Concierto en la prisión lituana de Lukiskes. Rytis Seskaitis

Música

De cárcel a 'hub' cultural: cómo reconvertir la condena en música

La prisión de Lukiškės, en Vilnius (Lituania), ha acuñado a la perfección el término de la reconversión. Sus centenarios muros se alzaban como uno de los edificios más notorios de la capital lituana, sus rejas contaban historias de pavor, venganza y resiliencia, pero en 2019 el centro penitenciario dejó de funcionar como cárcel para nacer en su versión 2.0.

Lukiškės ganó fuerza cultural tras haber sido atrezzo del rodaje de Stranger Things, una de las series más exitosas de la historia de Netflix. Desde entonces, la idea de reconvertir el espacio en cuna de la cultura, la música y los eventos fue su motivación principal.

Concierto en la prisión Lukiskes de Vilnius. Lunatikai

El ‘hub’ de entretenimiento, bautizado como Lukiškės Prison 2.0, tendrá la ocasión de explorar todas las ventanas de oportunidad que el espacio pueda brindar a la cultura: conciertos, espectáculos, festivales e incluso tours exclusivos. La banda lituana Solo Ansamblis fue la encargada de estrenar el espacio hace unos meses ante un público de 1.000 espectadores, tras nueve meses de impedimento a causa de la pandemia del coronavirus.

Debido a que la crisis del Covid ha cancelado numerosos eventos culturales y sociales a nivel global, la prisión de Lukiškės se ha convertido en principal baza de entretenimiento para los lituanos, que tendrán la oportunidad de acudir a eventos protagonizados por más de 250 artistas.

La prisión de Lukiskes durante un concierto. Lunatikai

Además de emplear el patio como escenario musical, las diversas inmediaciones de la antigua prisión sirven a los artistas como despachos y centros de coworking, como si de una oficina mundana se tratase. Este ha sido el caso de la artista lituana Jolita Vaitkutė, que cuenta con su estudio en la antigua cafetería de la prisión.

En la comunidad artística le hemos dado un nuevo significado a los antiguos espacios de reclusión»

Jolita Vaitkute, artista lituana

Si evitan dejarse llevar por el aspecto grisáceo y aséptico de sus salas, la cárcel lituana sirve como núcleo de creación para miles de artistas, que pueden compartir ideas y espacio con otros coetáneos para fomentar la producción. «Los artistas son grandes aceleradores a la hora de convertir los espacios en algo inédito. Los tiempos en los que Lukiškės era solo una cárcel ya han quedado atrás porque nosotros, la comunidad artística, le hemos dado un nuevo significado a los antiguos espacios de reclusión», explica Vaitkutė.

El estudio de la artista lituana Jolita Vaitkutė en la prisión. Mantas Repecka

Esta prisión lituana se ha convertido en referente a la hora de generar nuevos espacios de cenizas previas. Las salas de penitencia se han convertido en emblemas de creación, así como en un nuevo atractivo para la ciudad de Vilnius. Además de haber sido reconvertida en residencia cultural, la cárcel ofrece tours matutinos -en los que conocer los entresijos del relato penitenciario- y otros nocturnos aptos para los más valientes.

Lukiškės Prison 2.0 no sólo cambiará los lazos de los ciudadanos con la historia del emblemático edificio, también ofrece a la ciudad un nuevo atractivo turístico motivado por un pasado lúgubre y un futuro lumínico.

Inmediaciones de la nueva residencia cultural de la prisión de Lukiskes. Rytis Seskaitis

La causa Carabanchel

El renacimiento de la prisión lituana resulta, no sólo llamativo, también valiente. En España, la cárcel de Carabanchel había sido considerada como espacio óptimo para la reconversión, aunque finalmente terminó siendo derruida y lo único que queda de ella es un amplio solar sin uso con un plan urbanístico completamente paralizado.

La prisión de Carabanchel cerró en 1999, año en el que salieron de ella los últimos 2.000 hombres y 500 mujeres que cumplían condena en sus celdas. Previo a su derribo en 2008, los vecinos de la localidad madrileña habían pedido que el espacio se reconvirtiera en un centro de memoria histórica en el que se estudiara la dictadura franquista, en un hospital y, en definitiva, en un espacio que beneficiara los intereses de sus ciudadanos. La degradación del lugar y la mala imagen que acuñó para Carabanchel terminó siendo el foco principal que motivó su completa destrucción.

Derribo de la famosa cúpula de la cárcel de Carabanchel en 2008. Wikicommons

Los vecinos habían pedido que el espacio restante se empleara para la construcción de un aliciente social para el vecindario: un hospital o escuelas infantiles, pero la crisis de 2008 y el cambio de gobierno regional (de Esperanza Aguirre, que se había comprometido a dar forma al recinto sanitario, a Ahora Madrid con Manuela Carmena en 2015) terminó por frenar las obras y replanificación del solar.

Con Aguirre en los mandos regionales, el Ministerio del Interior (que por entonces dirigía Jorge Fernández Díaz) y el Ayuntamiento de Madrid (que lideraba Ana Botella) firmaron un acuerdo por el cual en la superficie de la cárcel se construirán 650 pisos, un hospital, zonas verdes y oficinas del Estado. El 30% de los pisos serían de protección pública.​

El cambio del equipo de gobierno, con la victoria de Ahora Madrid, paró este proyecto. Años después, el terreno vallado sigue estando repleto de tierra y las asociaciones de vecinos piden al Ayuntamiento que se pueda ejecutar el plan para que el barrio pueda disponer de servicios municipales.

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