La pequeña localidad estadounidense de Deadwood -de las Black Hills en la actual Dakota del Sur- es la materialización del imaginario del salvaje oeste americano: salones llenos de humo, pistoleros prostitutas y buscavidas hundidos en el barro. Eso es lo tópico y turístico que se puede encontrar en la localidad y en toda la zona, pero la localidad y su historia albergan el espíritu de la colonización y la creación del país. Peter Cozzens, autor de Deadwood. Oro, revólveres y whisky en el Salvaje Oeste (Desperta Ferro), considera que la localidad contiene la mezcla de codicia, violencia, fe en el progreso y la búsqueda del orden en mitad del caos como los motores de movían a aquellos colonos.
“Siempre he sido un gran fan de la serie de HBO Deadwood; la veía una y otra vez y siempre me preguntaba: ‘Bueno, ¿hasta qué punto es fiel a la realidad? ¿En qué medida refleja el verdadero Deadwood?’”, explica Cozzens, que decidió volver al Oeste después de sus libros sobre las Guerras Indias y la Guerra de Secesión. “Pensé: ‘Bueno, parece que hay interés por las ciudades del Salvaje Oeste, y todavía nos queda una de las tres que considero las verdaderas ciudades emblemáticas del Salvaje Oeste’. Así que me decidí por Deadwood”.
Lo que hace singular a Deadwood frente a otros nombres míticos como Tombstone o Dodge City no es solo su fama de violencia, sino su naturaleza jurídica: nació como una comunidad ilegal en tierras que los tratados habían reservado a los lakota “a perpetuidad”. Cozzens insiste en que la clave está en no perder de vista esa anomalía.
“Los primeros buscadores de oro llegaron en diciembre de 1875 y enero de 1876, desde entonces hasta marzo de 1877, cuando a los lakota se les despojó oficialmente de las Black Hills, fue una ciudad sin ley. Literalmente, no estaba sujeta a ninguna ley federal, territorial o estatal. Estaba ahí fuera, por su cuenta”, señala. “Y una de las cosas que me pareció sorprendente no fue que hubiera mucha anarquía, sino más bien lo ansiosa que estaba la mayor parte de la población de Deadwood por establecer un estado de derecho, cómo se las apañaban para intentar hacerlo, pero su deseo de hacerlo y de hacerlo rápidamente en un vacío hizo que Deadwood fuera única”.
El historiador conecta esta tensión entre el salvaje oeste y la ley a la fundación del país: “La tensión entre caos y orden se repitió a medida que Estados Unidos rodaba hacia el oeste de los Apalaches. Lo que hacía única a Deadwood entre las ciudades de frontera es que se construyó sobre tierras garantizadas a los indios por tratado para su uso perpetuo y exclusivo. Deadwood nació, por tanto, no sujeta a ninguna ley estatal, territorial o federal. No era solo un pueblo sin ley, también era intrínsecamente ilegal”.

La fiebre del oro
Deadwood no brotó en el vacío, sino sobre un país golpeado por la crisis del Pánico de 1873, con industrias cerradas, desempleo disparado, ferrocarriles parados y agricultores arruinados. En ese contexto, la promesa de oro en las Black Hills fue percibida como un salvavidas económico y una última oportunidad para miles de personas.
“Había pasado una década sin que aparecieran nuevos yacimientos de oro y el país ansiaba una bonanza que ofreciera la oportunidad de una renovada prosperidad”, recuerda Cozzens. “En el otoño de 1874, el teniente coronel George Armstrong Custer despertó el interés del público con un rayo de esperanza: había descubierto oro en las Black Hills, unas tierras que, según los tratados en vigor, pertenecían a los lakotas. Sin embargo, los derechos de esa tribu significaban bien poco para el hombre blanco común. Como dijo con sorna un buscador de fortuna desempleado, ‘un hombre no puede quedarse cómodamente sentado junto al fuego cuando hay oro en las colinas a apenas quinientas millas de su puerta’”.
En pocos meses el lugar se llenó de mineros, comerciantes, jugadores, taberneros, prostitutas y aventureros, atraídos por la posibilidad de “vivir allí una década en un año” y extraer, a ritmo febril, “cientos de miles de dólares en oro” de los arroyos y depósitos de grava. El resultado fue una ciudad que encarnó, a la vez, la desesperación de un país en crisis y su fe casi religiosa en que la fortuna podía rehacerse de la noche a la mañana.

En busca del orden
Si algo quiere desmontar Cozzens es la imagen de un pueblo entregado al caos absoluto, con un muerto en cada esquina y tiroteos constantes. El historiador insiste en que la vida cotidiana fue más estable de lo que dictan los tópicos, pero no negar la violencia: la ciudad fue escenario del asesinato de Wild Bill Hickok, atracos a diligencias y varios crímenes brutales.

“Si te fías de la serie de HBO, de la serie de Deadwood Dick y también de gran parte de la prensa del Este de la época, en Deadwood había un asesinato al día, y no podías caminar por las calles sin que te pasara una bala rozándote. Eso no era así”, subraya. “De nuevo, había suficiente violencia como para crear una historia emocionante, pero la mayoría de la gente podía dedicarse a sus quehaceres. Esa es una de las ideas preconcebidas que he intentado desmentir en el libro”.
La misma lógica se aplica a los mineros, habitualmente presentados como depredadores enfrentados entre sí: “Existe la idea de que los mineros competían entre sí y de que reinaba el caos, pero en realidad no era así. Los mineros establecieron normas mineras entre ellos. Había orden y respeto por las concesiones de los demás, lo cual también me pareció muy interesante, teniendo en cuenta la enorme riqueza que había en juego”. Para Cozzens, uno de los legados perdurables de Deadwood es precisamente que “esta ciudad sin ley no se aprovechó de su condición de tal para convertirse en un caos total”, sino que escenificó la lucha entre “los elementos sin ley y la mayoría que quería ley y orden”.
Su libro sobre Deadwood es una reflexión sobre cómo se cuenta la historia de Estados Unidos. “Hemos romantizado Deadwood y el Lejano Oeste en gran medida, pero contienen muchos de los rasgos esenciales de Estados Unidos”, para Cozzens es esencial examinar las fuentes primarias: “los documentos públicos y privados de la época y el lugar. Hacerlo proporciona una visión matizada de la historia que choca con frecuencia con los clichés”, afirma.
La guerra por las Black Hills
Cozzens llega profundiza en Deadwood desde desde sus trabajos sobre las Guerras Indias, lo que, afirma, le obligó a escribir desde una mayor conciencia del punto de vista indígena. “Me hizo ser mucho más consciente de la difícil situación de los lakota y de lo enorme que fue la injusticia que se les infligió –en el sentido de, a falta de una palabra mejor, haberles robado las Black Hills–”, explica. “Si me hubiera lanzado a escribir el libro sin más, me habría centrado mucho más en los blancos y quizá habría restado importancia a los acontecimientos que condujeron al asentamiento de Deadwood y al posterior exterminio del derecho de los lakota sobre las Black Hills. Para mí fue muy importante, al escribir lo que espero que sea un libro equilibrado, reflejar la perspectiva de los lakota sobre los hechos”.

El historiador no alberga dudas sobre lo que pasó: el Gobierno consideró que la guerra era la forma más rápida de apoderarse de las Black Hills: “Fue una agresión sin provocación previa. No había otra excusa para ello más que la pura codicia y el deseo de arrebatarles las Black Hills a los lakota”.
Mientras Deadwood crecía, los lakota combatían al Ejército en una guerra que culminaría en Little Bighorn y en la derrota definitiva de las últimas bandas errantes. La ciudad vivió esos meses con una mezcla de pánico y exageración, que alimentó su leyenda de enclave sitiado.
“Cuando se fundó Deadwood a principios de 1876, los lakota ya estaban bastante ocupados luchando contra el ejército, y había incursiones ocasionales en las Black Hills; en 1876 eran lo suficientemente fuertes y estaban liderados por Caballo Loco”, explica Cozzens. “Esto fue después de Little Bighorn, cuando las bandas indias que se habían unido para luchar allí se estaban disolviendo, y Caballo Loco lideró una serie de incursiones en las Black Hills que hicieron que la gente de Deadwood temiera realmente por la propia supervivencia de la ciudad. Ese temor era exagerado. Los lakota nunca penetraron en las Black Hills en número suficiente como para suponer una amenaza existencial para Deadwood, pero obviamente la gente de Deadwood no lo sabía”.
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