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El tabaco que se fuma a la música

Bob Dylan fumando en su coche. Londres, 1966

Bob Dylan fumando en su coche. Londres, 1966

Hoy, Día Mundial sin tabaco, se hablará una vez más de los efectos perjudiciales para la salud de esa extraña práctica de meter humo tóxico en los pulmones, y hasta del enorme coste económico que supone para la sociedad. También volverán las grandes imágenes directas a nuestro conjunto de creencias que ha generado el cine y las grandes estrellas, elevando a los cielos del subconsciente colectivo la pose y actitud que genera un cigarrillo en la mano, o jugar con el humo. 

Sin embargo, parece que se habla muy poco de cómo el tabaco se ha fumado a la gente de la música, y hasta de cómo la música ha podido influir en el tabaquismo entre los más jóvenes.

Durante los años 90, y según un estudio publicado en 1997 por los doctores DuRant, Rome, Rich, Allred, Emans, y Woods en el American Journal of Public Health de Estados Unidos, más de la cuarta parte de los vídeos musicales que emitía la MTV contenían imágenes de gente fumando. En concreto, en los vídeos de rap, el porcentaje sube hasta casi la tercera parte. Hablamos de una época en la que los videoclips eran las únicas referencias audiovisuales que tenían los jóvenes, más potentes incluso en algunos aspectos que las redes sociales actuales.  

Hasta los grandes Oasis lanzaron un tema llamado Cigarettes & Alcohol

Ojo, que también este arte ha tenido sus imágenes con olor a nicotina, con la mejor voz de la Historia de la música en cabeza. Una voz que apagó el tabaco. Es raro encontrar una foto antigua de Frank Sinatra sin un cigarro en la boca. Hasta usando una pipa es posible encontrarle fácilmente, sin mucho buscar. Lo más gracioso del tema es que no se tragaba el humo. Era cuestión de pose, y muy posiblemente herencia de Bogart, al que el humo llevó al otro barrio, y no le quedó París. El propio Frank llegó a hacer su propio programa de publicidad de cierta marca de tabaco en televisión:

Una de las cosas que quizá nos cueste más encajar hoy en día es a John Lennon fumando. Pues lo hizo hasta el último día de su vida. Aunque él se pasó al final a Gauloises, siempre fue, junto al resto de la banda The Beatles, muy de Marlboro. Mientras los espectadores veían el vídeo de Imagine, se encendió su cigarrillo en esta entrevista con Dick Cavett:

En la época de Jimmy Hendrix, el estándar de los guitarristas era fumar. Él se solía convertir en chimenea humana con frecuencia, y disfrutaba haciendo filigranas con el humo:

Bob Dylan fue muy claro sobre su experiencia con la adicción al tabaco. Incluso se lanzó en varios países una campaña protagonizada por él en la que hablaba de lo que pasa “cuando la planta de tabaco choca con la cultura popular”. Sin embargo, todavía en 1965, daba las ruedas de prensa empalmando un pitillo con el siguiente.

Johnny Cash empezó con el vicio de fumar cigarrillos cuando solo tenía 12 años. A sus 56, salió de una cirugía grave de corazón diciendo que dejaría los cigarrillos para siempre. Keith Richards, por mucho que invierta cifras millonarias en mantener su salud y estado físico, también lo dejó tras un buen susto. Llegó a decir que dejar la nicotina es más difícil que dejar la heroína. Si lo dice el experto… 

En el mundo de la ópera también hubo quién decidió irritar sus cuerdas vocales con todo tipo de aditivos ardiendo en forma de humo tóxico, como Puccini, Caruso, María Callas, Pavarotti, y muchos otros, aunque la historia más sobresaliente fue la de Ravel, el autor del famoso Bolero. Calculaba la cantidad exacta de cigarrillos que necesitaría antes de irse de gira, los preparaba en una maleta aparte, y su tarifa en 1928 para actuar era un mínimo garantizado de 10 mil dólares y un suministro constante de cigarrillos Gauloises. 

Parece muy legendario y hasta hermoso el uso del tabaco en esta área de la cultura, pero su sombra se ha extendido hasta reducir a cenizas, además de a Frank Sinatra, a George Harrison, Nat King Cole, David Bowie, Louis Armstrong, Etta Jones, Dean Martin, o Roy Orbison, entre muchísimos más. 

Es muy grande la cantidad y calidad de música que se ha perdido por culpa del tabaquismo. Son vidas consumidas como una colilla arrugada, inservible, residual. Nunca llegaremos a escuchar miles de canciones que nunca existieron y que han desaparecido de nuestro destino como si fuera humo, ya invisible.

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