Opinión

'El País verdadero' y la lealtad de Soledad Gallego Díaz

'El País verdadero' y la lealtad de Soledad Gallego Díaz
Soledad Gallego-Díaz, en un acto informativo. | EUROPA PRESS

Luis María Anson es uno de los periodistas que mejor ha sabido utilizar la estrategia de colocar etiquetas para estigmatizar a sus competidores, como la de 'diario gubernamental', con la que se refirió en cientos de textos a El País durante 13 años (1983-1996). En 2003, cuando Anson ejercía la presidencia de La Razón, comenzó a utilizar un latiguillo a la hora de referirse al periódico ABC en la etapa en la que lo dirigía: cada vez que lo mencionaba en sus textos, aquella era la etapa del 'ABC verdadero', para dar a entender que, una vez producida su retirada, este periódico había dejado de ser leal a sus esencias.

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Leyendo los artículos escritos por Juan Luis Cebrián y Antonio Caño en The Objective con motivo de los 50 años de El País, es inevitable echar en falta que Cebrián y su colega hayan desaprovechado la ocasión para homenajear a su compañero académico y señalar que, desde que no está al mando, el periódico ya no es 'El País verdadero', sino que ahora es un 'diario gubernamental'.

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En 50 años quedan pocos activos humanos de la primera etapa de El País. Algunos se fueron descolgando motu proprio, otros a puntapiés y otros por motivos biológicos. Uno de estos activos era, indudablemente, Soledad Gallego-Díaz, tras toda una vida dedicada al periodismo y que deja en su trayectoria una serie de episodios vinculados a la lealtad.

Lealtad al padre

Soledad Gallego-Díaz empezó en el periodismo en la agencia Pyresa, la agencia de noticias del Movimiento falangista durante los años de la dictadura, y su primer jefe, su mentor profesional, fue Vicente Cebrián Carabias. Ella contaba la anécdota de cómo Cebrián le entregó un libro libro-tocho de estudios bancarios y le encargó que hiciera un resumen en tres páginas de 20 líneas. Y cómo ella, tras cumplir el encargo y entregárselo satisfecha, su primer director le llamó la atención sobre la fecha del libro: "Es de hace dos años", y tiró inmediatamente el libro y las tres páginas a la basura. "Primera lección: atenta a las fechas".

Al contrario que tantos otros periodistas, que "borraron" su pasado en la Prensa del Movimiento o demonizaban a sus primeros jefes si eran de aquella época, Gallego-Díaz nunca dejó de reconocer a Vicente Cebrián como "su primer director".

Lealtad a su compromiso

En 1975, el nombre de Soledad Gallego-Díaz saltó a las páginas de la actualidad mediática por la "huelga de silencio". Ese año, toda la Prensa del Movimiento había sido tomada por Emilio Romero, que colocó al frente de Pyresa a su lugarteniente Julio Merino. Por aquellos días se produjo una protesta política de trabajadores ante el consejo de guerra contra el periodista catalán Huertas Clavería. En Cataluña hubo huelga en todos los periódicos privados catalanes (excepto La Vanguardia); en Madrid, la principal protesta fue una huelga de silencio en Pyresa. Es decir, los trabajadores se negarían a hablar con nadie durante el periodo establecido.

El director de Pyresa, Julio Merino, asegurando seguir instrucciones del vicesecretario general del Movimiento, Adolfo Suárez, reunió a toda la plantilla para poner fin a aquella silenciosa pero molesta protesta, defenestrando a los responsables. Todos los periodistas negaron estar participando en protesta política alguna. Solo dos fueron leales a su compromiso: Bonifacio de la Cuadra y Soledad Gallego-Díaz. Inmediatamente, ambos fueron despedidos de Pyresa por Merino.

Uno de los primeros en dar apoyo a los despedidos fue, precisamente, Vicente Cebrián, que se ofreció a prestarles todo su respaldo de cara al juicio laboral. El momento fue desagradable para ambos, pero, a la larga, les otorgó prestigio: hubo numerosos actos de apoyo a Gallego-Díaz y a De la Cuadra, en reconocimiento a su firme actitud, así como de repudio a Merino, que nunca entendió por qué las críticas se centraban en él y no en Suárez.

Cuando José Ortega Spottorno, Polanco y Juan Luis Cebrián fundaron El País, Vicente Cebrián se implicó poco en la labor de su hijo, pero sí le hizo una petición muy especial: que contara en su equipo con Soledad Gallego-Díaz y Bonifacio de la Cuadra. Así, Gallego-Díaz entró en Miguel Yuste, donde lo fue todo: redactora, cronista, columnista, Defensora del Lector, corresponsal internacional, directora adjunta y, finalmente, directora.

La mujer que digo NO

Durante muchos años, Soledad Gallego-Díaz fue, en los corrillos periodísticos, la mujer que había dicho "no" a ser directora de El País. En 1988, Juan Luis Cebrián dejó la dirección del periódico para tomar el timón de la empresa editorial PRISA. El proceso de selección de su sucesor fue complejo: Antonio Franco Estadella, uno de los favoritos para el puesto, prefirió regresar a El Periódico de Catalunya, mientras que Martín Prieto no pareció tomarse demasiado bien no haber sido tenido en cuenta para esa función.

Muchos interpretaron erróneamente el "no" de Soledad Gallego-Díaz a Jesús Polanco como una negativa a afrontar las responsabilidades del cargo, que, seguramente, incluirían tener que pegar algunas patadas. Se equivocaban: Gallego-Díaz no asumió la dirección, que pasó a ocupar Joaquín Estefanía, pero sí asumió la parte más ingrata del puesto, ejerciendo como principal responsable de la redacción bajo Estefanía y encargándose de ese tipo de ingratas tareas con la lealtad que la empresa esperaba.

Soledad Gallego-Díaz sí acabaría siendo la primera mujer directora de El País y de un periódico de ámbito nacional. Simplemente, la oferta había llegado con treinta años de antelación.

Lealtad a los nuevos jefes

Tres décadas después de aquel "no", a Soledad Gallego-Díaz volvieron a ofrecerle la dirección de El País. La situación era diferente: ya no estaba Jesús Polanco y Juan Luis Cebrián acababa de ser apartado (abril de 2018) del mando empresarial tras una feroz batalla. Poco a poco, iban ganando peso en el consejo de administración de PRISA Oughourlian y su "tapado", Miguel Barroso.

El País, con Alfredo Pérez Rubalcaba como "hombre fuerte" del consejo editorial, se había posicionado a favor de Susana Díaz durante la guerra interna en el PSOE del periodo 2016-2017, y esta había perdido frente a Pedro Sánchez en las primarias. Otros periodistas con un posicionamiento similar, como Angélica Rubio o Antonio García Ferreras, supieron "adaptar" su punto de vista al nuevo líder del espacio progresista español, pero los de El País no estuvieron por la labor, llegando a comparar el triunfo de Sánchez con el de Trump.

Cuando, el 2 de junio de 2018, Pedro Sánchez se convirtió en presidente del Gobierno, su liderazgo en el PSOE quedó forjado y, a partir de ese momento, las cosas quedaron sentenciadas.

Los directivos de PRISA no esperaron: el mismo 7 de junio de 2018 en que se hacía público el primer Gobierno de Pedro Sánchez, se anunció el nombramiento de Soledad Gallego-Díaz como primera directora de El País, con un encargo claro: hacer limpieza. Desde el entorno de Sánchez se había impulsado la idea no solo de presentar al equipo directivo cebrianista-rubalcabista de El País como entregado al "susanismo", sino también de presentarlos como "vendido al PP".

Había que obviar los editoriales de El País del periodo 2014-2018 —firmados por Torreblanca y otros— en los que se pedía la dimisión de Rajoy o se descalificaba a varios ministros, desde Wert hasta Soria; ignorar las investigaciones sobre las cloacas firmadas por Javier Ayuso e instalar el relato de que toda crítica al sanchismo equivalía a ser "facha". El propio Oughourlian expondría ese relato en el XXII Congreso de Periodismo de Huesca, y Soledad Gallego-Díaz, como directora, lo asumiría.

No se limitó a degradar o relegar a puestos menores al equipo directivo del periodo 2014-2018, sino que, por primera vez en la historia del periódico, optó por la expulsión total: David Alandete, Torreblanca, Maite Rico, Calvo, Javier Ayuso o Álvaro Nieto, todos fueron fumigados. De la purga no se libró ni Alfredo Pérez Rubalcaba, a quien Gallego-Díaz apartó del consejo editorial. También colaboradores de peso, como Rubén Amón, se vieron afectados. Solo resistió el exdirector Antonio Caño, reducido a publicar tribunas de opinión periódicas.

El País pasó, en apenas una semana, de pedir a Pedro Sánchez que convocara elecciones cuanto antes a sostener que podía continuar en el poder el tiempo que considerase oportuno.

Cebrián y Caño podrán afirmar que, en ese momento, El País pasó a ser un "periódico gubernamental" de Sánchez y que, por tanto, había perdido su esencia. Pero no deberían olvidar que, a ojos de los críticos históricos de PRISA, precisamente al convertirse en "periódico gubernamental" era cuando El País recuperaba sus esencias.

La lealtad de Soledad Gallego-Díaz hacia sus nuevos jefes la llevó al extremo de mentir por ellos al afirmar, en el Foro Nueva Comunicación el 10 de septiembre de 2018, que la salida de algunos de los despedidos había sido voluntaria. La afirmación hizo demasiada gracia a Torreblanca, que llevó el asunto a los tribunales, lo que obligó al periódico a reconocer la mentirijilla de su directora en su edición del 1 de noviembre de 2018.

Dos años convulsos

El mandato de Soledad Gallego-Díaz fue breve: duró solo dos años, y ella siempre aseguró que no quería más. Fueron dos años convulsos para la política española, con un cambio de Gobierno y una pandemia, y también dos años de "transición" en PRISA, marcados por el empeño en "descebrianizar" tanto Gran Vía como Miguel Yuste.

Soledad Gallego-Díaz centró sus ataques en quienes consideraba los principales enemigos del progresismo en España, como Díaz Ayuso y Vox, y recuperó firmas de etapas anteriores, como Maruja Torres.

Entre sus editoriales más criticados como directora destaca el del 14 de febrero de 2020, 'Sin razones', en el que despachaba los rumores de una inminente pandemia de coronavirus en España como una "reacción histérica no justificada", un editorial que envejecería mal cuando las cifras de 80.000 muertos ocuparon los titulares en todo el mundo. Un error, no obstante, compartido por muchos otros medios.

Su última polémica como directora de El País fue "levantar" un artículo de Antonio Caño en el que hablaba (mal) de Pedro Sánchez, aunque la liquidación definitiva de Caño correspondería ya a su sucesor.

Leer todos los artículos y crónicas de Gallego Díaz es seguir toda la historia de nuestro país (y de otros, como en su etapa en Argentina). La carrera de una mujer leal a sus jefes, pero, por encima de todo, leal a su oficio.

Leer los artículos y crónicas de Gallego-Díaz es recorrer buena parte de la historia de nuestro país —y también de otros países, como en su etapa en Argentina—. La trayectoria de una profesional leal a sus jefes, pero, por encima de todo, leal a su profesión.

Anécdota buitrera

Este buitre también recuerda una anécdota curiosa de la periodista. En el año 2012, cuando trabajaba en un digital que llevaba como subtítulo en su cabecera "el periódico de los periódicos" y estaba centrado en la información mediática —aunque, con el tiempo, ha abandonado ese enfoque para centrarse en otros menesteres—, realizó un ciclo de entrevistas de trayectoria a periodistas para que dieran testimonio de episodios históricos del sector. En dicho ciclo se incluyó a distintas figuras, desde Victoria Prego o Bonifacio de la Cuadra hasta Juan Cruz, Gavela o Iñaki Gabilondo.

Se quiso incluir a Gallego-Díaz, pero, tras contactar con ella el 9 de marzo de 2012, declinó participar alegando que los periodistas no debían responder preguntas, sino hacerlas. Era habitual recibir negativas a entrevistas, pero no tanto que se argumentaran con un alegato tan rotundo contra el "periodismo sobre periodistas". Tras insistirle de nuevo, el 16 de marzo de 2012 reiteró su postura: entendía que, como periodista, debía hacer preguntas y no responderlas y que, en base a ese planteamiento, "nunca" concedía entrevistas.

Su posición podía desconcertar a quienes consideran que el periodismo debe ofrecer la misma transparencia que reclama a otros sectores, pero también resultaba respetable como una visión purista de la deontología periodística de vieja escuela.

Una semana después, el 23 de marzo de 2012, al llegar a la redacción, el compañero Roberto Marbán me pasó un enlace: "J. F., mírate Jot Down, que te vas a reír". Allí aparecía una amplia entrevista de trayectoria a Soledad Gallego-Díaz. No pude evitar contactar de nuevo con la veterana periodista: "Veo que ha cambiado usted de opinión sobre lo de que los periodistas no deben conceder entrevistas".

Gallego-Díaz se excusó. Reconoció que nuestra petición había sido anterior, pero explicó que debía hacer la entrevista con Jot Down por lo que ella definió como una lealtad "familiar" (lo cual no deja de resultar curioso, teniendo en cuenta que el acuerdo Jot Down–El País, fijado por Caño, sería deshecho, precisamente, en la etapa de Gallego como directora).

Aquello, por tanto, no había sido una cuestión deontológica ni de "purismo de vieja escuela", sino, simplemente, una cuestión de lealtad, a su manera. Como siempre.

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