España

La autovía del delirio: un viaje de Algeciras a Manilva por la A-7

Acceso al peñón de Gibraltar.

Acceso al peñón de Gibraltar. EUROPA PRESS

Son, quizás, los 33 kilómetros de autovía más alucinantes de toda España. Treinta y tres kilómetros en los que uno transita por tan diferentes realidades que se queda sorprendido de ese complejo universo, donde se forman y se transforman muchos de los problemas que azotan a esta vieja piel de toro. No es fácil marcar los confines de este paisaje, tanto físico como humano. Podríamos extenderlos al este y al oeste, y el nivel de perplejidad no decaería en ningún momento. Pero, es quizás ahí, en esos 33 kilómetros que separan la localidad gaditana de Algeciras de la malagueña Manilva, a través de la A7, donde se resume mejor este delirio de acontecimientos nacionales.

Como un testigo, presente de todo cuanto acontece, se erige la impresionante Roca de Gibraltar. Una y otra vez , a lo largo de este recorrido, emerge en el paisaje con su volumen majestuoso recordándonos demasiadas cosas, entre otras, que somos frontera con África, con Marruecos, con todo lo que eso conlleva en su vertiente más negativa: inmigración irregular, pateras, tráfico de seres humanos, narcotráfico… La Roca nos recuerda que aquí se fusionan las aguas del Mediterráneo y del Atlántico, dos modos de ser de la Naturaleza, dos Españas, la atlántica y la mediterránea; actualizando, además, un capítulo de nuestra historia nunca resuelto: la toma del Peñón por las tropas británicas, el tratado de Utrecht y todas sus consecuencias.

Y es ahora, precisamente, cuando sobre el horizonte emerge la posibilidad de un Brexit duro, sin acuerdo entre británicos y la Unión Europea, cuando afloran en el ambiente todos los fantasmas del pasado, los antiguos resquemores, las viejas reivindicaciones patrióticas, y también las posturas más conciliadoras o pragmáticas. Pero, sobre todo emerge el miedo, miedo al futuro, a la incertidumbre, especialmente por parte de esos cerca de quince mil trabajadores, diez mil de ellos españoles, afincados en su mayoría en el pueblo de La línea, que no quieren imaginarse la posibilidad de perder sus puestos de trabajo en el Peñón, al que cada día cruzan para traer el sustento de sus familias. Porque desde fuera se puede hablar de colonia, de la pérfida Albión; desde Madrid se puede hablar  de la legítima reivindicación de la soberanía, pero no se llega a comprender la fusión de estos dos pueblos, al margen de las fronteras, su necesidad mutua, sus lazos forjados a través de siglos, a pesar de todas las vicisitudes.  Y nadie quiere recordar aquellos quince años de soledad compartida cuando Franco cerró la frontera en el año 69.

Hoy, ese mismo cierre volvería a originar colas interminables para transitar de un lado a otro, haciendo inviable una relación laboral y económica, no solo de trabajadores, sino de la multitud de empresas de servicios que operan en Gibraltar. Y lo más sangrante de todo es que la colonia ya tiene su plan B, que pasa, entre otras cosas,  por suministrarse en Marruecos, con buques desde Tánger hacia su puerto, y contratar a trabajadores del este, habilitando barcos cuyos camarotes hagan la función de apartamentos. Una ruina para todos los españoles. 

Sin embargo, en nuestro país, según denuncian los trabajadores y empresarios afectados, se han montado dos oficinas para el Brexit, una en Algeciras y otra en la Línea, pero si acudes a ellas, “ hay un funcionario que no sabe qué decirte” afirma Juan José Uceda, representante de una Asociación de Trabajadores.  No hay que olvidar que además Gibraltar ocupa el tercer lugar del mundo entre los países con más renta per cápita. Eso contrasta, y mucho, con sus vecinos de la Línea, con un índice de paro de más del 30 %, con una de las más altas tasas de fracaso escolar y con muchas familias dedicadas de lleno al negocio del contrabando de tabaco y del narcotráfico. ¿Será posible alguna vez que la riqueza de Gibraltar tenga su correlato en los pueblos que la circundan? Es lo que se preguntan muchos alcaldes de la zona.

De momento, aquí, todo el mundo se queja del abandono secular por parte de todas las administraciones hacia el Campo de Gibraltar. Se habla mucho de planes, de inversiones, pero, a la hora de la verdad, el dinero no llega por ningún lado. Y eso nos aboca de lleno a otro de los grandes problemas de la zona: la narcoeconomía. El problema del narcotráfico ha adquirido ya unas dimensiones colosales. Es difícil que alguien trate de convencer a una gran parte de los jóvenes en proseguir los estudios y buscar un trabajo como alternativa de vida. Esos puestos de trabajo no existen, y además, su participación en el escalón más bajo de una organización de narcotraficantes les reporta más beneficios económicos en un día que lo que van a ganar en un mes en cualquier trabajo eventual. La cultura del narcotráfico está ya demasiado arraigada, el mito del narco, triunfador y millonario, demasiado incrustado en el inconsciente juvenil. 

La señal de alarma de hasta donde se había llegado saltó el 6 de febrero de 2018. Ese día veinte encapuchados se personaron en el Hospital de La Línea para liberar a uno de los lugartenientes del clan de los “Castañitas”. Las cosas ya habían llegado demasiado lejos. De ahí arranca la creación del Grupo OCON Sur de la Guardia Civil (Organismo de Coordinación del Narcotráfico), un grupo creado expresamente para combatir el narcotráfico especialmente en la zona del Estrecho, con base en Málaga. Sus resultados no se han hecho esperar. En sus dos años de existencia, han detenido a cerca de 7500 personas solo en el Campo de Gibraltar. Para muchos agentes era ya necesaria una respuesta de este tipo, aunque se barruntan que todo este despliegue tiene fecha de caducidad y  “por lo tanto, volveremos a las andadas” comenta uno de los agentes veteranos de la zona. 

Hoy, la A7 recuerda los momentos más duros del terrorismo porque no es difícil encontrarse un control de esas características en busca de los narcos. Como tampoco es extraño ver circular a coches de alta cilindrada a gran velocidad transportando los fardos de hachís. La tensión ha ido en aumento en la zona, y los narcos se resisten a aceptar este nuevo acoso, al que no estaban acostumbrados, embistiendo los coches policiales y causando heridas graves a los agentes. Y de momento las armas no las han utilizado, y esperemos que siga así,  aunque cada vez es más frecuente requisar en las intervenciones subfúsiles y armas automáticas”, dice este mismo agente. 

Pero la lucha contra el narcotráfico es difícil. Solo en Algeciras, el año pasado se detuvo a veinte guardias implicados en organizaciones de narcotraficantes, entre otros al capitán de la comandancia y jefe de la Policía judicial. Los juzgados están a rebosar de asuntos relacionados con las drogas y existe cierto temor entre los jueces encargados de estos asuntos. En lo que todo el mundo coincide es en que no basta solo con soluciones policiales. Hay un profundo trabajo que hacer social y económicamente en la zona. Por eso las asociaciones vecinales de Algeciras han protestado en los últimos meses por los planes del gobierno de construir un nuevo CIE en la localidad. “ No sólo estamos en contra de los Cies por lo que ellos significan, sino que además aquí hacen falta inversiones de todo tipo, sobre todo en infraestructuras. Tenemos un tren aún de principios del siglo XX, sin electrificar y con un ancho de vía que lo imposibilita para el transporte», afirma Andrés Peña, representante de APDH del campo de Gibraltar.

Y eso es  difícil de asumir en una ciudad que tiene el mayor puerto del Mediterráneo por nivel de actividad, sin un tren operativo. Los gigantescos brazos azules que se observan desde la autovía nos sitúan de lleno en el Puerto de Algeciras. Sin duda, uno de los importantes enclaves económicos del lugar, y también, según informes de la DEA, el puerto de mayor entrada de cocaína en Europa. 

Frente a todo este mundo sórdido del narcotráfico, los coches con matrícula del Peñón, con el volante a la derecha, transitan también por la A7 en busca de las urbanizaciones de lujo, que diseminadas a uno y otro lado de la autovía se esconden como islas de recreo, salpicadas de campos de golf y puertos rebosantes de yates. Es el contraste de la patera, la lancha semirrígida y la embarcación de recreo. Una reproducción a escala marítima de las distintas realidades de la zona. 

Frente al deterioro de la bahía de Algeciras, una de las zonas más contaminadas por la industria petroquímica y donde más cánceres se producen entre los ciudadanos por las emisiones de partículas venenosas, se localizan también auténticas playas de ensueño donde los turistas nórdicos, holandeses e ingleses sobreviven al invierno y al covid enchufados a los rayos de sol tan generosos en este lugar, ajenos a todo problema que no sea el de su bienestar. 

Y otra gran paradoja se produce en este lugar. Las fantásticas ruinas de la ciudad romana de Carteia cohabitan al lado de las industrias contaminantes, una de las visiones más espantosas que surgen circulando por la A7. Torres de denso humo que se confunden con las nubes que coronan el Peñón. A pesar de todo, uno quiere recordar el paraíso que debió de ser este lugar espectacular, dotado de una naturaleza artística que el ser humano se ha empeñado en destruir. 

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