Opinión

Breve propuesta para el nacional examinador de mentiras

Viaducto del Tren de Alta Velocidad Vasco construido en Bergara (Guipúzcoa).
Viaducto del Tren de Alta Velocidad Vasco construido en Bergara (Guipúzcoa). | Mikel Tejerina

Hay ocasiones en que una nación entera descubre, con la suave sorpresa del marido ingenuo, que lleva décadas financiando un museo de falsedades en el corazón mismo del Estado. Y hay mentiras que ni siquiera se molestan en disfrazarse de discreción: se publican, se presupuestan y se inauguran. La más conspicua de todas tiene forma de letra. Se llama la 'Y vasca', y es, con mucha diferencia, la mentira más cara jamás contada en España.

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Fue concebida en 1989, anunciada con la solemnidad del segundo advenimiento y saludada por la Unión Europea como «eje de alta velocidad del sudoeste de Europa», distinción que, a la vista de los resultados, conviene releer con más atención al adverbio. Desde entonces la 'Y' ha conocido todos los avatares de una promesa bien administrada: nació fechada para 2010, reapareció para 2027, luego para 2030, y el Tribunal de Cuentas europeo, organismo que tiene la impagable virtud de llevar la cuenta de lo que los demás olvidan, apunta ya, con delicadeza, a 2035. El viajero que en 1989 tenía treinta años tendrá ochenta y seis. Si es optimista, habrá comprado el billete con antelación.

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El rasgo más conmovedor de esta fábula es su pureza aritmética. Presupuestada en unos 4.675 millones de euros, la obra ronda ya los 6.888 millones, generosidad que en la contabilidad pública se denomina «sobrecoste» y que en cualquier contabilidad se llamaría otra cosa. Casi medio siglo de promesas, tres capitales eternamente a punto de quedar unidas y un balance neto de: nada rodando. Y sin embargo el Ministerio de Transportes, fiel a la más antigua de las disciplinas de Estado, afirma que «vamos a buen ritmo». Es el ritmo del Galgo, otro tren, aunque también, conviene admitirlo, el de la tortuga de La Fontaine, que al menos llegó.

Ante semejante curriculum, los espíritus simples proponen soluciones simples: que nadie ocupe un cargo sin pasar antes por el polígrafo.

El rasgo más conmovedor de esta fábula es su pureza aritmética. Presupuestada en unos 4.675 millones de euros, la obra ronda ya los 6.888 millones, generosidad que en la contabilidad pública se denomina «sobrecoste» y que en cualquier contabilidad se llamaría otra cosa"

La idea posee, hay que reconocerlo, una belleza casi infantil. Imaginemos la escena: el candidato a ministro, recién afeitado, conectado a un aparato que mide el sudor de sus dedos mientras un funcionario impasible le formula preguntas de una obviedad conmovedora. «¿Llegará la 'Y vasca' en 2035?». El artefacto, hay que temerlo, reventaría antes de terminar la pregunta. No existe goma elástica fabricada que soportara semejante fricción entre la promesa y la intención. El primer polígrafo nacional sería un mártir de la ciencia, fundido en el minuto tercero, y habría que fabricarlos en serie, como se fabrican farolas y fechas de inauguración.

Pero es en el protocolo donde la propuesta alcanza su verdadera perfección cómica. Porque antes de someter al candidato al aparato, habría que someter al aparato a un comité. Y el comité nombraría una comisión técnica, y la comisión redactaría criterios, y los criterios serían impugnados por los demás partidos, que alegarían -con razón- que ningún aparato es neutral. Al cabo de dos años y varios millones, el Estado dispondría de un polígrafo oficialmente inservible, polémico y compatible con todas las verdades, instalado en un sótano y con fecha de puesta en servicio estimada en 2030. Conocemos el género.

Queda el problema de los técnicos. Alguien tendrá que interpretar esas líneas temblorosas, y ese alguien cobrará del Estado que aspira a medir. Poco duraría la honestidad del gremio: en menos de una legislatura descubriríamos examinadores nombrados a dedo, una plaza en propiedad para el yerno de un ex consejero y unas jornadas de formación en Cancún con ponencia inaugural sobre «La verdad: enfoques plurales». El polígrafo, como la 'Y vasca', acabaría teniéndolo todo -sedes, delegaciones, sindicato, presupuesto creciente- y ninguna influencia perceptible sobre nada. De hecho, sería la única infraestructura española en completarse a tiempo, precisamente porque no mediría nada.

Y sin embargo, confesémoslo: hay algo profundamente conmovedor en la fe del ciudadano que exige aparatos para medir la mentira. Es la fe del huérfano que pide certificados al padre que nunca tuvo. Porque el defecto de la propuesta no es técnico sino teológico: presupone que la mentira del gobernante es un accidente, cuando es su sustancia, su respiración, el oxígeno del oficio. El político miente como el árbol da sombra: sin esfuerzo, sin mala intención y con beneficio general de la fauna circundante. Pedirle que no mienta es pedirle otra profesión. La 'Y vasca' no es el fracaso de la verdad estatal: es su obra maestra, la mentira sostenida durante cuarenta años con presupuesto anual y dignidad intacta.

Lo único que quedaría, en fin de cuentas, es lo de siempre: el pobre aparato, cubierto con un plástico en algún despacho ministerial, esperando la campaña de calibrado. Y el candidato de turno, ya investido, pasando a su lado con prisa ,siempre hay prisa en los despachos de la verdad, sin mirarlo siquiera, como se pasa junto a los mapas de la 'Y vasca', que es donde la 'Y' mejor funciona.

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