Los momentos de cambio, como los que se producen actualmente a nivel global en el escenario mediático y en el ring político, desatan la incertidumbre e incentivan los intentos por controlar todas las variables que estén en la mano. Especialmente si éstas se relacionan tanto entre sí como siempre lo han hecho los medios y el poder, pese a las fricciones, pese a los choques de intereses y pese a las presiones, como las que esta semana ha denunciado la Asociación de la Prensa de Madrid (APM) por parte de Podemos hacia los redactores que cubren la información del partido.

“Los medios de comunicación siempre han tenido una línea editorial, pero hasta este momento no se había producido un enfrentamiento tan descarnado contra los que defienden otras ideas o cuestionan, como debe hacer el buen periodismo, tus afirmaciones”, valora Ignacio Martín Granados, politólogo y miembro del consejo directivo de la Asociación de Comunicación Política (ACOP).

En ese sentido, el asesor de comunicación Antoni Gutiérrez Rubi entiende también que en el momento actual “se producen situaciones nuevas y difusas”. Sin embargo, explica que “el control de la política a la prensa no ha cambiado en los últimos 20 años” y que la novedad radica en que el escenario ya no es “hegemónico”, una idea que sostiene sobre la base de que los periodistas “han perdido el privilegio de la creación de opinión” y ahora ese campo de juego “está en movimiento, no está decidido, y los jugadores están aprendiendo las nuevas reglas”.

Estamos ante un espacio complejo, más exigente para los medios y también para los políticos”

Ante la oportunidad, tanto medios como partidos juegan sus cartas y buscan sus huecos. “Estamos ante un espacio complejo, más exigente para los medios y también para los políticos”, defiende Rubi: “Hay nuevas voces con autoridad, con muchos lectores que les escuchan y que no están encuadrados en ninguno de los escenarios tradicionales”. En ese tablero, asegura, ninguno de los dos actores sale ganando. Lo hace un tercero: “Los vencedores no son ni periodistas ni políticos, es la cultura democrática. En cualquier entorno en el que existen interlocutores privilegiados, se corre el riesgo de caer en el confort”.

Joan Navarro, socio de la agencia Llorente&Cuenca y vicepresidente de Asuntos Públicos, entiende por su parte que “tanto los medios de comunicación como el poder político están en una situación más debilitada” que antes, derivada en ambos casos de la competencia y la transformación de sus respectivos mercados. “Sin duda, los debates políticos tienen hoy lugar en la arena mediática, y en esta nueva situación lo que se dibuja es una relación de mayor dependencia entre ambos”, analiza.

Sin embargo, la prensa y los políticos libran constantemente sus batallas, no siempre edificantes si se atiende al ejemplo por antonomasia. El 24 de febrero el presidente de los Estados Unidos de América se acostó unos minutos después de tuitear que el New York Times era “un chiste” y que, junto a la CNN, representaba “un gran peligro para el país”. Al día siguiente, también por Twitter, Donald Trump anunciaba que no asistiría a la tradicional cena de gala con los corresponsales políticos de la Casa Blanca, prevista este año para el 29 de abril, y a la que ningún presidente norteamericano había fallado hasta la fecha.

Tampoco ningún presidente había vetado antes a los periodistas de estas organizaciones el acceso a las ruedas de prensa diarias de la Casa Blanca, como el gabinete de Trump hizo esa misma semana. En Estados Unidos, “la última frontera” que solía ser Alaska ahora es su presidente, aunque sorprenderse de las líneas rojas rebasadas por el líder de la mayor potencia mundial comience a adentrarse en el territorio de lo naíf. Como negar las presiones denunciadas esta semana por la APM, o cerrar los ojos a que se hayan producido antes y en otros contextos.

En todo caso, los medios tradicionales que ya no decantan con comodidad resultados electorales, que durante todo el año 2016 han apostado mayoritariamente a caballo perdedor y que son sparring de los candidatos antisistema en todo el mundo por identificar en ellos al sistema mismo, siguen siendo sin embargo el objeto de deseo y el eje central de los discursos políticos en cualquier rincón. Por definición, de la presión se deduce el deseo de control y, por definición también, no se desea controlar lo que no se considera esencial.

Descrédito y televisión

“Los políticos necesitan a los medios ahora más que nunca”, opina en este sentido Luis García Tojar, doctor en Sociología y Ciencias de la Información y profesor de Sistemas mediáticos y orden político en el máster en Comunicación Política de la Universidad Complutense de Madrid. Y no porque el debate público se enriquezca en los medios tradicionales, sino por todo lo contrario: “La política actual es un espectáculo mediatizado que dejaría de ser político si no tuviera efectos reales sobre la vida de la gente”, analiza el profesor, que concluye que “el descrédito de la política como profesión va unido a su triunfo como género televisivo”.

Una opinión a la que se suma el asesor Gutiérrez Rubi: “La política puede caer en la espectacularización y la banalidad, y lo estamos viendo ya. Tanto medios como políticos están cayendo en una compresión y aceleración de los mensajes políticos. Es una situación comprometida para ambas partes, y negativa para el público”. También coincide con esta visión Joan Navarro: “El fenómeno de la digitalización de la información ha conllevado una simplificación de la misma que contagia a los medios tradicionales, menoscabando su calidad informativa, e incluso tomando por momentos cierto tono amarillista”.

De espectáculo, compresión y géneros televisivos sabe algo Donald Trump, rostro asiduo de realities, pero también Albert Rivera o Pablo Iglesias, cuyo crecimiento y consolidación es, objetivamente, inseparable del dominio del medio que supieron asentar en sus primeros pasos. “Todos ellos tienen medios propios o casi propios para transmitir sus mensajes propagandísticos, para conectar directamente con sus seguidores. La pregunta es: ¿Han conseguido lo que han conseguido por éstos o por los tradicionales?”, se cuestiona Lourdes Vinuesa, profesora de Opinión Pública y Cultura de Masas en la Complutense y defensora también de que, a día de hoy, medios y políticos todavía “no pueden vivir el uno sin el otro”.

El cuarto poder sigue siendo un poder, aunque su rol se haya redefinido a marchas forzadas durante la última década

El cuarto poder sigue siendo un poder por tanto, aunque su rol se haya redefinido de manera importante en menos de una década. La segmentación de las audiencias, los cambios en los hábitos de consumo y la democratización del acceso a la información han provocado efectos claros. “La prensa tradicional ha dejado de ser la policía de la Opinión Pública y se ha convertido en un actor más. Importante, por supuesto, pero ya no único”, detalla García Tojar, en línea con su compañera Vinuesa: “La prensa sigue teniendo un lugar destacado como generadora de opinión, o al menos lo intenta”.

‘Efecto boomerang’

Lo que cambia es el resultado. Ya no hay medios biblia y los apoyos mediáticos a determinadas posiciones o candidatos pueden arrastrar detrás un “efecto boomerang”, como describe el profesor García Tojar. “El triunfo de Trump ha reescrito algunas de las cosas que pensábamos que sabíamos en comunicación política. Por ejemplo, que no se pueden ganar unas elecciones con la prensa en contra”. Sin embargo, antes que Trump fueron el Brexit y la paz en Colombia, y después Errejón en las primarias de Podemos o la hostilidad de las bases socialistas contra Susana Díaz, pese a que la gestora auspiciada por la presidenta andaluza captara numerosos apoyos mediáticos en su campaña contra el defenestrado Pedro Sánchez, ahora de nuevo favorito para recuperar la secretaría general del PSOE según las encuestas publicadas, precisamente, en la prensa tradicional.

“En este momento histórico, la prensa tradicional es vista por cierta ciudadanía como parte de un sistema corrupto. Quien se presente públicamente como enemigo de ese sistema tiene conquistado cierto favor popular, y si encima es atacado por la prensa esas críticas no hacen más que confirmar el valor del candidato antisistema”, analiza el profesor Tojar para profundizar en el efecto boomerang.

Ya no está tan claro que todos los apoyos sean beneficiosos. A Errejón no le vino nada bien de cara a sus bases el apoyo de los medios de Prisa”

“Ya no está tan claro que todos los apoyos sean beneficiosos. A Errejón no le vino nada bien de cara a sus bases el apoyo más o menos velado de los medios del grupo Prisa”, abunda, aludiendo a un fenómeno que durante la campaña de las primarias de Podemos subrayaron el propio Iglesias y sus afines: el apoyo de los medios ampliamente identificados con la estabilidad del sistema no podía aportarle nada positivo a quien aspiraba a liderar un partido cuya mayor ambición es alterarlo de manera radical. El politólogo Ignacio Martín aporta otro caso: “En las primarias de Madrid, cuando los medios sacaron algunos trapos sucios sobre Ramón Espinar, la militancia de Podemos en vez de optar por otro candidato entendió que si la prensa le criticaba era porque trataban de anularle, por lo que le apoyaron más si cabe”.

Por esto, los movimientos políticos que aspiran a alborotar el orden establecido buscan, cada vez más, apoyarse en los medios que persiguen en su sector un objetivo similar: alterar el equilibrio tradicional del reparto mediático y dibujar un tablero nuevo, con audiencias repartidas, ideologizadas o directamente partisanas. El nuevo paradigma del mercado de la comunicación es un filón para las formaciones políticas que sean capaces de controlar un cambio que va más allá del meramente empresarial.

Plataformas alternativas

“En Estados Unidos, y no sólo allí, coinciden una crisis política y una crisis social”, valora García Tojar para analizar un escenario en el que emergen actores mediáticos con agendas particulares y alineadas con candidatos concretos. Siguiendo con el ejemplo norteamericano, el profesor se refiere a Breitbart News, el medio que controla la mano derecha del presidente Trump, Steve Bannon.

“Plataformas como Breitbart cumplen una función decisiva en la destrucción del espacio público tradicional, que es, o era, un lugar de encuentro de personas que piensan distinto. Lo más novedoso del actual espacio público no es que se construya en unos medios u otros, sino que ya no se sustenta en el acuerdo sino en la distinción lo más radical posible de los demás actores”. Los mismos valores son aplicables a la propaganda lanzada por el Kremlin ruso a través de Sputnik o RT, o como subraya el profesor, a “las televisiones digitales españolas” agrupadas socialmente bajo la etiqueta conservadora del TDT party, o incluso a ciertos diarios digitales a ambos lados del espectro.

Medios como Breitbart dan cobijo y retroalimentan a espectros ideológicos que no encontraban amparo en la prensa tradicional

“Medios como estos ofrecen argumentos a los simpatizantes de una determinada ideología que no encuentra amparo en la prensa tradicional. Les dan cobijo y se retroalimentan, haciendo de caja de resonancia”, abunda en este sentido Ignacio Martín, señalando al gran problema que marcó las elecciones en Estados Unidos, dolor de cabeza frecuente para los diseñadores de campañas, para los medios y para los expertos en comunicación: la cámara de eco que se genera en las redes sociales, tantas veces dibujadas como el maná de la comunicación directa entre candidato y elector.

“Ni Twitter ni Facebook son canales directos aunque lo aparenten, porque también están mediadas y ofrecen usuarios parecidos a ti según lo que consumas o a quien sigas”, rebate Tojar, que alerta sobre las consecuencias de trasladar a ellas de manera uniforme el debate político: “Su lógica no es la del espacio público tradicional, es decir, el encuentro de lo diferente, sino la de la nueva publicidad, que es el encuentro de lo igual”.

Incluso en las redes, el usuario no está sometido a la influencia de los medios, sino sólo de algunos, con los que generalmente se identifica ideológicamente y cuyo efecto refuerzan los propios algoritmos de las plataformas, que muestran contenido acorde a las opiniones del usuario, tratando de despreciar el resto. La burbuja que se produce a consecuencia de esto es conocida, pero hace cada vez más difícil los tránsitos ideológicos y produce, en opinión de los expertos, dos efectos preocupantes: la “sectarización de las opiniones públicas” y la “dificultad para llegar a acuerdos”.