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G-7: la cumbre sin esperanza

Los grandes líderes mundiales se reúnen este fin de semana en Biarritz con el reto de encontrar soluciones a una crisis que no sólo amenaza a la economía sino al propio sistema de relaciones internacionales

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G-7: la cumbre sin esperanza
G7: la cumbre sin esperanza.

Carteles de protesta en Biarritz (Francia) de cara a la cumbre del G7. EFE

Resumen:

En los últimos días las informaciones sobre las protestas y disturbios que amenazan la reunión del G7 en Biarritz (Francia) han copado un sinfín de titulares. La ‘contracumbre’ ha logrado casi más eco que el encuentro que reunirá a los máximos mandatarios de siete grandes potencias internacionales. El contenido de la misma casi ha pasado sin pena ni gloria.

Resulta significativo que en el mundo económico, sin ir más lejos, se aguardaba con mucha mayor expectación el mensaje que este viernes había de lanzar el presidente de la Reserva Federal de Estados Unidos (Fed) en el simposio internacional de banqueros centrales de Jackson Hole. Desde hace años, los bancos centrales se han erigido como la casi única fuente de soluciones a los problemas de la economía mundial y son pocos los que parecen esperar que esta situación cambie a corto plazo.

Y sin embargo mucho tendrían que decir los grandes líderes mundiales que se reúnen este fin de semana en suelo francés ante la amenaza de una crisis que tiene casi más de política que de económica.

Sin duda, los presidentes y primeros ministros de Estados Unidos y Canadá, Japón y Reino Unidos, Alemania, Francia e Italia están llamados a desempeñar un papel decisivo en la resolución de las tensiones comerciales entre Estados Unidos y China, la amenaza de una ruptura caótica entre Reino Unido y la Unión Europea o las continuas fricciones entre las distintas potencias europeas sobre el rumbo a tomar en la unión, que eclipsan desde hace tiempo las perspectivas de una economía cuya desaceleración se muestra ya fuera de toda duda y que cada vez parece asomarse un poco más al precipicio de la recesión.

«Por lo general, en esta fase del ciclo económico, una reunión del G7 aporta activos con los que desarrollar una política económica coordinada y cooperativa, además de medidas para potenciar el comercio internacional. No obstante, no va a ser el caso en esta ocasión», augura Philippe Waecther, economista jefe de Ostrum AM, una filial de Natixis IM.

Los líderes internacionales llegan a Biarritz con visiones muy contrapuestas sobre las políticas económicas y geopolíticas a seguir

«Estados Unidos mantiene una política de restricciones comerciales egoísta y Reino Unido busca su apoyo para reforzar su posición en las negociaciones con la Unión Europea. Boris Johnson espera que la Comisión Europea cambie de opinión sobre el Brexit. El gobierno alemán no parece dispuesto a aumentar el gasto para reducir la prima de riesgo del país (la situación de Alemania no es tan delicada como para esperar que Berlín tome medidas) y evitar el efecto contagio en el resto de Europa. Italia tiene otros problemas, ya que actualmente no hay gobierno y Mattarella está en negociaciones para formar una nueva coalición. Es decir, a ningún país le interesa un escenario de cooperación porque sus puntos de vista son contrarios», abunda Waechter.

Las bajas expectativas de acuerdo vienen alimentadas por la frustrante última cumbre del G7, que tuvo lugar hace un año en Canadá, en la que el presidente estadounidense, Donald Trump, rehusó firmar un comunicado conjunto. Para este nuevo encuentro, los organizadores han decidido renunciar de antemano a la posibilidad de un mensaje en común, demostrando que las perspectivas de consenso son realmente bajas.

El encuentro se organiza bajo la temática de cómo combatir la desigualdad, sin duda una de las grandes amenazas a las que se enfrenta el sistema capitalista actual, y a la que muchos culpan del auge de los populismos a nivel global. Pero son pocas las esperanzas de grandes acuerdos en esta materia. Tampoco se esperan respecto a la crisis medioambiental que se cierne sobre el planeta (escenificada en los incendios del Amazonas), que ha sido puesta sobre la mesa por el primer ministro francés Emmanuel Macron.

«El problema es que parece que se aborda un tema importante que todos conocen y sobre el que nadie está de acuerdo solo para evitar tratar temas a corto plazo, como el ciclo económico o el impulso del comercio internacional. En la nota de prensa, se destacarán los esfuerzos realizados, aunque ninguno será vinculante. No se evitará el riesgo de que muchos países entren en recesión», se lamenta Waechter.

Lo cierto es que el G7 fue durante un tiempo un lugar de consensos para hacer frentes a episodios de turbulencias. Con esa misión nació en 1975 (entonces como G6) y pronto se convirtió en un espacio de entendimiento y colaboración que ayudó a asentar un modelo económico de entendimiento que ha logrado regir las relaciones internacionales durante décadas. Ahora, este escenario parece cada vez más amenazado por las crecientes divisiones entre unas potencias que no parecen encontrar la forma de coordinar sus respectivos intereses.

El encuentro tiene como tema principal la creciente desigualdad social, a la que muchos culpan del auge de los populismos

Mientras tanto, son muchos los analistas que se cuestionan la capacidad de un grupo de países que dejan de lado a gigantes como China, Rusia, India o Brasil. Sin duda, la hegemonía de Occidente (con Japón como país «adoptivo») que venía a refrendar el G7 en sus inicios parece cada vez más incierta. Y no sólo por el surgimiento de nuevas potencias económicas sino porque las mismas reglas en que se basó esa economía se ven hoy amenazadas por el auge del proteccionismo comercial y el ascenso de las políticas populistas de honda raíz nacionalista. Es el propio escenario de la globalización el que aparece en riesgo de colapsar.

Precisamente, una de las pancartas desplegadas estos días en Biarritz por los activistas contrarios a las políticas del G7 [la que preside este artículo] expresaba un mensaje en el que se advertía a los líderes de la cumbre de que «vuestro mundo colapsa, los nuestros están creciendo». De la capacidad de los líderes globales para aunar sus intereses podría depender, en gran medida, el que este cambio de paradigma internacional no se produzca de forma caótica.

«Los escépticos dirán que nada grande cambiará, al menos en una dirección positiva, siempre que Trump sea presidente de los Estados Unidos. Pero Occidente no es solo una comunidad de valores. También es una comunidad de intereses. Cuando los valores chocan, como en este último momento de incertidumbre geopolítica y económica, debemos concentrarnos en los intereses», advierte en un artículo en Financial Times Risto Penttila, director ejecutivo del think thank Nordic West Office.

La reunión de Biarritz podría ser un buen lugar para empezar a perfilar esos intereses comunes. Aunque las esperanzas sean mínimas.