Salud

Ni demasiado relajado ni al borde de un ataque de nervios: por qué el estrés puede ser un aliado para tu cerebro

Ni demasiado relajado ni al borde de un ataque de nervios: por qué el estrés puede ser un aliado para tu cerebro
Estudiantes de bachillerato | Europa Press

Vivimos en la era del agotamiento. El estrés habita en las aulas, las oficinas y las estadísticas que alertan sobre la salud mental de los jóvenes. Por lo general, se presenta como un villano: una fuerza invisible que bloquea, desgasta y anula el rendimiento. Sin embargo, una investigación española ha comenzado a desmantelar este estigma, demostrando que, bajo ciertas condiciones, la presión no es el enemigo, sino el combustible necesario para que el cerebro alcance su máximo potencial.

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Un reciente estudio en el que participan los investigadores Javier García Castro y Daniela Viniegra Villanueva (Universidad Villanueva), junto a José Manuel Fernández García (UNED), introduce un matiz disruptivo en el debate: no todo el estrés es dañino. Tras analizar a 72 estudiantes universitarios, los resultados confirman que la presión, lejos de ser un obstáculo, puede actuar como un catalizador para tomar mejores decisiones y reaccionar con mayor agudeza.

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El estrés que activa frente al que paraliza

La investigación parte de una distinción técnica fundamental: no es lo mismo el estrés que se impone desde fuera que el que la persona procesa internamente. Por un lado, el estrés inducido u objetivo: el que se genera desde fuera a través de una situación concreta. En este caso, los investigadores intentaron provocarlo mediante una situación de evaluación con cámara.

“El estrés subjetivo no está directamente vinculado con el estímulo objetivo que inducimos, sino con la situación que el sujeto vive en ese momento: estudiantes en su último año, a punto de entregar el TFG, con exámenes y decisiones vitales”, explica el Dr. Javier García Castro, profesor e investigador de la Universidad Villanueva, en una conversación con El Independiente.

A través del estudio, han observado que esa presión externa apenas alteró el rendimiento de los participantes. En cambio, sí lo hizo el estrés subjetivo. Los datos fueron reveladores: los estudiantes que afirmaban sentirse más estresados obtuvieron resultados significativamente superiores en pruebas de fluidez verbal —un indicador clave de las funciones ejecutivas—. Su puntuación alcanzó los 37,9 puntos frente a los 33,6 del grupo que reportaba niveles de presión inferiores.

La diferencia no parece depender tanto de lo que ocurre alrededor como de la forma en la que cada persona vive esa presión. “Nuestros datos nos indican que esta diferencia depende más de factores psicológicos —cómo es cada persona, las demandas que tiene— que de una causa objetiva”, señala García Castro.

La Ley de la "U" Invertida: El secreto del equilibrio

La idea de que cierta presión puede mejorar el rendimiento no es nueva, aunque rara vez se explica fuera de los círculos académicos. El estudio se apoya en la ley de Yerkes-Dodson, una teoría psicológica formulada hace más de un siglo que describe la relación entre activación y rendimiento mediante una curva en forma de “U” invertida.

Cuando el nivel de activación es demasiado bajo, aparece la desconexión. Cuando es excesivo, llega el bloqueo. Entre ambos extremos existe un punto intermedio en el que el cerebro trabaja con mayor eficacia.

“Cuando te enfrentas a una situación como un examen y estás o muy relajado o muy nervioso, tu rendimiento es bajo”, explica el investigador. “Estar relajado puede llevarte a cometer errores por despiste, y estar nervioso puede llevarte a quedarte en blanco”.

El éxito reside en alcanzar el punto de activación óptima. En ese estado intermedio, el cerebro trabaja con su mayor eficacia. El estudio sugiere que el estrés subjetivo es, precisamente, el motor que empuja al individuo hacia ese "punto dulce" de agilidad mental, donde la atención se agudiza sin llegar al colapso. “Cuando alcanzas el punto de activación óptima, tu rendimiento es el mejor”, resume García Castro.

Por qué la presión social no siempre funciona

Uno de los hallazgos más llamativos fue que la cámara —el estresor externo diseñado para el experimento— no logró alterar el rendimiento de los alumnos. El equipo de investigación plantea que este tipo de estímulo podría no ser lo suficientemente intenso si se compara con las presiones reales y sostenidas de la vida universitaria.

“Existe la posibilidad de que otros tipos de estrés objetivo, como estímulos físicos de frío o calor extremo, alterasen más el rendimiento”, reconoce el doctor. Esta conclusión abre un nuevo debate sobre la dificultad de replicar en un laboratorio la tensión real que genera un mercado laboral incierto o el peso de un título académico en juego.

Gestionar en lugar de eliminar

En un panorama donde el bienestar psicológico es una prioridad, los investigadores subrayan que estos resultados invitan a revisar la idea de que el estrés debe eliminarse por completo del entorno educativo. Según se desprende del estudio, el objetivo no sería la supresión total de la presión, sino dotar al alumno de herramientas para gestionarla. Como apunta García Castro, una relajación excesiva puede ser tan perjudicial para el rendimiento como un nerviosismo extremo.

La clave no es la supresión, sino la gestión. Entender el estrés como un mecanismo de enfoque permite canalizar esa energía para mejorar la agilidad mental, siempre que se mantenga dentro de los límites del equilibrio que el cerebro necesita para brillar.

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