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Rentería, el mural de ETA sin disolver

Dos años después de la disolución de la banda, el municipio guipuzcoano mantiene viva su memoria con profusion de pintadas, murales y pancartas de apoyo y recuerdo a los presos y olvido a las víctimas.

En Rentería ser taxista ha dejado de ser peligroso. También ser panadero, hostelero, soldador o calderero. Ni siquiera dedicarse a la política en filas populares o socialistas o trabajar como policía o guardia civil lo es ya. En este municipio guipuzcoano de apenas 39.000 habitantes algunos de ellos figuran en la larga lista de asesinados a manos de ETA. En sus calles no hay ningún monolito que recuerde a los 21 muertos a tiros o con bombas, -tres taxistas y tres concejales entre ellos-, colocadas por la banda terrorista. Tampoco ninguno en memoria de las siete víctimas que se asigna a la violencia de los GAL o de facciones de extrema derecha. Hace casi una década que la banda dejó de matar, pero el silencio en la memoria callejera sobre sus víctimas es aún estruendoso.

Comenzó a mitigarse, al menos, en las instituciones hace unos pocos años. Algunas de las víctimas que dejaron los 25 atentados que acumula la historia reciente del pueblo recibieron el reconocimiento de quienes un día miraron para otro lado e incluso de quienes llegaron a jalear la violencia. Un gobierno liderado por EH Bildu daba un paso inédito hasta ahora para reparar el daño: hoy los concejales asesinados en Rentería tienen una placa en el Consistorio. Es un paso. El resto de víctimas continúa en la penumbra popular, en la institucional y en la callejera.

Es innegable que las cosas han cambiado. Hace casi dos décadas que en Rentería no se suma ningún nombre más a la lista más triste que se almacena en los archivos municipales, la de los heridos y asesinados. Años en los que no se ha incrementado el balance de atentados que acumula el municipio, la mayor parte durante los años 80 y comienzos de los 90. Con ellos se podría dibujar una suerte de ‘mapa de la violencia’, de ruta por su pasado, el que lo convirtió durante años en el símbolo de la amenaza terrorista que ahogó a Euskadi.

El pasado 3 de mayo se cumplieron dos años desde que ETA anunció su disolución. Aquel día de 2018 Josu Urrutikoetxea, ‘Josu Ternera’, anunciaba que la banda “nacida del pueblo” se “disolvía en él”. Desde entonces algunas cosas han cambiado, otras siguen igual. Ahora las formaciones políticas se miran a la cara, dialogan e incluso alcanzan acuerdos. En Rentería, los últimos presupuestos de la alcaldesa de Bildu contaron con el apoyo del PSE. No hace tanto hubiera parecido imposible. Ni a uno ni a otro se lo hubieran perdonado. A los socialistas por entenderse con la izquierda abertzale y a estos por aliarse con los ‘constitucionalistas españoles’. Ahora incluso toman café después de los plenos.

Hubo un tiempo en el que ETA mató a ediles y a quienes les sustituían en el cargo. Lo hizo con José Luis Caso en 1997 y meses más tarde con quien le relevó, Manuel Zamarreño, en 1998. Poco después mató a Froilán Elespe, concejal del PSE. Fue su modo de amedrentar a la clase política, a los CFSE –en Rentería ETA asesinó a cinco policías y tres guardias civiles- y a quien se atreviera a cuestionarle. La extorsión, coacción y amenaza sobrevoló durante décadas el aire del municipio, en sus comunidades de vecinos, en el comercio y en la vida cotidiana de muchos de sus vecinos. Para un buen número de ellos, convivir con ese temor que invitaba a callar, obligaba a soportar y exigía vivir con discreción se convirtió, en especial durante los años 80 y comienzos de los 90, en una rutina para evitar riesgos.

Amenaza la memoria

Ahora en sus calles sólo amenazan con la memoria. La que recuerda a unos y olvida a otros. La reivindica a los verdugos e ignora a sus víctimas. Se plasma en murales que por doquier muestran en plazas y calles la imagen de presos de ETA, apelan a su acercamiento o mediante actos de bienvenida tras la liberación de uno de sus militantes. Esta semana se producía el último ejemplo. En el quiosco de una de sus plazas una pancarta daba la bienvenida a Zigor Garro, preso de ETA considerado en su momento jefe logístico de la banda. Esta vez, el confinamiento no recomendaba ni ‘ongi etorris’, ni aurreskus ni concentraciones con bengalas o ‘bertsos’, tan sólo una pancarta. El PSE volvió a denunciarlo y a reclamar su retirada por considerar que suponía una humillación para las víctimas. Finalmente, y tras la denuncia, el Consistorio accedió a su retirada.

Pero en las calles de Rentería es evidente que ETA, su memoria, no se ha disuelto. En plazas, en las avenidas, en el acceso a la ikastola, junto a la iglesia o cerca de una guardería, hoy, en la era post ETA, son visibles desde hace tiempo pintadas, pancartas o murales que revelan que existen dos tiempos, dos velocidades en la disolución social de la banda: la ‘desescalada’ institucional de la herida por un lado y la de la calle por otro.

Hasta la pasada legislatura, las noticias de los avances significativos impulsados por su anterior alcalde, Julen Mendoza (EH Bildu), en favor de un reencuentro y reconciliación social e incluso de reparación hacia las víctimas de ETA abrió la esperanza de un cambio de posición en el entorno de la izquierda abertzale. Mendoza promovió actos de resarcimiento hacia las víctimas e incluso impulsó una mesa de convivencia para dar pasos que permitieran cerrar la fractura social. Su ejemplo no tuvo muchos adeptos entre los suyos y apenas se replicó entre el tejido municipal de la izquierda abertzale.

El significativo avance institucional producido en Rentería no se ha correspondido en este tiempo con el ritmo y la reparación en la calle. Ni Mendoza, ni su sucesora en el consistorio, Aizpea Otaegi, han logrado que se visibilice la disolución de ETA. Las calles de Rentería mantienen muy viva la memoria de ETA en parques, plazas y paredes y olvida a sus víctimas: “Es cierto que el Ayuntamiento ha dado pasos en materia de convivencia. Hay que reconocerlo, pero en cambio no se atreven con cuestiones como estas. Estamos cansados de reclamar: las pancartas, los monolitos en recuerdo de los presos, la politización de las fiestas, las pintadas… todos esto nunca se ha podido eliminar”, lamenta José Ángel Rodríguez, portavoz del PSE en el ayuntamiento de Errenteria.

Por ahora todas las reclamaciones han caído en saco roto. La respuesta de los responsables municipales es que se trata de manifestaciones amparadas por la libertad de expresión y una vía más para la reivindicación. “Con este tema aún se ponen de perfil. Hay zonas, el territorio ‘comanche’, en el que hacen lo que quieren, les da igual una iglesia, el patio de un colegio o las paredes de una casa particular. Por ejemplo, las pintadas de la ikastola hemos pedido media docena de veces que se retiraran y nada”.

Mesa por la convivencia

Hoy la izquierda abertzale gobierna el pueblo. Lo hace en las instituciones desde hace más de dos legislaturas. Su control institucional se produjo sólo meses antes de que ETA anunciara en octubre de 2011 que abandonaba sus acciones terroristas. Antes, el entorno radical se esforzó en controlar Rentería de otro modo, desde la calle y con la amenaza hacia quienes osaran oponerse a su proyecto totalitario. La Casa del Pueblo del PSE del municipio es fiel reflejo de aquellos años: ha sido atacada en 27 ocasiones.

José Ángel reconoce que está decepcionado. La ‘Mesa de Convivencia’ que logró promover actos de reconocimiento hacia las víctimas de ETA y hacerlo con todos los partidos respaldándolo, -incluida EH Bildu-, no ha sido capaz de eliminar la imagen afín al entorno de la banda que sigue mostrando el pueblo. “Ese compromiso no lo cumplió el anterior alcalde y tampoco lo está haciendo la actual alcaldesa”. El último rechazo a su pretensión de pasar página y retirar para siempre pintadas, pancartas y murales lo recibieron el pasado jueves. La buena disposición de la izquierda abertzale parece haber tocado techo y no vislumbra nuevos pasos, “soy pesimista”, reconoce.

Una de las razones en las que sustenta su escasa esperanza de que las cosas cambien se produjo en septiembre pasado. Entonces EH Bildu dio un paso atrás a su compromiso inicial de suscribir un comunicado conjunto en contra de la celebración de ‘ongi etorri’ en la vía pública. En agosto otro homenaje en recuerdo a tres miembros de ETA -Felix Bikuña, Pablo Gude y Rafael Etxebeste- había merecido su reproche por atentar contra la dignidad de las víctimas, la convivencia y por ir en contra del camino en favor de la convivencia emprendido en Rentería, “supone una revictimización de las víctimas”, denunció el PSE. Ya entonces, los socialistas lamentaban que llevaban demasiado tiempo “esperando pasos por parte de Bildu” no sólo en contra de los ‘ongi etorri’ sino también para eliminar “la ocupación del espacio público de simbología y consignas” en favor de los presos de la banda. “La situación no tiene nada que ver con la que era, pero con esta cuestión no son valientes y no se atreven a hincar el diente. Seguiremos peleando”.

También las asociaciones de víctimas han denunciado la proliferación de pintadas, pancartas y murales de apoyo a los presos de ETA. El Colectivo de Víctimas del Terrorismo del País Vasco, Covite, cuestionó que se apele a Rentería como un «modelo de convivencia» mientras en sus calles se reclama la excarcelación de sus presos.

Hace poco más de un año, en abril de 2019, durante la campaña electoral, un acto de Ciudadanos volvió a resucitar la tensión en el municipio. En aquel acto, en el que intervino el entonces líder de la formación, Albert Rivera y Maite Pagazaurtundua –nacida en Hernani, a sólo 13 kilómetros de Rentería-, se comprobó que las brasas siguen aún encendidas, tanto que aquel mitin acabó con graves incidentes y la intervención de la Ertzaintza: “Fue un acto que no debió haber ocurrido nunca, ni por unos ni por otros. Fueron días tristes en los que todo se agitó un poco más. Salieron a relucir cosas que creíamos olvidadas”. Aún hoy en algún edificio sigue en pie algunos de los lazos amarillos con los que se recibió a la comitiva naranja.

Los episodios más duros

En Rentería se han vivido algunos de los episodios más crueles de la historia de la violencia de ETA y la ‘kale borroka’ en Euskadi. Uno de ellos sucedió en el alto de Perurena, en Errenteria. Aquel 14 de septiembre de 1982, como en ocasiones anteriores, cuatro policías habían acudido a comer al restaurante donde tan bien les habían tratado otras veces. De regreso al trabajo, en dos coches, a los agentes les esperaba una emboscada de un comando de ETA que les cortó el paso a tiros. Tres policías –Jesús Ordóñez, Juan Seronero y Alfonso López- fallecieron en el acto. El cuarto, Antonio Cedillo Toscano (29 años) logró sobrevivir tras repeler con su pistola a los terroristas. Malherido, cosido a balazos, se arrastró por la carretera para pedir ayuda. Un hombre logró subirlo a un camión para llevarlo al hospital pero los etarras le esperaban más adelante para rematarlo. Detuvieron el camión y le dispararon a quemarropa.

En las calles de la localidad también se vivió uno de los episodios más grave de kale borroka. Una movilización de protesta ocurrida el 24 de marzo de 1995, tras la localización de los restos de Lasa y Zabala, terminó con cinco ertzainas heridos. Los alborotadores habían arrojado varios cocteles molotov a los agentes, uno de ellos pilló de lleno a Jon Ruiz Sagarna mientras se encontraba en la furgoneta policial. Tardó meses en abandonar el hospital tras sortear la muerte y años en recuperarse, parcialmente, de las secuelas que aún hoy padece.

Son sólo algunos de los episodios recogidos en el informe ‘Hacia una memoria compartida’ en la que se detallan las vulneraciones de derechos humanos cometidas entre 1956 y 2012 en la localidad. Impulsado en 2015, a lo largo de sus más de 200 páginas se registran los asesinatos cometidos por ETA, los asignados a grupos como los GAL o el Batallón Vasco Español e incluso las denuncias por tortura hechas por vecinos de Rentería –que cifra en 337 casos- contra miembros de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado y definidos como “violencia de motivación política”. El informe municipal también cuantifica el número de heridos que dejó la banda, 23, de huérfanos, 59 y de heridos por la violencia callejera, 34, en este pueblo. La realidad de Rentería fue durante muchos años compartida por la que vivió toda la comarca de Oarsoaldea. En los cuatro municipios que la integran, -Rentería, Oiartzun, Lezo y Pasaia- se produjeron un total de 70 asesinatos, casi medio centenar atribuidos a ETA.  

Terminada ETA, queda ahora disolver el dañó que su memoria callejera aún genera en algunos municipios de Euskadi y Navarra. En Rentería, la tarea parece aún lejos de darse por completada.

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