Todo comienza con un mensaje aparentemente inofensivo. En este caso, no llega por WhatsApp, sino por correo electrónico. Al otro lado, alguien que parece de confianza. Un compañero de trabajo, un jefe o incluso un familiar. El mensaje es breve y directo: pregunta si el destinatario tiene WhatsApp y si puede facilitarle su número de teléfono.
Una vez enviado el número, la conversación se traslada a esa aplicación. El contacto aparece con la fotografía de perfil de la persona conocida, lo que refuerza la sensación de autenticidad. Antes de que el intercambio avance, ofrece una explicación: está ocupado, en una reunión o no puede atender llamadas. Solo puede escribir. Ese detalle, aparentemente banal, cumple una función clave: evitar cualquier intento de verificación directa.
A partir de ahí, la conversación se construye poco a poco. No hay una petición económica inmediata. Primero llega un favor sencillo, casi cotidiano. El supuesto remitente pregunta si la persona está disponible y si puede ayudarle con una gestión rápida. A continuación, introduce una acción concreta: si hay un establecimiento cercano —como un MediaMarkt o un Carrefour— y si puede acercarse un momento. La solicitud no genera rechazo. Es concreta, plausible y encaja dentro de una conversación normal.
Este tipo de fraude se ha convertido en una de las formas más rápidas y efectivas de engaño digital. Su éxito no radica en la sofisticación técnica, sino en algo mucho más sencillo: la manipulación de la confianza.
Un guion diseñado para evitar sospechas
El mecanismo suele ser similar. Un estafador suplanta la identidad de alguien cercano o con autoridad —un superior, un hijo o un conocido— y contacta con la víctima a través de canales habituales como el correo electrónico y aplicaciones de mensajería. El tono es cercano y directo.
Una vez establecida esa implicación, el proceso avanza sin brusquedad. Cuando la víctima confirma que puede desplazarse, el estafador introduce la verdadera finalidad: comprobar si hay tarjetas regalo de Apple disponibles. La petición se justifica con mensajes breves y urgentes —"lo necesito"— y se solicita que avise en cuanto llegue al establecimiento.
A partir de ese momento, la presión aumenta. El objetivo es evitar interrupciones y completar el proceso sin cuestionamientos. La petición económica no aparece como un hecho aislado, sino como la consecuencia lógica de una ayuda iniciada minutos antes.
A diferencia de otros métodos de pago, estas tarjetas funcionan como dinero en efectivo: quien dispone del código puede utilizarlo de inmediato y sin posibilidad de rastreo. Una vez compartido, recuperar el importe es prácticamente imposible.
Estafas de ingeniería social
Este tipo de fraude no es nuevo, pero sí su evolución. Organismos como la Policía Nacional y la Guardia Civil llevan años alertando de estafas en las que los delincuentes suplantan la identidad de jefes, compañeros o familiares para solicitar favores urgentes que derivan finalmente en pagos.
En estos avisos, las fuerzas de seguridad advierten de un patrón recurrente: el uso de excusas como reuniones o la imposibilidad de hablar por teléfono para rehuir de la interacción personal, la introducción progresiva de peticiones aparentemente inocuas y, finalmente, la solicitud de tarjetas regalo como método de pago.
Por su parte, el Instituto Nacional de Ciberseguridad señala que estas prácticas se engloban dentro de las denominadas estafas de ingeniería social, en las que el objetivo no es vulnerar sistemas tecnológicos, sino manipular a la víctima. Según este organismo, el uso de tarjetas regalo —especialmente de grandes plataformas digitales— responde a su carácter prácticamente irrecuperable: una vez compartido el código, el dinero queda fuera del alcance del afectado.
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