España

Muerte y olvido en el taxi de la desmemoria

La Fundación Miguel Ángel Blanco estrena 'Bajada de bandera', un documental fruto de la investigación sobre el asesinato de 14 taxistas a manos de ETA entre 1969 y 1985, en muchos casos bajo falsas acusaciones de colaboración con la policía.

Fermín estaba ilusionado. Aquel vehículo que acababa de comprar podría ser un medio de vida para sacar adelante a sus hijas Dori, María del Mar y Rosario. Aún les quedaba muchos años para educarlas, la mayor con 13 años avanzaba por la adolescencia y la pequeña, de apenas cinco, tenía todo por hacer. Su mujer, Rosario, se empeñaba a diario en casa y él en el taxi. Bilbao no era su Burgos natal pero a sus 38 años se sentía como un bilbaíno más, capaz de desenvolverse sin dificultad por su callejero, su lluvia casi permanente y la agitada, y en ocasiones convulsa, vida social, política y laboral de la ciudad.

Es difícil recordar si aquel 9 de abril de 1969 llovía en la capital vizcaína. Lo que nadie sabía al amanecer de aquel día era que una nube de tristeza se instalaría para siempre en el hogar de Fermín y Rosario. Mientras él esperaba el siguiente servicio del taxi en la parada cercana al Mercado de La Ribera, a pocos metros de allí, en la calle Artekale del Casco Viejo bilbaíno, la Guardia Civil irrumpía en un piso franco de ETA. Tras el tiroteo cruzado los agentes detuvieron a tres etarras, el cuarto, herido, logró escapar. Era Mikel Etxeberria, alias ‘Makauen’. En su fuga llegó hasta la parada de taxis en la que Fermín esperaba clientes.

A Fermín Monasterio le quedaban apenas unos minutos de vida. A su asesino aún le restarían 47 años más, muchos de ellos en la clandestinidad, refugiado en distintos países o beneficiado por la Ley de Amnistía de 1977. ‘Makauen’ Murió en Llodio a los 71 años y homenajeado por los suyos.

Hasta aquel día negro de abril de hace 51 años ETA había cometido dos asesinatos. El primero, el del guardia Civil José Antonio Pardines, el 7 de junio de 1968. El segundo, el del jefe de la Brigada Político Social de San Sebastián, Melitón Manzanas, el 2 de agosto de ese mismo año. Nueve meses más tarde, el tercer eslabón de la cadena de muertes lo conformaría un civil, un taxista. Monasterio fue el primero de una larga lista a los que ETA mataría hasta su disolución en 2018. En la lista de 853 muertes figuran cientos de militares, guardias civiles y policías, también jueces, políticos, periodistas y empresarios. Y taxistas, muchos taxistas: 14.

‘Bajada de bandera’

La pistola y las heridas de su cliente no le dejaron alternativa. ‘Makaguen’ le obligó a arrancar el taxi y abandonar Bilbao para huir de la Guardia Civil. A escasos kilómetros, en Arrigorriaga, Fermín aún se resistía. Como contaría el propio Etxebarria tiempo después, el taxista burgalés se había negado a ayudarle a curar la herida para sacar la bala alojada. Ni siquiera accedió cuando el terrorista le ofreció las 5.000 pesetas que llevaba. ‘Makaguen’ decidió matarlo de cuatro tiros. Su cuerpo apareció en la carretera. Tras huir con el taxi de Fermín en dirección a Orozko, el miembro de ETA logró el apoyo y protección de varios curas, le facilitaron refugiarse en Francia y ocho años más tarde pudo acogerse a la Ley de Amnistía de 1977. El rechazo social que suscitó aquel crimen llevó a ETA a negar su autoría y asignarla a la Guardia Civil, si bien tiempo después aseguró que lo mató por lo colaborar en la fuga y actuar como ‘colaborador policial’.

Fue sólo el primero. En los siguientes 16 años la banda mató a otros 13 taxistas. En muchos casos lo hizo bajo la falsa acusación de ser colaboradores e informantes de la policía o la guardia Civil, en otros por el mero hecho de ofrecer sus servicios de taxi a los agentes, por confraternizar con ellos o por no dejar testigos en un crimen. El colectivo del taxi fue especialmente golpeado por la banda entre 1969 y 1985, el periodo más cruento de ETA. La Fundación Miguel Ángel Blanco ha estrenado el documental ‘Bajada de bandera’ en el que se relatan los 14 asesinatos y con el que se quiere recordar a estas “víctimas olvidadas cuyas familias tuvieron que sufrir el estigma del ‘algo habrá hecho’ ante la sociedad o la complicidad social”. En muchos casos, más de la mitad, se trata de atentados sin resolver y, como en los más de 300 que siguen pendientes de juzgar, sin autoría conocida.  

Francisco había sido abuelo hacía poco. Aún no conocía a su nieto. Alemania estaba demasiado lejos como para ir a conocerlo de inmediato, pero quizá pronto el taxi reportara ingresos suficientes como para planteárselo. A sus 54 años, la vida, la suya y la de sus cuatro hijas, estaba encarrilada y la jubilación en un horizonte cada vez más cercano. Aquel 31 de julio de 1975 a Franco apenas le quedaban cuatro meses de vida y su régimen se desmoronaba. En Usurbil (Guipúzcoa) el día de San Ignacio de Loyola podría ser una jornada propicia. Mientras esperaba en su taxi leyendo el periódico a la siguiente carrera, dos etarras, uno a cada lado de coche, dispararon hasta matarlo. Su mujer lo vio todo desde la ventana. En la huida, los terroristas arrojaron pasquines con la acusación de que era confidente de la policía, el estigma con el que ETA justificó la mayoría de asesinatos de taxistas. Después llegaron pintadas ‘postmortem’ en las que aquella justificación para explicar su crimen se reiteró.

‘Control social’ y estigmatización

Dos meses y medio después y a 69 kilómetros de Usurbil, en Mondragón, ETA volvió a hacerlo. Germán Agirre acudió a prestar un servicio para trasladar a un cliente hasta Legutio, en Alava. Finalmente fueron tres los que se subieron al taxi. En un momento de la ruta obligaron a Germán a desviarse hacia una zona boscosa donde terminaría siendo asesinado. La banda terrorista volvió a justificar su crimen acusándole de informante policial. Aquel 12 de octubre de 1975 la banda había dejado a dos niños de 10 y 11 años huérfanos.

La cadena de crímenes contra el colectivo del taxi no había hecho más que empezar. Como detalla en ‘Bajada de bandera’ el director del Centro Memorial de Víctimas del Terrorismo, Florencio Domínguez, la banda había convertido estas acciones en un modo de “control social” dirigido a transmitir una advertencia  a la sociedad vasca: “El mensaje era claro, cualquier persona que se relacionase con la policía o la Guardia Civil es un objetivo para ETA. Lo de menos era si era cierto o no. Querían que se interiorizara que ir a tomar un café con un Guardia Civil ya te ponía en el punto de mira. El IRA hizo algo parecido. De este modo se lograba además aislar a la Guardia Civil”.

El caso de Manuel Albizu fue una muestra clara de esta campaña. Natural de Zumaia, este padre de 4 hijos trabajaba en una cantera y en el taxi los fines de semana para engordar los ingresos en casa. Durante varios años ejerció como policía municipal. Pertenecía a una familia popular, muy vinculada al deporte rural, en particular al levantamiento de piedras. Uno de sus hermanos era ‘harrijasotzaile’ (levantador de piedras).

Su condena fue vivir cerca del cuartel de la Guardia Civil. La proximidad hizo que muchas de las familias que allí vivían requirieran sus servicios con el taxi: caldo de cultivo suficiente para suscitar el rumor que ETA sembraba en su campaña anti ‘chivatos’. El 13 de marzo de 1976 varios etarras se subieron a su taxi camino de Getaria, poco después lo asesinaron. A su funeral, celebrado en euskera, muchos no se atrevieron a acudir para no quedar señalados.

Pedir explicaciones a ETA

La familia no dudó en exigir explicaciones directamente a ETA. Varios de sus miembros lograron contactar con gente del pueblo que les puso en contacto con representantes de la banda en Francia. Eduardo Moreno Bergaretxe, ‘Pertur’ –miembro de ETA desaparecido en circunstancias extrañas- aseguró en una de sus cartas que el asesinato de Albizu fue un error. Tiempo más tarde, una carta con un ojo pintado como único remite llegó a casa de la viuda. En ella, la organización terrorista le advertía de que no le gustaba que siguieran haciendo averiguaciones, que dejarán de remover lo ocurrido.

En la lista de asesinatos a taxistas ETA y el Batallón Vasco Español (BVE) se cruzan. En realidad, es un cruce confuso. A Martín Merquelán, padre de cinco hijos, lo asesinaron en Irún el 23 de mayo de 1978. Tres hombres se subieron a su taxi y camino de Pasajes lo mataron. El BVE reivindicó el atentado pero muchos años después ETA lo incluyó en la lista de crímenes que reconoció en un boletín interno publicado en 2004.

Amancio Barreiro era de Pontevedra. Como muchos gallegos se instaló en Euskadi en busca de trabajo. A sus 35 años se instaló en San Sebastián y comenzó a ganarse la vida con el taxi. El 2 de septiembre de 1978 los Comandos Autónomos Anticapitalistas acabaron con su vida. Los dos hombres que habían solicitado su servicio para viajar hasta Usurbil le obligaron a desviarse. Tras pedirle la documentación para verificar que era él el hombre que buscaban, lo mataron.

A Elías Elexpe ETA le fue a buscar a su casa. Hacía tiempo que las amenazas contra él se habían intensificado por su pasado como miembro de la Guardia de Franco. Llamaron a la puerta de su viejo caserío de Amorebieta (Vizcaya). Apagó la radio y fue a abrir. Los terroristas le dispararon hasta matarlo. Su hija lo encontró muerto.

42 huérfanos

Aquel año terrible aún registraría el asesinato de un cuarto taxista. A sólo un día de que expirara 1978, Lisardo Sampil fue abatido a tiros como otros compañeros antes, mientras leía el periódico en la parada del taxi. Este orensano de 48 años, padre de dos hijos, vivía en la pequeña localidad de Iurre (Vizcaya). El 30 de diciembre un encapuchado se acercó a su vehículo y le disparo cuatro tiros. ETA lo acusó de ser “confidente de las fuerzas de ocupación”.

Sixto Holgado era padre de ocho hijos. Se sumarían a la larga lista de hasta 42 huérfanos que los asesinatos de taxistas dejaron como rastro más doloroso. Tiempo atrás, Sixto había trabajado de policía municipal en San Sebastián y poco después de repartido de la Coca Cola. El 26 de septiembre de 1979 este salmantino de 46 años se ganaba la vida con el taxi. Aquel día ETA lo convirtió en el noveno taxista en su macabra lista de crímenes. Apareció muerto en el vertedero de San Marcos en Errenteria. Su asesinato sigue sin resolver. 

Ignacio Arocena también compaginaba el taxi con otros empleos. Había sido concejal en el ayuntamiento y tenía un bar en Oyarzun. Las carreras del taxi le permitían mantener a sus tres hijos. El 16 de febrero de 1980 un hombre le pidió que le llevara al ‘Castillo del Inglés’, el mismo lugar donde dos años antes fue asesinado otro taxista, Martín de Merquelánz. A Arocena los terroristas le dispararon dos tiros y ocultaron su cuerpo en el maletero del taxi.

Hoy Benito tendría 80 años. Natural de Santibáñez el Alto (Cáceres) fue otro de los muchos que probó fortuna en el País Vasco y donde crio a sus tres hijos. El 2 de octubre de 1980, hace ya 40 años, sus servicios fueron requeridos en Rentería, localidad guipuzcoana en la que residía. Los terroristas que se hicieron pasar por clientes lo mataron de dos tiros y, como hicieron con Arocena, ocultaron su cadáver en el maletero.

Primo del obispo Uriarte

La fijación de ETA por el colectivo del taxi se rebajó por un tiempo. Durante los siguientes 19 meses no hubo más atentados, hasta el 14 de mayo de 1982. Aquella mañana a Antonio Huegun, 43 años y dos hijos, le había encargado una carrera desde San Sebastián a Eibar. No la completó. Su cuerpo fue localizado en una carretera paralela a la autopista Bilbao-Behobia con cinco impactos de bala. Su asesinato continúa impune.

A Pablo Garraza, según se revela en ‘Bajada de bandera’ ETA le secuestró y le sometió a un interrogatorio antes asesinarlo. Su cuerpo apareció en Errentería, un municipio donde otros dos taxistas habían sido asesinados años atrás. El atentado continúa sin resolver.

El último crimen de ETA contra este colectivo fue quizá el que más incomodó a la banda. Juan José Uriarte, padre de cuatro hijos, era primo del entonces obispo auxiliar de Bilbao, Juan María Uriarte. Cercano al nacionalismo más moderado, el obispo Uriarte terminaría jugando un papel relevante en los contactos y mediaciones con la banda años después durante las treguas. El 17 de mayo de 1983 tres etarras se subieron a su taxi y camino de Bermeo, en el entorno cercano a San Juan de Gaztelugatxe, lo asesinaron. Como en atentados previos, la banda lo acusó de confidente. Su primo y obispo auxiliar de Bilbao lo negó rotundamente, Juan José no era ningún delator.

La conmoción posterior, en particular en el entorno nacionalista, hizo que ETA negara su autoría y la asignara a los servicios secretos. La detención del comando años más tarde permitió demostrar la autoría de la banda, de la que dos de sus miembros fueron condenados por matar a Juan José.      

Las tentaciones del olvido y la tergiversación

Todos estos crímenes figuran en el documental dirigido por Felipe Hernández Cava y promovido por la Fundación Miguel Ángel Blanco. Un trabajo que se acaba de estrenar en la ‘Casa Botines’ de León y que se podrá ver esta próxima semana en Pamplona antes de su apertura al público en general a través de las redes sociales. La directora de la Fundación, Cristina Cuesta, asegura que la pretensión de este trabajo es hacer justicia con las víctimas, honrar su memoria y recordar la “impunidad en la que aún están muchos de estos asesinatos, así como la soledad y desamparo que padecieron estas familias a las que ETA, además de asesinar a un ser querido, marcó socialmente”: “Es una obra que conmueve y lleva a la reflexión”.

El trabajo ha contado con la colaboración del Centro Memorial de Víctimas del Terrorismo. Uno de sus investigadores, Gaizka Fernández de Soldevilla, destaca que con investigaciones así se pretende no caer en las dos “tentaciones” sociales que persisten en la sociedad tras el final de ETA: “Una parte de la ciudadanía quiere pasar la página sin leerla, acogerse a una amnesia. Otra parte, la cercana al nacionalismo radical, intenta justificar la historia terrorista de ETA. Es una doble tentación, la del olvido y la de la tergiversación”.

El 9 de abril de 2019 un acto promovido por el Gobierno vasco honró la memoria del primer taxista asesinado por ETA, Fermín Monasterio, al cumplirse 50 años de su muerte a manos de la banda. Durante el mismo, el lehendakari Iñigo Urkullu reconoció el abandono al que durante décadas las instituciones abocaron a las víctimas: “Sentimos el desamparo al que os visteis sometidas. Os expresamos hoy la empatía que os faltó hace 50 años”, aseguró ante la viuda e hijas de Monasterio.   

Comentar ()