer controlando los aspectos más íntimos de su personalidad y carácter, e imponiendo un único modelo: «La identidad que fabricaba la Sección Femenina era de sumisas y dóciles, con respeto al régimen y a la masculinidad. La Sección Femenina desbordaba la esfera institucional e invadía el día a día de las mujeres a través de la radio, las revistas y los libros para niñas. El único objetivo era adoctrinar mujeres conformes y dóciles al sistema político. El hombre no debía sentirse amenazado», afirma Begoña Barrera, investigadora y doctora en Historia Contemporánea en su libro La Sección Femenina (1934-1977). Historia de una tutela emocional.

El periodo de la Segunda República española, (1931 – 1936/39) supuso una
época en la que se introdujeron una gran cantidad de derechos de las mujeres, siendo el más llamativo de ellos el derecho de voto femenino, incluido en la Constitución Española de 1931. Sin embargo, con la llegada de Franco al poder, las libertades y derechos de las mujeres fueron eliminados.

Un grupo de mujeres de la Sección Femenina, durante la inauguración del pantano de San Bartolomé, en 1942. MIGUEL CORTES / EFE

El modelo abnegado de feminidad, que mantenía conexiones con las facciones de la Alemania nazi y la Italia de Mussolini, y adoptaba como modelos de conducta y símbolos de sus acciones a Isabel la Católica y santa Teresa de Jesús, no solo dictaba cómo debían ser las mujeres, sino las emociones que debían evitar y su conducta en la maternidad y el cuidado del hogar. Tanto es así, que en 1940 el gobierno le concedió el control a la Sección Femenina sobre la formación de las niñas: «Las falangistas creían que la feminidad consistía en cumplir y desarrollar una serie de características congénitas por la entrega desinteresada, el sacrificio por los demás -físico y sentimental-, la alegría, y el voluntarismo. La mujer falangista era para la Sección Femenina el modelo más perfecto de feminidad».

Con la muerte de Franco y el comienzo de la transición, el organismo encaró su etapa final hasta el 1 de abril de 1977, cuando finalmente se suprimió. A pesar de ello, algunas de sus dependencias, como Coros y Danzas de España o los ‘Círculos Medina’, continuaron existiendo.

Los 20 ‘puntos de la mujer’

Impuesto por la Falange Española Tradicionalista y de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista, partido único del régimen franquista, y la Sección Femenina, en 1940 se imprimió la guía de la esposa perfecta, el documento que recogía normas como «No busques destacar tu personalidad» o «Ten preparada una comida deliciosa», entre otras.

Las mujeres que plantaron cara al franquismo

Aceite de ricino, rapado de pelo, secuestro, tortura, violación y muerte. Porque ese era su destino. Y lo sabían. Pero el motivo de la lucha siempre era mayor. La España de la conspiración golpista nunca perdonó a las mujeres que rompían con las reglas del juego y transgredían la feminidad tradicional.

Y de ahí, el caso de las ‘niñas del Aguaucho’ o ‘Las trece rosas‘, ejemplo de la violencia de género sistemática que ejecutó el fascismo español. El régimen franquista trató de dilapidar la situación femenina y de progreso de la primera república española. Se afirmaba que el feminismo y las demandas de igualdad eran las culpables del creciente rechazo por parte de las propias mujeres a su misión biológica natural. Las mujeres habían nacido para ser madres y esposas, perfectos ángeles del hogar a quien no podría pertenecer ningún derecho político ni tampoco personal.

Las «Trece rosas». ARCHIVO

«Que mi nombre no se borre en la historia», decía Julia, una de les trece rosas. Y nunca se ha borrado. Las trece mujeres, Pilar Bueno Ibáñez, Julia Conesa Conesa, Adelina García Casillas, Elena Gil Olaya, Carmen Barrero Aguado, Joaquina López Laffite, Dionisia Manzanero Salas, Victoria Muñoz García, Martina Barroso García, Blanca Brisac Vázquez, Virtudes González García, Ana López Gallego y Luisa Rodríguez de la Fuente, la mayoría menores de edad, fueron arrestadas por pertenecer a las Juventudes Socialistas entre mayo y junio de 1939 y acusadas de unos asesinatos que nunca pudieron cometer porque estaban en prisión.

Intentaron que pensar diferente no se convirtiese en delito y murieron, pero alzando voz, al igual que lo hicieron las ‘niñas del Aguaucho’, apresadas por los falangistas, subidas a un camión y sometidas a vejaciones múltiples por haber participado en manifestaciones y coser banderas tricolores. Al igual que lo hicieron tantas otras vidas hoy arrojadas en fosas.

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