La distancia entre la realidad y la ficción distópica se ha reducido hasta casi desaparecer. Apenas unos días nos pueden separar del comienzo de un futuro de pesadilla. En La República (Alfaguara), el escritor mexicano Jorge Volpi juega con esa corta distancia para presentarnos un futuro distópico que no es sino el reflejo de nuestra realidad. Volpi sitúa la acción en los Estados Unidos de finales de 2026 con algunos cambios en los hechos históricos recientes. Donald Trump está preso y Biden muere de forma natural y el senador VM Lively llega a la Casa Blanca guiado por Nick, una inteligencia artificial capaz de anticipar el comportamiento de los electores, modificar su estado de ánimo y determinar sus elecciones.

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"Sabía que la novela iba a publicarse ahora y la historia comienza precisamente en el otoño de 2026. La escribí antes de que llegáramos a este momento, en un escenario alternativo, levemente dislocado, en el que Trump está en la cárcel, condenado por los asaltos al Capitolio", explica a El Independiente.

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Volpi imagina en La República un futuro inmediato en el que la inteligencia artificial asume la toma de decisiones y los ciudadanos renuncian a su libertad para vivir bajo una vigilancia total. La novela presenta así una distopía deliberadamente cercana, “pegada directamente a la realidad”, en palabras de Volpi. El escritor mexicano no imagina un futuro remoto, sino un presente alternativo apenas desplazado: un espejo en el que se reflejan el ascenso de los autoritarismos, el populismo de ultraderecha y la alianza entre tecnología y poder.

“Quería que la novela estuviera casi pegada a la realidad, pero que la dislocara y la llevara un poco más allá para tratar de mostrarnos hacia dónde vamos”, explica. En ese universo, el senador VM Lively y su esposa, la ingeniera con ideas posthumanistas Igne Kayris, crean una inteligencia artificial diseñada para gobernar mejor que cualquier ser humano. 

Pregunta: Los acontecimientos que planteas en tu novela podrían ser perfectamente posibles.

Respuesta: Es una novela sobre otros futuros posibles y sobre cómo, quizá, las cosas no cambien tanto. Hay tendencias que se potencian y otras que se modifican, pero, sobre todo, me interesaba reflexionar sobre qué ocurrirá en el mundo del trumpismo sin Trump. Probablemente, Trump ni siquiera sea tan relevante. Es una figura de transición, alguien que finalmente no es más que un millonario sin escrúpulos que busca riqueza y engrandecer su ego. Pero después de él puede llegar alguien como alguien real como J. D. Vance, su vicepresidente, o el personaje de mi novela, el senador Lively, que tiene una visión tecno-oligárquica del mundo.

P: Hay una constante en la historia de la humanidad de personas que juegan a ser dioses e intentan imponer su visión del mundo y del futuro. En la novela aparecen varias, reales y ficticias.

R: Es curioso porque en el mundo hay una enorme cantidad de multimillonarios a los que solo les interesa el dinero y nadie los observa con tanta atención. Sin embargo, existe todo un grupo de tecnócratas y oligarcas tecnológicos que no solo quieren riqueza y poder: también tienen ideas muy fuertes sobre cómo debe ser el futuro de la humanidad.

Estamos entrando en una nueva era teológica, en la que los ciudadanos creen en dogmas. No les importan los hechos ni contrastarlos.

Esas ideas impregnan los productos que crean, ya sean las redes sociales o la inteligencia artificial. Estamos ante figuras sustancialmente más influyentes y más peligrosas, porque sus decisiones afectan realmente a cómo vamos a utilizar estas tecnologías prodigiosas y a cómo las diseñan en su propio beneficio.

P: No solo tienen poder, sino una capacidad de influencia que antes no existía.

R: Quien utiliza redes sociales o inteligencia artificial -es decir, la mayor parte del mundo- sucumbe, de una forma u otra, a la ideología de los propietarios de esas empresas.

P: ¿Cómo ves la evolución de la inteligencia artificial? ¿Cree que vamos hacia una superinteligencia o se está exagerando ese riesgo?

R: Hay varias cuestiones. Por un lado, la discusión sobre si la inteligencia artificial puede acabar matándonos a todos es pertinente. Sabemos que, desde que los propietarios de estas empresas deciden dar agencia a sus modelos -es decir, permitirles actuar en la realidad sin indicarles el camino exacto que deben seguir-, estos sistemas pueden hacer cosas sorprendentes. Ese camino podría llevar a una catástrofe civilizatoria, tal vez.

Pero también me parece que el peligro se exagera voluntariamente. Lo que quieren estos tecnoligarcas es regularse a sí mismos de la manera que más les conviene, para cerrar el mercado a posibles competidores. Creo que eso también forma parte del debate. Por otra parte, el desarrollo de la inteligencia artificial, desde un punto de vista puramente científico, no deja de ser asombroso. Empieza a verse que son ya máquinas inteligentes, con capacidad de razonamiento y no solo de predicción o de parloteo, como dicen algunos. Incluso empiezan a detectarse núcleos emocionales en ellas. Eso nos puede llevar muy pronto a la inteligencia artificial general. Muchos empresarios ya nos venden la idea de que hemos llegado ahí. El siguiente paso sería la superinteligencia, que rebasaría nuestras capacidades, y después una conciencia plena.  

El escritor mexicano Jorge Volpi, este miércoles en Madrid
El escritor mexicano Jorge Volpi, este miércoles en Madrid | EFE/ J.J.Guillen

En este punto, los investigadores y expertos se dividen entre quienes creen que puede alcanzarse esa conciencia con modelos diseñados como sistemas puramente lingüísticos y quienes sostienen que necesitarán corporeizarse para desarrollar algo semejante a la conciencia. En cualquier caso, la discusión es fascinante.

P: En la novela hay un análisis de la política como una sucesión de ciclos emocionales, capaces de generar ondas expansivas. Una inteligencia artificial puede identificar esos patrones. ¿Cómo llega a esa idea de que la política se rige por ciclos emocionales? Y, si es así, ¿resulta fácil manipularlos?

R: Los seres humanos somos, sobre todo, seres emocionales. Incluso hay teorías, bastante en boga, que plantean que la conciencia deriva más de nuestra dimensión emocional que de nuestro lado lingüístico. Hasta hace poco contábamos, sin embargo, con una serie de valores sobreentendidos, con ficciones comunes que nos hacían pensar que, democráticamente, trataríamos de elegir a quien defendiera la igualdad, la libertad o la fraternidad; quizá priorizando una sobre las otras, pero dentro de un marco de valores reconocibles procedentes de la Ilustración.

Las atrocidades semejantes a las de la Segunda Guerra Mundial se viven ya a diario

Desde que las redes sociales empezaron a transformar nuestra manera de ver la realidad, esos valores se han erosionado. Han dejado de ser comunes y, de pronto, lo único que importa es el estado emocional. Las redes sociales están diseñadas para manipular esas emociones, y ahora la inteligencia artificial va a potenciar ese mecanismo. ¿Por qué triunfan líderes populistas en todo el mundo, votados precisamente por quienes más sufren sus políticas? Porque han logrado construir relatos emocionales lo suficientemente poderosos dentro de la arquitectura polarizante de las redes como para que los votantes prefieran creer a esos líderes iluminados antes que contrastar sus mensajes con los hechos.

P: El orden mundial surgido después de la Segunda Guerra Mundial era, en cierto modo, un contrato social internacional que se viene abajo a golpe de tuits.

R: Exactamente, se cayó el orden internacional se cayó con cañonazos de tuits

P: ¿Es gobernable un mundo emocional?

R: No parece que lo sea. O quizá solo sea gobernable mediante la manipulación de las emociones.

P: Es el escenario al que nos enfrentamos: la manipulación emocional y, como contraparte, la falsificación de lo real.

R: Estamos entrando en una nueva era teológica, en la que los ciudadanos creen en dogmas. No les importan los hechos ni contrastarlos. Creen en un dogma porque eso les hace sentir que pertenecen a algo que los supera. Y prefieren estar en ese lugar incluso si votan en contra su propio interés.

P: El fascismo y nazismo se inspiraron en la psicología social, en el conocimiento de las emociones. Ahora volvemos a estar ahí. ¿Para regresar a la racionalidad tendremos que atravesar antes un trauma?

R: El trauma ya lo estamos viviendo. La novela parece ir un poco más lejos, pero, en realidad, los liderazgos populistas que vemos en el mundo ya están creando olas de sufrimiento inauditas. Pensemos, simplemente, en los migrantes, que son los seres más vulnerables del capitalismo global y a quienes este discurso engañoso y falso convierte en monstruos. Las atrocidades semejantes a las de la Segunda Guerra Mundial se viven ya a diario. Lo que hacemos es mirar hacia otro lado.

P: ¿Cómo los alemanes que no vieron el sufrimiento hasta que les afectó directamente?

R: Quienes no somos inmigrantes no padecemos ese sufrimiento. No vemos miles de muertos en el Mediterráneo porque no nos afecta de forma directa. 

P: En la novela reflejas una convergencia entre China y Estados Unidos. Son dos modelos que, mediante la inteligencia artificial, pueden llegar a parecerse mucho. China ya está en ese terreno tecnológico y de control social¿Ves inevitable esa convergencia?

R: Si atendemos a la dimensión geopolítica y tecnológica, solo hay dos grandes competidores: China y Estados Unidos. Europa está bastante más atrás, y el resto del mundo, aún más. Solo China y Estados Unidos tienen las herramientas para desarrollar una superinteligencia artificial y convertirla en un instrumento de control de sus sociedades. Esa nueva carrera armamentística de la IA la estamos viendo en todas partes, y sus consecuencias para la humanidad pueden ser muy duras. 

P: El simple hecho de que esa carrera esté en marcha parece dar ya un ganador: China.

R: Da la sensación de que las políticas de Trump son tan erráticas que quien está aprovechando el camino es China.