Esta semana, los españoles hemos podido retrotraernos diez años, en lo que al PP y PSOE se refiere. Ahí estaba en los telediarios nuevamente Mariano Rajoy, con su aire de gallego que ha visto llover mucho y prefiere no mojarse, explicando en perfecto idioma rajoyano de alto nivel por qué, aunque el reglamento de su partido pusiera todo el tinglado financiero bajo las órdenes directas del secretario general y del presidente (es decir, los cargos que él mismo ocupó), en el fondo resulta que él no pintaba nada y no supervisaba nada de los temas de números. Que era todo cosa de Lapuerta y Bárcenas, a los que él nombró o ratificó con la misma naturalidad con que se firma un recibo. ¿Qué era el jefe de la ejecutiva? Sí, pero de responsabilidad… ni hablar. Cosas de la vida.
Al mismo tiempo, y por gentileza de la periodista Ketty Garat, volvíamos a meternos de lleno en aquel Comité Federal del PSOE de 2016 que parecía sacado de una tragedia de Shakespeare versionada por un guionista de telenovela: sanchistas y antisanchistas arrancándose la piel a tiras, mordiéndose con saña, por la misma época en la que se popularizaba el "Luis, sé fuerte" de Rajoy.
Este 21 de abril, como guinda del pastel, nos regalaron la escena perfecta para calibrar la catadura moral de los personajes de aquella etapa: Luis Bárcenas, con un desparpajo inigualable, reconociendo sin rubor que había mentido en sede judicial. Sin más. Como quien confiesa que se dejó el paraguas en la oficina.
Palabra de Bárcenas
En diciembre de 2019, cuando todavía flotaba en el aire el rumor de que guardaba grabaciones comprometedoras de Rajoy, Bárcenas negó con la misma solemnidad ante la Audiencia Nacional que él jamás hubiera grabado a nadie. Siete años después, en el mismo tribunal, con el mismo tono enérgico y sin que le temblara un músculo de la cara, el hombre asegura ahora que sí, que tenía tres grabaciones: una con Mariano Rajoy y otra con Javier Arenas. Así, tan fresco.
Es normal que Bárcenas ya le haya cogido tranquilidad a lo de desdecirse a sí mismo. El mismo Bárcenas que, poniendo "la mano en la Biblia por la financiación del PP", aseguraba que "ha sido de libro" en la primera entrevista que concedió tras el estallido del caso Gürtel (ABC, 13 de julio de 2009). El mismo Bárcenas que, ya sin Biblia, reconocía al declarar en la Audiencia en 2017 la existencia de toda una contabilidad paralela, no sometida a los controles legales, que entonces denominó "contabilidad extra contable". El mismo Bárcenas que concedía una entrevista a Antonio Jiménez en febrero de 2013 para asegurar que "los papeles de Bárcenas" que se habían publicado eran falsos, que no eran suyos, que no era su letra y que estaba dispuesto a someterse a cualquier prueba caligráfica. Y lo hacía con voz firme y rotunda, y con periodistas dispuestos a defender su versión y a desacreditar la veracidad de los papeles que había publicado El País, los federicosquevedo de la época. Y con esa misma voz firme y rotunda, el 8 de marzo de 2021, el mismo Luis Bárcenas reconocía que los papeles eran suyos y que "esa era su letra". Bárcenas es así.
Los Digo-Diego
El problema de los Digo-Diego, de que digan una cosa y luego la contraria, es que al final nadie sabe si mienten cuando mienten o cuando dejan de mentir. Son gajes del oficio en juicios donde las negociaciones se cuecen tanto dentro como fuera de la sala. Recordad el caso Arny, o el GAL, donde Damborenea y Sancristóbal pasaron de gritar que todo aquello era un bulo, una "conspiración de Garzón", a reconocer que sabían hasta el último detalle de la guerra sucia. O el propio Felipe González, que en el Supremo juró que "jamás" nadie le propuso cuando era presidente ninguna maniobra ilegal contra ETA en Francia, y años después le soltó a Jordi Évole que desde las cloacas del Estado le habían sugerido volar a la cúpula de los encapuchados en Francia.
La coreografía más recurrente es: primero se niega todo con el pecho hinchado y mirada de inocente ofendido; luego, cuando el panorama se pone negro como boca de lobo, se pasa a confesar lo justo para negociar una pena cómoda. Ginés López, el exalcalde de Arganda, pasó de dimitir proclamando su total pureza a reconocer mordidas gordas ante las cámaras desde el banquillo cuando ya lo veía todo perdido. Otros, en cambio, hablan por los codos antes del juicio y, cuando llega el momento solemne, se convierten en monjes trapenses. Diego Torres en el Noos, o Emilio Suárez Trashorras en el 11-M: mucho ruido en los medios, mucho silencio en la sala.
Veremos si Víctor de Aldama cuando le toque declarar en el juicio que le juzga por las mascarillas, mantiene el mismo nivel de decibelios que ha venido mostrando los últimos meses en los platós de televisión.
Pero lo sublime de Bárcenas fue su justificación para la mentira de 2019: "Estaba negociando con el Partido Popular, pendiente de sentencia, y reconocer las grabaciones colisionaba con mis intereses de defensa". Traducido: mentí porque en ese momento me convenía mentir. Pura lógica procesal. Y aquí viene la pregunta incómoda, con permiso del señor extesorero: si por esa regla de tres admitimos que entonces mentía por conveniencia, ¿por qué demonios habríamos de creer ahora, en abril de 2026, que dice la verdad y no lo que ahora le conviene?
El juicio del 'caso Kitchen' decidirá si Jorge Fernández Díaz y los suyos instrumentalizaron a la policía para robarle papeles y audios al tesorero. El valor de la palabra de Bárcenas, en cambio, ya está sentenciado desde hace tiempo por la pura fuerza de los hechos para todos los que hayan seguido las andanzas del personaje.
¿Y qué dicen los militantes del PP?
¿Y Núñez Feijóo? A mirar para otro lado y murmurar que "aquel era otro PP". En un país con dos dedos de frente, serían los militantes populares quienes exigirían a su dirección actual blindajes serios para que nunca más un Bárcenas (o un Lapuerta, o un Sanchís, o un Naseiro) pueda manejar el dinero a su antojo, sin supervisión, con contabilidades B y pagos en negro que salpiquen a toda una generación del partido enterrar para siempre aquella cultura que seguían los presidentes peperos con sus equipos económicos tras nombrarlos, del "vosotros conseguid el dinero y a mí no me contéis nada", la actitud que se deduce de todas las declaraciones de Rajoy en sus juicios, incluida la del 23 de abril, sin que al hombre se le viera un ápice de remordimiento.
Pero no. Los militantes, aquejados de la eterna enfermedad partitocrática, prefieren el consuelo fácil: "Sí, en nuestro bando hubo mierda… pero seguro que la del bando de enfrente huele peor".
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