Salud

De los mosquitos a las olas de calor: la mayor amenaza para la salud es ya el cambio climático

El medio ambiente cede por primera vez paso a la salud en la Cumbre del Clima de Glasgow para hablar sobre este impacto. España, en la zona mediterránea, se encuadra en uno de los focos del calentamiento global y los expertos piden que se hable de adaptación.

De los mosquitos a las olas de calor: la mayor amenaza para la salud es ya el cambio climático

De los mosquitos a las olas de calor: la mayor amenaza para la salud es ya el cambio climático

En España, las olas de calor han matado a unas 1.300 personas cada uno de los últimos años. Mientras que las primeras han ido en aumento, los fallecimientos no han seguido el mismo ritmo y eso es gracias a la adaptación que se ha conseguido en base a la mejora de las estructuras sanitarias, la adaptación de las viviendas, los servicios sociosanitarios o la llamada “cultura del calor”. 

Una cultura que empezó a construirse tras la importante ola de calor que en 2003 provocó 609 muertes concentradas en 21 días de agosto. Aquello fue el inicio de actuaciones como la creación de un plan nacional por parte del Ministerio de Sanidad que funciona cada año desde 2004. “Desde entonces las olas de calor han aumentado, pero la sociedad ha conseguido ir adaptándose de manera que ha aumentado la temperatura máxima a partir de la cual se asocia un aumento de hospitalizaciones y muertes”,  explica Julio Díaz, codirector de la unidad de Cambio Climático Salud y Medio Ambiente Urbano del Instituto de Salud Carlos III. 

Con décadas de investigación a sus espaldas, Díaz ha coordinado una investigación que muestra cómo se han ido adaptando las provincias al calor – Tarragona lo ha hecho al doble de ritmo que Valladolid, por ejemplo – pero también sobre la perspectiva que nos aguarda con el calentamiento global: “Desde 2003, la máxima media diaria registrada en verano ha aumentado ha aumentado 0,41 grados por década, pero los españoles nos hemos adaptado a un ritmo de 0,66 grados y por tanto la mortalidad no ha aumentado”.  

España se ha adaptado a esa consecuencia del cambio climático en forma de olas de calor mejor que otras regiones del mundo, pero la evolución del cambio climático exige que lo siga haciendo al mismo ritmo. “Los modelos de predicción que hemos establecido plantean que, si no nos adaptamos, en 2100 las 1.300 muertes podrían multiplicarse hasta las 12.000. Sin embargo, si consiguiéramos mantener el ritmo de adaptación continuarían estables e incluso disminuirían a 1.200”, afirma el investigador, que publicó los resultados de esta investigación en Enviromental Research.

El de las olas de calor en España es un ejemplo de la capacidad de adaptación que existe al cambio climático. Urge, apunta Díaz, llevarla a otros ámbitos en un escenario en el que los científicos dudan ya que se pueda cumplir el Acuerdo de París, que pedía a los países compromisos para que el clima global no aumente más de 1,5 grados hasta fin de siglo. En el Mediterráneo podría llegar al doble. “El cambio climático no afecta a todo el mundo por igual, lo hace más en el hemisferio norte y más aún en determinadas zonas, el Ártico o el Mediterráneo son ejemplos de lo que se llaman hot spots o zonas calientes”, explica Jaime Martínez-Urtaza, especialista en seguridad alimentaria global y epidemiología y coautor del informe de The Lancet Countdown, red code for a healthy future (Cuenta atrás, código rojo para un futuro saludable) que científicos de todo el mundo han publicado a propósito de la cumbre para advertir de la necesidad de acción urgente. 

La Organización Mundial de la Salud (OMS) también lanzaba la voz de alarma a las puertas de laCOP26. “El cambio climático es la mayor amenaza para la salud que enfrenta la humanidad” dice el informe en el que hablan sobre la necesidad de ciudades más adaptadas a las nuevas condiciones de vida que acarrea el calentamiento global de forma inevitable.

Cómo el cambio climático afecta ya a nuestra salud  

Las olas de calor se traducen en aumento de ingresos y mortalidad y su efecto va mucho más allá de los golpes de calor. “Las olas no matan directamente. En las 600 muertes de agosto de 2003, sólo el 2% fueron por olas de calor. El resto se produjeron por patologías cardiovasculares y respiratorias asociadas”, explica Díaz.

Si bien España ha podido adaptarse al calor, no ha ocurrido igual con otros fenómenos que se saben consecuencia directa del cambio climático. Por ejemplo, los incendios. El investigador del ISCIII coordinó ya en 2017 otro estudio que relacionaba directamente los incendios de más de ocho hectáreas de extensión con un aumento de muertes por causas respiratorias y cardiovasculares. “También tienen efecto sobre otros aspectos como el aumento de partos prematuros y con bajo peso al nacer, y todos ellos muy alejados del foco del incendio. Cuanto mayor es el incendio, mayor número de partículas se emiten”, explica Díaz, “lo mismo ocurre con las sequías y éstas cada vez son más intensas”.  

«Los períodos de calor extremo, el aumento de fuegos y tormentas, además de la contaminación atmosférica afectan a las enfermedades cardiovasculares. Todos ellos se han asociado a más ingresos y muertes por ictus, insuficiencias cardíacas, enfermedad coronaria, arritmias y otros», afirma la epidemióloga Ana Navas-Acién, profesora de la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Columbia (Nueva York). Navas-Acién responde a El Independiente después de participar en el Congreso SEC21 de la Salud Cardiovascular, donde se advirtió de que la contaminación – estrechamente ligada al calentamiento – ya causa más mortalidad cardiovascular que el colesterol alto, el sobrepeso o el sedentarismo.

Enfermedades transmitidas por mosquitos

Otro de los retos que afronta España y la zona mediterránea especialmente es el aumento de mosquitos capaces de transmitir enfermedades tropicales, que hasta ahora no estaban en España. “En 2014 no había en España un mosquito capaz de transmitir el dengue o la chikunguña, en los últimos años han aumentado el número de especies y los modelos predicen que están en expansión en toda Europa”, afirma Frederic Bartomeus, ecólogo e investigador del Centro de Investigación Ecológica y Aplicaciones Forestales (CREAF).

El Centro Europeo para la Prevención y el Control de Enfermedades registraba ya hace un año 18 casos locales de dengue entre Italia y Francia y 168 casos de fiebre del Nilo Occidental, de los cuales 77 han sido en Grecia (con 9 muertos), 49 en España (con 4 muertos) y el resto en Italia, Alemania y Rumanía.

Bartomeus es codirector de Mosquito Alert, una aplicación ciudadana que en los últimos cinco años ha avistado 18.300 mosquitos en España y ahora empiezan a expandir su trabajo en Europa. Se analizan cinco especies de mosquitos – tigre, de la fiebre amarilla, del Japón, de Corea y mosquito común, que ya estaba en Europa y se ha demostrado que también puede transmitir el virus del Nilo Occidental. Otras enfermedades que pueden transmitir van desde el dengue, al zika, chikunguña, la malaria. 

Las enfermedades que transmiten estos mosquitos son infecciosas aunque no pueden transmitirse entre personas. Sus consecuencias pueden ser muy graves y preocupa sobre todo, asegura Bartomeus, el dengue. «Europa ya tuvo dengue, los últimos casos datan de 1950 en Grecia. Se transmite a través del mosquito de la fiebre amarilla pero también pueden llevarla otros mosquitos. Los biólogos no saben muy bien por qué se erradicó el vector, se estima que pudo ser por el saneamiento de las ciudades».

La lucha contra estos mosquitos se desarrolla en España a nivel estatal, desde el Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias (CCAES), a través del Plan Nacional de Preparación y Respuesta frente a Dengue, Chikungunya y Zika. «A este nivel hay un sistema de monitorización y vigilancia y las actividades de control son competencias municipales, normalmente se realiza con empresas de gestión de plagas y se trabaja sobre las larvas, el estadío intermedio entre los huevos y los mosquitos y donde es más factible controlar. No obstante, eliminar las colonias es muy complejo», afirma Bartomeus, que subraya que «más que solucionar el problema hay que mitigar su impacto y para ello hay que pensar de forma global».

Y es que, al igual que en todos los aspectos que rodean al cambio climático, la expansión de las enfermedades transmitidas por vectores ya no es un problema local. «Recordemos lo que ocurrió en los anteriores Juegos Olímpicos, en Brasil 2016. Un gran brote de zika en Suramérica y Centroamérica estuvo a punto de suspender los juegos por temor a que la infección se extendiese por el mundo. Y es que lo que ocurre en otras zonas del mundo puede impactar en otras zonas, especialmente si en zonas como el Mediterráneo ya tienes a los mosquitos capaces de propagar la enfermedad», indica Bartomeus.

La estrecha relación con la contaminación

Si bien cambio climático y contaminación no son lo mismo, están estrechamente ligadas. El incremento de gases de efecto invernadero que forman la polución ambiental provocan a su vez el cambio climático y tienen consecuencias directas sobre la salud. «A corto plazo, la contaminación ambiental provoca 10.000 muertes anuales en España y a largo plazo, son 35.000 las atribuibles. Se ha mostrado relación entre contaminación y enfermedades respiratorias, circulatorias, ansiedad y depresión, obesidad, diabetes y un menor desarrollo cognitivo en niños, ente otras», asegura Díaz.

Desde la Sociedad Española de Neumología y Cirugía Torácica (SEPAR), su portavoz Cristina Martínez subraya que «en enfermedades respiratorias, es imposible desligar contaminación y cambio climático». La especialista subraya que la contaminación empeora las condiciones de los enfermos respiratorios, a quienes además afecta, en general, el calentamiento global. «Los crónicos necesitan protegerse más del calor, son más frágiles a la deshidratación y también a los cambios en la calidad del aire».

Desplazados por el clima

Los fenómenos meteorológicos extremos han echado de sus hogares a 21,5 millones de personas cada año durante la última década, más del doble que los desplazados por los conflictos y la violencia. Son los datos de la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados este 2021 y expresan otra de las consecuencias para la salud del cambio climático.

«Son los fenómenos extremos pero también el clima. Si una persona vive de la agricultura y la sequía no le permite hacer su trabajo, tendrá que buscarse la vida en otro lugar. Y hasta ese lugar puede que desplace enfermedades que antes no estaban o que llegue tanta gente que las infraestructuras sanitarias no puedan dar respuesta», explica Martínez-Urtaza.

La desigualdad

El aumento de refugiados a causa del clima es la causa más global de un mundo que, a consecuencia del cambio climático, ahondará la brecha entre ricos y pobres. «La adaptación al cambio climático depende de la financiación y los países con menos recursos no tienen fondos para invertir en lucha contra el cambio climático. El cambio climático es desigual desde el origen, porque lo han provocado mayoritariamente los países ricos, hasta las consecuencias, que las van a pagar en su mayoría los países pobres», afirma Martínez-Urtaza.

En España, la desigualdad también afecta a la adaptación al cambio climático. Un estudio codirigido por Julio Díaz analizó entre 2010 y 2013 el efecto de las olas de calor en los barrios de Madrid y los distritos más pobres fueron los que sufrieron las peores consecuencias. Tetuán, Carabanchel y Puente de Vallecas eran los que más muertes asociaban al aumento del calor.

La vulnerabilidad es cuestión de renta pero también de otros factores. Los ancianos, los niños y los enfermos crónicos son los más afectados y tal como destacaba el informe The Lancet Countdown, en 2020 el número de horas que pasaron los mayores de 65 años expuestos a olas de calor aumentó un 6,9% respecto al año anterior.

«Resiliencia», la necesidad de adaptación

Uno de los focos de la OMS en su informe sobre cambio climático a propósito de la Cumbre del Clima es la necesidad de «construir un sistema resiliente a los riesgos climáticos, con sistemas de salud y servicios que apoyen la adaptación de la salud en los distintos sectores».

Si bien las amenazas son innegables, Martínez-Urtaza cree que es necesario moverse de un mensaje catastrofista: «Creo que los dramatismos no ayudan a concienciar sino crean fatiga. Esto no es el fin del mundo sino un camino hacia otro mundo. Estamos en un viaje hacia un lugar donde hay que vivir de otra manera y mantener otras precauciones. Hay que trabajar por sistemas capaces de modular las peores predicciones».

El coautor del informe de The Lancet incide en dos aspectos. La necesidad de una implicación real por parte de los políticos y la de la educación para la toma de conciencia individual. «Cuando oigo los anuncios de los políticos en la Cumbre a veces me inquieta, porque muchos no van a estar ahí dentro de dos años o no tienen la potestad para llevar a cabo lo que proponen», lamenta, «es necesario que los partidos políticos se posicionen y que se extienda la cultura de cambio de hábitos, que es lo más complicado».

Este año, al menos, la salud ha sido puesta en el centro de la conversación global sobre el cambio climático. Casi ocho mil millones de personas esperan respuestas.

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