Ilustración: Carmen Vivas

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¿Por qué nos atraen las teorías de la conspiración?

El sociólogo Alejandro Romero y la psicóloga Elena Morales analizan por qué algunos individuos defienden creencias contrarias a la razón y a la ciencia

Las vacunas y el 5G, Bill Gates, un virus fabricado en un laboratorio chino, las farmacéuticas, un plan supremacista, microchips y nanobots. La pandemia del coronavirus ha disparado los discursos conspiranoicos, que se expanden ahora a la velocidad de la luz gracias a las redes sociales y a altavoces como el de Miguel Bosé.

Fernando Simón puede cometer errores, pero sería bastante kamikaze cambiarlo por Miguel Bosé»

Alejandro Romero

Que en los últimos meses hayan aparecido todo tipo de teorías, muchas de ellas alejadas de toda lógica y sin ninguna base real o científica, tiene una explicación: cuando más miedo sentimos y cuantas menos salidas vemos, más propicios somos a creernos estas teorías. Y el problema es que, una vez en la trampa, las vemos como verdades irrefutables. Así lo ven el sociólogo Alejandro Romero, profesor en la Universidad de Granada, y la psicóloga Elena Morales, de la Universidad de Huelva.

«La pandemia ha generado la tormenta perfecta para la proliferación de estas teorías. Es una situación de miedo e incertidumbre, con información incompleta y en la que la ciencia aún no puede darnos sobre este nuevo virus las respuestas definitivas y las soluciones infalibles que pensamos que podemos pedirle», señala Alejandro Romero a El Independiente. «Estas teorías», añade Elena Morales, «ofrecen estas respuestas fáciles de creer si no existe la suficiente motivación para analizarlas y contrastarlas».

En la era digital estas teorías ocupan espacios cada vez más importantes y algunas llegan a formar parte de la cultura dominante»

Elena Morales

En el escenario general, todo esto se combina además con cierto descrédito de las instituciones y una gran polarización política mientras los ciudadanos han vivido situaciones límite: viendo sufrir y morir a seres queridos sin poder abrazar, encerrados en sus casas en un confinamiento donde la única ventana al mundo eran las pantallas de los móviles y los ordenadores, por donde ahora circulan todo tipo de mensajes sin filtro alguno.

«En tal escenario de miedo, zozobra, impotencia y desconfianza, aumenta la receptividad a teorías de la conspiración y, eliminados los filtros, aumenta también su accesibilidad», analiza el profesor Alejandro Romero. Y su compañera advierte también del peligro de las nuevas tecnologías: «En la era digital estas teorías ocupan espacios cada vez más importantes y algunas llegan a formar parte de la cultura dominante».

Creer en una verdad irrefutable

«Las teorías conspirativas nos ayudan a recobrar un cierto grado de control sobre un entorno que nos supera: por lo menos, sabemos quiénes son los culpables y, por tanto, los enemigos contra los que debemos luchar en cuanto se presente la ocasión», dice el profesor de la Universidad de Granada.

El gran problema es que cuando uno cree en una teoría del estilo, piensa que es irrefutable. Cuando a alguien se le mete en la cabeza que el 5G sirve para esparcir el coronavirus, da igual las pruebas que se le muestren. «Al contrario, todas las pruebas la confirman. Incluso la ausencia total de pruebas: si no las hay, eso solo demuestra cuán hábilmente han borrado sus huellas los conspiradores», explica Alejandro Romero.

Una discusión con una persona que cree en estas teorías puede ser larga y tediosa. Le dan igual informes avalados por sociedades científicas. Importa más un meme. El teórico de la conspiración, va a llevar siempre la razón, pase lo que pase.

Teorías inofensivas y teorías peligrosas

Hay teorías de la conspiración que son de algún modo inofensivas. Que una persona crea que Estados Unidos hace experimentos con extraterrestres en el Área 51. Que uno piense que el Club Bilderberg controla el mundo. Sin embargo, hay ciertas teorías como las que se han expandido ahora con el coronavirus que sí tienen efectos nocivos para la sociedad.

Pueden crearse con fines políticos o puramente crematísticos, ya que se puede hacer mucho dinero difundiéndolas»

«Las teorías conspirativas antivacunas son objetivamente perniciosas. Ya se han dado casos, en los últimos años, de niños que se han contagiado de enfermedades prácticamente erradicadas. Estas teorías, además, retroalimentan la desconfianza en las instituciones», detalla Alejandro Romero. El profesor opina que es saludable y necesario tener una actitud crítica hacia las versiones oficiales. «El problema surge cuando, al desconfiar totalmente de autoridades, medios de comunicación y científicos, nos encomendamos a fuentes mucho menos fiables. Fernando Simón puede cometer errores, pero sería bastante kamikaze cambiarlo por Miguel Bosé».

Elena Morales, profesora de Psicología Social, opina que hay ciertas corrientes que suponen «riesgos para la democracia» y una cierta orientación «hacia populismos de izquierda o derecha», además de una temible reducción de derechos humanos o de libertades individuales. “Desde luego no son cuestiones menores y por todo ello es importante tomar conciencia de este asunto y promover la investigación sobre el mismo para poder neutralizar, combatir y reducir estar teorías”.

¿Cómo surgen y quién las sigue?

Lo primero que tiene que haber es un hecho que no entendamos, algo que no tenga una explicación sencilla. «Las teorías cobran fuerza después en la medida en que hay personas para las que tiene sentido esa explicación que propone», señala el profesor Alejandro Romero. «Pueden crearse con fines políticos o puramente crematísticos, ya que se puede hacer mucho dinero difundiéndolas, pero solo prenden si responden a las inquietudes y los prejuicios de una parte del público».

Para que una teoría conspiranoica tenga éxito, necesita un mensaje, pero también un receptor. Y hay estudios que han investigado sobre el perfil de ese receptor, sobre qué tipo de personas son más susceptibles a creer estas historias. «Por ejemplo, el tener un menor pensamiento analítico, menor nivel educativo, mayor tendencia a sobrestimar la probabilidad de co-ocurrencia de eventos o mayor tendencia percibir intencionalidad cuando no existe», explica Elena Morales.

«También las personas que presentan mayores niveles de ansiedad, mayor sentimiento de falta de poder, que sienten pérdida de control sociopolíticos y pérdida de empoderamiento psicológico. YoOtras investigaciones apuntan que la creencia en conspiraciones es más frecuente entre personas de bajo estatus, con menores ingresos o que se identifican con orientaciones políticas que no son mayoritarias en el momento actual». 

La conclusión a la que llegan estos dos expertos es que para ciertos estratos de la población puede ser sencillo «caer en la trampa» de las teorías de la conspiración. ¿Y se puede dejar de creer en ellas? «Para vencerla», afirma la psicóloga de la Universidad de Huelva, «hay que tener una alta motivación para buscar la información que permita contrastar estas creencias. Y esta motivación no siempre está presente. Suelen ser teorías muy persuasivas y atractivas”.

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