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El mal humor también cansa: así afecta a tu salud, a tus defensas y a tus relaciones

Todos hemos tenido un mal día, pero cuando la irritabilidad se convierte en un estado casi permanente, sus consecuencias van mucho más allá de un simple cambio de humor. Mantenerse enfadado o irritable durante largos periodos obliga al organismo a permanecer en un estado de alerta constante, lo que puede traducirse en cansancio físico y mental, en problemas de sueño, en dificultades de concentración, e incluso en un mayor riesgo de aislamiento social. 

Además, tal y como afirma Clara Anaya, especialista del Servicio de Psicología del Hospital Quirónsalud Córdoba, el mal humor sostenido no sólo desgasta a quien lo experimenta, sino también a las personas de su entorno y, en algunos casos, puede esconder trastornos como la ansiedad o la depresión.

“Aunque solemos pensar en el mal humor como un estado emocional, en realidad implica una activación fisiológica importante. El cuerpo se activa ante la presencia de emociones y de pensamientos, ya que no podemos separar dichas partes de la persona. Estar de mal humor implica que nuestro cuerpo se defienda ante una amenaza y esta reacción supone un gasto de energía considerable. El cerebro no distingue entre los peligros reales o la sensación personal tras sostener un estado de irritabilidad constante”, explica. 

Cuando estamos irritables o enfadados durante mucho tiempo, dice además que se ha observado una mayor activación de los circuitos relacionados con la detección de amenazas y con la respuesta emocional, especialmente estructuras como la amígdalas.

Clara Anaya, especialista del Servicio de Psicología del Hospital Quirónsalud Córdoba.

Además, mantiene esta psicóloga que las áreas prefrontales, responsables de la regulación emocional y de la toma de decisiones, tienen que realizar un esfuerzo extra para mantener el control: “El cerebro está diseñado para protegernos, por lo tanto, cuando algo nos irrita durante mucho tiempo, el sistema nervioso interpreta que la persona está en un entorno potencialmente peligroso y activa mecanismos de defensa que, si se mantienen, acaban distorsionando tu forma de pensar y reaccionar. Por este motivo, el mal humor sostenido provoca dificultad en la atención, la memoria, la flexibilidad cognitiva y la capacidad para resolver problemas de forma eficaz”.

Un desgaste continuo

Por eso, insiste esta experta del Hospital Quirónsalud Córdoba en que sostener emociones como la irritabilidad o el enfado requiere un esfuerzo continuo, y la persona suele permanecer en alerta, se activa la atención selectiva que nos permite interpretar con mayor facilidad los estímulos como molestos y dedica muchos recursos cognitivos a anticipar problemas, controlar impulsos o gestionar conflictos. 

“Dicho esfuerzo cumple una función de supervivencia, en la cual el cuerpo humano se focaliza en aquello que le resulta problemático para poder solucionarlo. Es como conducir un coche con el motor constantemente revolucionado para responder a cualquier imprevisto: puede ser útil en momentos concretos, pero mantenerlo así durante horas acaba consumiendo más combustible y acelerando el desgaste del sistema”, resalta Clara Anaya.

En este sentido, indica esta psicóloga que, ante este escenario, las manifestaciones físicas son muy frecuentes, ya que “el cuerpo y la mente no funcionan por separado, de forma que lo que ocurre emocionalmente acaba teniendo una expresión física”. Entre las más habituales encontramos, tal y como apunta: tensión muscular, dolores de cabeza, molestias digestivas, alteraciones del sueño, sensación de fatiga persistente, contracturas cervicales, bruxismo o incluso cambios en el apetito. 

Precisamente, en este punto llama la atención sobre la estrecha relación que existe entre el mal humor y la fatiga crónica o falta de energía. Anaya sostiene que la irritabilidad mantenida consume energía, de forma que en este estado de ‘lucha’, aunque la persona no esté haciendo nada, el cuerpo está funcionando como si tuviera que responder a una amenaza continua. “El cerebro tiene menos recursos para regular las emociones, disminuye la tolerancia a la frustración, aumenta la reactividad emocional y cuesta mucho más filtrar o tomar perspectiva de las situaciones. En consulta vemos con frecuencia este círculo vicioso: cuanto más cansada está una persona, más irritable se muestra, y cuanto más irritable está, mayor es el desgaste que experimenta”. 

Por otro lado, esta psicóloga del Hospital Quirónsalud Córdoba avisa de que el mal humor igualmente puede afectar a nuestro sistema inmunológico y a nuestra salud en general en definitiva: “El cortisol crónico debilita la respuesta inmunitaria. Durante estos procesos persistentes, se pierde la homeostasis del cuerpo o, en otras palabras, el equilibrio que nos mantiene sanos por un agotamiento en los sistemas de regulación. Las consecuencias más habituales residen en una mayor frecuencia en las infecciones, peor recuperación ante enfermedades, mayor inflamación o cambios más amplios en el estado de ánimo. La salud emocional es un factor protector fundamental para el bienestar físico”.

Cómo nos afectan en nuestra relación con los demás

Pero sin duda, uno de los puntos que menos conocemos sobre ese estado de mal humor perpetuo es que éste puede minar nuestras relaciones sociales ya que, tal y como argumenta Anaya, nuestras emociones no se viven únicamente de forma interna, sino que se regulan también en la interacción con los demás: “Cuando una persona mantiene un estado de irritabilidad constante, su entorno se ve obligado, de manera casi automática, a adaptarse a ese clima emocional para evitar conflictos y como forma de mantenernos en sintonía con los demás”. 

Es más, lamenta que el mal humor persistente pude provocar aislamiento social o conflictos repetidos, ya que el malestar psicológico provoca en la gran mayoría de ocasiones patrones de interacción evitativos: “Cuando estamos cansados, de mal humor, todo cuesta mucho trabajo. Las acciones que antes nos divertían o entretenían probablemente en este estado se tornen como una dificultad muy grande”. 

Por eso, según insiste esta psicóloga, se suele observar una retirada progresiva de planes, de conversaciones o de espacios donde la persona puede sentir que no tiene suficiente energía para sostenerlo. “Por otro lado, el mal humor nos sitúa en dinámicas tensas y respuestas impulsivas ya que, como se ha comentado anteriormente, la toma de decisiones y la zona más reflexiva de nuestro cerebro se ve manipulada por una parte más emocional, impulsiva e irritada”, añade Anaya.

Es por todo ello que aconseja que, cuando la irritabilidad deja de ser una reacción puntual y se convierte en una forma habitual de estar en el mundo, afecta al rendimiento laboral, deteriora las relaciones, altera el sueño o se acompaña de malestar, es recomendable consultar con un profesional. “Cuanto antes se identifique la causa subyacente, más fácil será intervenir de forma eficaz”, concluye.

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