La imagen del ayatolá con turbante negro o blanco y barba poblada se ha convertido en uno de los iconos políticos y religiosos más reconocibles de Oriente Próximo. No es una casualidad estética ni una moda reciente. Es un signo cargado de tradición jurídica, autoridad clerical y confrontación política. Y fue, precisamente, esa carga simbólica la que llevó al sha de Persia Mohammad Reza Pahlaví a despreciar a sus adversarios religiosos llamándolos “idiotas barbudos”.
El Diccionario del islam e islamismo, de la reputada arabista Luz Gómez, ofrece las claves históricas y semánticas para entender esa iconografía. En la voz “barbudo”, Gómez explica que el término fue “puesto de moda por el sha Muhammad Reza Pahlevi (1919-1980), que trataba de ‘idiotas barbudos’ a los ayatolás iraníes”. La expresión no era solo un insulto personal: condensaba el choque entre el proyecto modernizador, laicizador y prooccidental del monarca y la autoridad tradicional del clero chií.

La barba como mandato y como símbolo
Según recoge Gómez, la costumbre de dejarse crecer la barba enlaza con un hadiz —dicho atribuido al profeta Mahoma— en el que se exhorta al musulmán a dejarse barba y recortarse el bigote. En la tradición islámica, la barba se convierte así en una marca de conformidad con la práctica profética.
En clave antropológica, añade la autora, la barba ha sido también símbolo de virilidad y orgullo guerrero en tradiciones tribales; para los sufíes, en cambio, se interpreta como signo de piedad. Los alfaquíes —juristas religiosos— no han alcanzado un consenso absoluto sobre sus características exactas, aunque de forma general se recomienda que no rebase el nacimiento del cuello para mantenerla en condiciones higiénicas.
En el caso del clero chií iraní, la barba adquiere además una dimensión política. Durante el siglo XX, y en especial tras la Revolución Islámica de 1979, el atuendo clerical —turbante, túnica y barba— pasó a representar no solo erudición religiosa sino liderazgo político. El propio diccionario señala que, conforme la chií duodecimana se fue politizando a lo largo del siglo XX, el título de ayatolá exigía no solo conocimiento teológico sino capacidad de liderazgo y seguimiento popular.
La barba, por tanto, dejó de ser únicamente una señal de observancia religiosa para convertirse en emblema visible del poder clerical.

Qué es un ayatolá
La misma obra define al ayatolá como un rango de la jerarquía clerical chií duodecimana. Literalmente significa “signo de Dios”. Es una distinción que no se obtiene por nombramiento formal estatal, sino por reconocimiento entre pares —los demás imames— y por el prestigio adquirido en la exégesis jurídica y teológica.
Por encima se sitúa el “gran ayatolá” (ayatolá al-uzmá). Por debajo, otras categorías como el hoyatoleslam o el muchtahed. A partir del siglo XIX y, con mayor intensidad, en el XX, la figura del ayatolá fue asociándose crecientemente al liderazgo político, especialmente en Irán, donde un grupo de destacados ayatolás lideró la interpretación revolucionaria que desembocó en la proclamación de la República Islámica en 1979.
El insulto del Sha y la batalla cultural
Cuando el sha calificaba a sus adversarios como “idiotas barbudos”, no atacaba solo su apariencia física. En el contexto de su programa de modernización —que incluía reformas sociales, occidentalización de costumbres y limitación de la influencia religiosa— la barba representaba la resistencia clerical al proyecto secularizador.
Gómez vincula también la identificación de la barba con el islam reaccionario a precedentes como la prohibición impuesta por Mustafa Kemal Atatürk en Turquía en el marco de su política de laicización. En ambos casos, la cuestión estética se convirtió en una frontera ideológica.
Tras la Revolución Islámica, el término “ayatolá” pasó incluso al lenguaje político occidental con matiz peyorativo, hasta el punto —recoge el diccionario— de haberse lexicalizado como sinónimo de líder carismático cercano al fanatismo, aun sin relación directa con el islam.
Qué es el islam chií
Para entender por qué los ayatolás ocupan ese lugar central, es necesario explicar qué es el islam chií. El islam se dividió tras la muerte del profeta Mahoma en el año 632 por una disputa sobre su sucesión. Los chiíes defendían que el liderazgo debía recaer en Alí, primo y yerno del profeta, y en sus descendientes; los suníes sostenían que el dirigente debía ser elegido por consenso de la comunidad.
Los chiíes constituyen en torno al 10-15% de los musulmanes del mundo y son mayoría en Irán e Irak. La rama dominante en Irán es la chií duodecimana, que reconoce una línea de doce imames considerados guías legítimos. El duodécimo, según la doctrina, entró en “ocultación” y regresará como Mahdi —figura mesiánica— al final de los tiempos.
En ausencia del imán oculto, los grandes clérigos —entre ellos los ayatolás— ejercen autoridad religiosa y jurídica. En Irán, tras la revolución de 1979, esa autoridad adquirió además carácter político bajo el principio del velayat-e faqih (tutela del jurista islámico), que otorga al líder supremo —un ayatolá o gran ayatolá— la máxima autoridad del Estado.
Más que una barba
La barba del ayatolá no es, por tanto, una mera tradición estética. Es la expresión visible de una cadena de autoridad religiosa que hunde sus raíces en los primeros siglos del islam, un símbolo de legitimidad doctrinal y, en el caso iraní, un atributo de poder político.
El insulto del sha condensaba la incomprensión —y el temor— de un régimen que veía en esos “barbudos” no solo clérigos conservadores, sino una alternativa de poder capaz de desmantelar la monarquía. La historia le dio la razón en algo: aquellos hombres de barba larga no eran una nota folclórica del pasado, sino los protagonistas de una revolución que transformó Irán y reconfiguró el equilibrio geopolítico de Oriente Próximo.
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