El 10 de diciembre de 2020, con un pie fuera de la Casa Blanca (la dejaría enfurruñado el 20 de enero de 2021), Donald Trump hizo público un tuit en el que constataba: “Hoy, he firmado una proclamación reconociendo la soberanía marroquí sobre todo el Sahara Occidental”.

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Ante esta afirmación –aparentemente– de gran calado, cabe preguntarse ¿es posible reconocer algo que no existe?  O, dicho de otra forma ¿se le puede reconocer a Marruecos una soberanía –sobre un territorio– que jurídicamente no ostenta? Obviamente, no. Por consiguiente, no se puede hablar de reconocimiento como tal, ya que lo que se evidencia, en realidad, es que Trump le ha adjudicado a Marruecos la titularidad de todo un territorio (de 266.000Km² de extensión) como si de una parcela de su propiedad se tratara; lo cual no es de extrañar en alguien que animó a sus seguidores a “marchar hacia el Capitolio”, incitando (el 6 de enero de 2021) el asalto a la sede de la soberanía nacional estadounidense por una turba enardecida que, no solo provocó la suspensión de la sesión del Congreso que debía certificar la victoria electoral de Joe Biden y saqueó las oficinas del Capitolio; sino que se saldó con 5 muertos y más de 140 policías heridos. En suma, lo que Donald Trump declaró al final de su primer mandato y reafirmó en el actual, es su apoyo explícito a la ocupación ilegal del Sahara Occidental por parte de Marruecos y no el reconocimiento de una soberanía que el régimen alauí nunca ostentó sobre el Territorio No Autónomo del Sahara.

Los medios que –salvo contadas excepciones– raras veces arrojan luz sobre lo que ocurre en el Sahara Occidental, han devenido en aliados indispensable y cómplices indirectos

Sin embargo, los medios de comunicación –en todo el mundo– ignorando intencionada y tendenciosamente este extremo jurídico que marca la diferencia entre la noticia veraz y el infundio manifiesto; le siguieron el juego a Trump y al Majzen (círculo oligárquico de Mohamed VI) y se limitaron a propagar un bulo –más que manido– que Marruecos acuñó hace  décadas para confundir a la opinión pública; como si Donald Trump, además del inmenso poder que le confiere el cargo –y el dinero– también tuviese el don de la alquimia semántica de convertir en hecho irrefutable lo que, en sí, es una vulgar patraña.

Todos sabemos que los medios, en cumplimiento de su deber, están en su derecho de reproducir fiel y literalmente lo declarado por Trump. No obstante, de la misma ética periodística que impone esa obligación, emana también el deber ineludible de matizar, contextualizar e ilustrar al lector sobre lo manifestado por el presidente americano. Muchos medios –por no decir todos– no lo hicieron y, en consecuencia, lo que le transmiten al público es un mensaje sensacionalista que distorsiona la realidad y contribuye a desinformar a una opinión pública asolada por un universo mediático saturado de capciosa propaganda promarroquí. De esta manera, los medios que –salvo contadas excepciones– raras veces arrojan luz sobre lo que ocurre en el Sahara Occidental, han devenido en aliados indispensable y cómplices indirectos –por acción u omisión– de un régimen dictatorial que lleva 50 años tratando de afianzar (sin conseguirlo) la ocupación de un territorio pendiente de descolonización, cuyo pueblo se resiste –numantinamente– a ser subyugado.

 Cuando Trump expresó su sonado “reconocimiento”, lo que menos le preocupaba eran las implicaciones legales que ello podía comportar. Él no tiene tiempo ni paciencia para esas “minucias” y mucho menos tratándose de un remoto pedazo de desierto (africano) que, a la hora de ubicarlo en el mapa, lo más probable es que lo confunda con el desierto (asiático) de Gobi; igual que confundió España con Sudáfrica al referirse al BRICS. Su objetivo era arrastrar a Marruecos al acuerdo de Abraham para que normalizara sus relaciones con el Gobierno de Netanyahu.

El 30 de julio de 2024, Emmanuel Macron, por razones bien distintas (en parte, para desviar la atención del fracaso rotundo de su gestión política, tanto en el plano doméstico como en el exterior; y, en parte, para cerrar la crisis franco-marroquí de Pegasus abierta desde 2021) decide imitar a Donald Trump y emplea los mismos términos para hacer expreso su total adhesión a los postulados marroquíes de ocupación del Sahara, a sabiendas de que incurre en falso testimonio al dar fe de algo que es claramente falso e ilegal. Y, otra vez, la prensa –en su mayoría– centrándose en la forma y desdeñando el fondo, actúa como amplificador del falso testimonio de Macron.

En esta escalada de infracción de la legalidad internacional, el presidente Macron va más allá y, superando a Trump, abre de par en par las puertas del Sahara ocupado a las empresas francesas, y financia (con dinero público) proyectos delictivos millonarios en los territorios ocupados. Ha comprometido la seguridad jurídica de las empresas galas y ha involucrado al Estado francés en la ocupación ilegal de un territorio, basándose únicamente en una soberanía marroquí fake sobre el Sahara, de la que los medios –constantemente– se hacen eco.

Cuando oigan o vean escrita la frase “soberanía marroquí sobre el Sahara”, tengan por seguro que, simplemente, se trata de la enésima quimera expansionista de Mohamed VI

Esto es solo un ejemplo –entre muchos– de la opacidad y dudosa praxis mediática que envuelve todo lo relacionado con el asunto del Sahara. Curiosamente, toda la cobertura que se le da, tiende –generalmente– a favorecer y alentar la ocupación y el ansia expansionista de Marruecos, en detrimento  del pueblo del Sahara.

El cuarto poder, en su intento deliberado de hacer prevalecer la falaz narrativa marroquí y enterrar la causa saharaui, ha llegado incluso a ¡alterar! las fronteras (reconocidas internacionalmente) del Sahara Occidental.

Resulta que, desde hace tiempo, circula en los medios de comunicación (públicos y privados) un mapa en el que la línea continua de siempre (paralelo 27° 40´ N) que separa el Sahara Occidental de Marruecos, se ha sustituido, de repente, por un trazo ¡discontinuo!

Y, así como se ha asimilado –en algunos medios– el bulo marroquí arriba mencionado (“falsa soberanía majzení sobre el Sahara”) también se ha normalizado este nuevo bulo cartográfico; que, precisamente, dado su carácter gráfico y plenamente visual es, sin duda, mucho más nocivo ya que –presumiblemente– quedará retenido (casi de modo inconsciente) en la retina del lector.

Si esta –sospechosa– línea discontinua no tiene ninguna legalidad jurídica como frontera internacional reconocida ¿por qué aparece entre el Sahara Occidental y el límite meridional del reino marroquí?

Muy sencillo. Para diluir, furtiva y alevosamente, la frontera real y legal existente, dando a entender al lector (sin que se note) que el Sahara Occidental es parte de Marruecos.

Cuando uno trata de documentarse e indaga sobre la presencia de esta misteriosa línea en los mapas (suele marcar también los límites fronterizos entre Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos (EAU); Japón y Corea del Sur; Finlandia y Rusia,…) se encuentra con la siguiente definición: “La representación con una línea discontinua es una convención cartográfica internacional para indicar un límite indefinido o en disputa, y no una frontera oficial”.

Atendiendo  a esta concreción, se puede observar que esta convención simboliza escenarios o supuestos (lindes indefinidas o en disputa) que nada tienen que ver con la realidad del territorio saharaui. Su uso sesgado y carente de rigor es, en este caso, idóneo para llevar el bulo a la grafía del mapa del Sahara Occidental; sembrando la confusión y la incertidumbre en una sociedad que (como hemos señalado) convive con un ecosistema mediático presidido por el discurso oficialista marroquí.

Encasillar la cuestión del Sahara en los supuestos mencionados (fronteras indefinidas o en disputa) para justificar la modificación de su frontera norte, difuminándola con un trazo discontinuo, es una falsedad absoluta que queda refutada con lo siguiente:

1–Las fronteras del Sahara Occidental (antaño provincia 53 del Estado español)  están bien definidas, consolidadas y reconocidas por las Naciones Unidas.  El Sahara es la última de África. Su potencia administradora de iure, a día de hoy, sigue siendo España, y figura en la lista de Territorios No Autónomos desde 1963. La República Árabe Saharaui Democrática (RASD) proclamada el 27 de febrero de 1976 (coincidiendo con la retirada de España y el inicio de la invasión marroquí) fue reconocida por 84 países y actualmente es miembro –fundador– de pleno derecho de la Unión Africana (UA).

2– Lo que acontece en el Sahara Occidental es la invasión atroz y la ocupación ilegal –a plena luz del día– del territorio de un pueblo soberano con identidad propia. Un acto unilateral de fuerza que viola flagrantemente las normas de ius cogens y del derecho internacional en su conjunto. Calificar esta situación de disputa (desacuerdo que no implica necesariamente el uso ilegal de la fuerza) es un insulto a la inteligencia y una burda manipulación encaminada a encubrir la ocupación.

En conclusión, cuando oigan o vean escrita la frase “soberanía marroquí sobre el Sahara”, tengan por seguro que, simplemente, se trata de la enésima quimera expansionista de Mohamed VI, que los medios promueven publicando mapas adulterados que desdibujan la frontera norte del Sahara Occidental.

Abderrahman Buhaia es intérprete y educador saharaui

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