“¿Un saqueo? No, es el mercado, amigo”. Con siete palabras encadenadas así, un guionista avispado armaría un thriller a lo Wall Street. Más que una frase, es una cuchillada fría, despiadada. Rodrigo Rato, 68 años, ex vicepresidente del Gobierno, ex director general del FMI y ex jefe máximo de Bankia, la verbalizó en el Parlamento sin pestañear, el mentón erguido, la mirada clavada en Toni Roldán, que con sus 34 años y apenas dos en su escaño de diputado, se atrevió a preguntar si Bankia fue saqueada cuando el ex ministro estaba al frente.

A Bankia hubo que rescatarla porque tenía un agujero que la hacía inviable y su caída amenazaba con dinamitar el sistema financiero. El rescate costó 22.000 millones al erario público, de los que el Estado recuperará, como mucho, la mitad. El naufragio de Bankia evaporó los ahorros de 400.000 inversores, que se embarcaron en la salida a Bolsa; y tuvo en vilo a diez millones de clientes, que de la noche a la mañana pasaron a depender de un banco nacionalizado. El rescate exigió, además, el auxilio financiero de la Eurozona, a cambio de unos ajustes que sufrieron todos los españoles. A fin de cuentas, que España haya estado tutelada por sus socios comunitarios durante cuatro años por representar un riesgo para el euro, se debe al fiasco de Bankia.

Había mucho que preguntarle a Rato en la Comisión del Congreso que estudia la crisis financiera. El ex ministro compareció porque estuvo presente en el corto pero dramático proceso que llevó a Bankia del nacimiento a la ruina. Rato lideró la fusión de las siete cajas que configuraron Bankia en 2010. Él tocó la campana cuando el banco salió a Bolsa en julio de 2011. Y él tenía el mando el 7 de mayo de 2012, cuando el Estado anunció una inyección de 10.000 millones en el balance, que desencadenaría su relevo inmediato por José Ignacio Goirigolzarri.

El ex vicepresidente habló en el Congreso de su pasado convulso y su espinoso futuro con la frialdad del médico que explica una autopsia

El ex vicepresidente habló en el Congreso de su pasado convulso y su espinoso futuro con la frialdad del médico que explica una autopsia. Ni un atisbo de culpa en el rostro. Ni una concesión a la autocrítica en su discurso. Rato se reafirmó en que lo que en su día hizo o dejó de hacer, disparó a bocajarro contra varios ministros de Rajoy y acabó lanzándose a la yugular de un diputado joven cuando consideró excesivo el ataque. Ahí es cuando dio el titular del día y una frase para no olvidar: “¿Un saqueo? No, es el mercado, amigo”.

Hollywood ha producido decenas de ficciones sobre tiburones financieros que tenían menos carisma que Rato. Si acaso Gordon Gekko, el magnate inolvidable al que dio vida Michael Dogulas en Wall Street. En un momento de la película, Gekko confiesa el principio sobre el que pivota su vida. “La codicia es buena, es necesaria y funciona. La codicia clarifica y capta la esencia del espíritu de la evolución”, afirma un Douglas hierático e imperturbable, poseído por Gekko, en un papel que le dio el Oscar.

En la cabeza del personaje, inspirado en el bróker Ivan Boesky, no hay lugar para el remordimiento. “Si quieres un amigo, te compras un perro”, le aconseja a su delfín Bud Fox (Charlie Sheen) en otro punto del metraje. La conciencia de Gekko está blindada contra el arrepentimiento.

En un momento de Wall Street, Gordon Gekko confiesa el principio sobre el que pivota su vida: “La codicia es buena”

Tenía una coraza parecida Jordan Belfort, el protagonista de El Lobo de Wall Street, convencido de que “no hay nobleza en la pobreza”. E incluso Sherman McCoy, cuando exclamaba que los brokers son “los reyes intocables del universo” en La Hoguera de las vanidades, la adaptación al cine de la primera novela de Tom Wolfe. “Las hambrunas, el paro, las crisis, la injusticia, las desigualdades y los gobiernos, mayormente, nos tocan los cojones”, desembucha McCoy mediada la trama.

Gekko, Belfort y McCoy se mueven por el mundo como depredadores en una jungla. Como auténticos psicópatas.

Padecer una psicopatía no implica rebanar cuellos sin inmutarse, como Patrick Bateman en American Psyco. Entre Gordon Gekko y Hannibal Lecter hay una diferencia evidente (uno se mueve por dinero y otro por el sabor de la carne humana). Pero ambos comparten la misma esencia: la codicia, la aceptación sin fisuras de que los medios no importan para cumplir los fines.

La presencia de la psicopatía en el universo de los altos directivos es un fenómeno detectado y analizado desde el prisma de la psicología. “El capitalismo, en su expresión más despiadada, es una manifestación de psicopatía”, escribe el periodista estadounidense Jon Ronson en su libro El test del psicópata. Se basa en los estudios que llevaron a cabo los psicólogos Paul Babiak y Robert D. Hare en la Universidad de British Columbia. Crearon un test para detectar la psicopatía, y lo aplicaron a políticos y altos directivos. Los resultados fueron espeluznantes: comprobaron que las altas esferas de la bolsa, la empresa y las finanzas atraen en bandada a profesionales con rasgos psicopáticos.

Si los psicólogos australianos están en lo cierto, uno de cada cinco directivos lleva un psicópata dentro

Babiak y Hare reflejaron su tesis en su obra Snakes in suits  (Serpientes en traje), publicada en 2006. Una década después, la Sociedad Psicológica Australiana dio a conocer otro estudio que ahondaba en la misma tesis. Según su investigación, el número de psicópatas en la alta dirección de las empresas llega a superar el 21% en algunas organizaciones, muy lejos del 1% que existe en el conjunto de la población.

Si los psicólogos australianos están en lo cierto, uno de cada cinco directivos lleva un psicópata dentro. La probabilidad de que usted conviva a diario en su empresa con un Gordon Gekko, pero de verdad, es elevada. Tampoco es extraño verlos declarar en el Parlamento.