España

Los narcos gallegos regresan al Estrecho

'Dieguito', un delincuente muy popular en La Línea, murió el pasado domingo en una persecución; en la misma embarcación iban dos narcos gallegos

Regresan o tal vez nunca se fueron. O lo han hecho de manera intermitente. Pero la confirmación, y hasta cierto punto la sorpresa, de que la alianza entre los narcos gallegos y los del Estrecho sigue viva se produjo el pasado domingo a la altura de la localidad gaditana de Sotogrande. Ese día, una patrullera del Servicio de Vigilancia Aduanera perseguía una embarcación semirrígida con cuatro personas a bordo. Entonces, pasó algo que no es ni mucho menos infrecuente; un inesperado golpe de mar detuvo la embarcación de los narcos y la patrullera del SVA se los tragó literalmente.

«Las maniobras que realizan los narcos en la mar son las mismas que vienen haciendo desde hace más de treinta años», dice Luis Baltar, veterano funcionario de Vigilancia Aduanera y responsable del Sindicato Independiente de la Agencia Tributaria (SIAT). «Aunque les des el alto, ellos nunca paran. El otro día iban cargados de petacas de gasolina. No llevaban droga. Pero aquí nadie se rinde. La mala fortuna hizo que sufrieran un frenazo por una ola y se produjo la embestida».

Como consecuencia del topetazo, Juan Diego G. S., conocido como Dieguito, un narco muy popular en la localidad gaditana de La Línea, murió prácticamente en el acto. Los otros tres tripulantes no sufrieron daños de consideración y fueron rescatados y detenidos. Aunque el caso está bajo secreto del sumario, los investigadores piensan que Dieguito iba en la parte de atrás de la embarcación, reponiendo combustible y fue por tanto el que sufrió con mayor dureza el impacto. La Guardia Civil cree que esa misma embarcación fue perseguida el día anterior por una de esas patrullas cargada con fardos de hachís.

Una sorpresa

Las fuerzas de seguridad se quedaron un tanto sorprendidas al conocer la identidad de los supervivientes al impacto. Dos de los tres tripulantes son gallegos de la comarca pontevedresa de O Salnés, situada entre la ría de Arosa y la de Pontevedra, una de las cunas de los lancheros gallegos. Eran el piloto y el copiloto de la semirrígida. El piloto, Francisco Javier Otero, es un antiguo conocido de los responsables en la lucha contra el narcotráfico, tanto en Galicia como en el Estrecho. Integrante de distintos clanes de narcos gallegos y reputado piloto de planeadoras. Ya fue detenido en el año 1994 con un cargamento de hachís de 550 kilos en Marbella. El copiloto, también de O Salnés, ejercía labores de mecánico y no tiene antecedentes.

La alianza entre los narcos gallegos y los del Estrecho se remonta finales de los 80 del siglo pasado. «En esos años Gibraltar prohíbe el uso de las planeadoras, las conocidas como ‘narcolanchas’. Ellos las prohibieron muchos años antes que nosotros», dice Paco Mena, avezado luchador contra la droga en el Campo de Gibraltar. «Entonces vinieron lancheros gallegos a sustituir a los gibraltareños y enseñaron a la gente de la zona el uso de las embarcaciones».

Para los narcos gallegos, tirar los fardos por la borda era la última opción»

Mena recuerda cómo en aquellos años los lancheros gallegos gozaban de gran prestigio, pues ya tenían mucha experiencia en el contrabando de tabaco en las costas gallegas y, posteriormente, con el tráfico de cocaína tras su alianza con los narcos colombianos. «Hay que tener en cuenta que ellos estaban mucho más curtidos a la hora de pilotar estas embarcaciones en aguas del atlántico, mucho más bravías y peligrosas que las del Estrecho, comenta un responsable policial. »

Para los expertos en la lucha contra el narco, no sólo se pagaba bien la pericia de los gallegos, sino también su osadía, porque solían aguantar el tipo. «No se deshacían del hachís a la primera de cambio, al ver una helicóptero o una patrullera. Ellos intentaban desembarcar los fardos, ‘alijar’ en el argot, y si no era posible regresaban a Marruecos, pero tirarlos por la borda era la última opción».

«Otro valor añadido de los lancheros gallegos, dice un agente policial, es que al no temerle a la mala mar, y salir a desembarcar en condiciones extremas, dificultan la operatividad del SIVE, pues la mala mar influye en las cámaras térmicas que utiliza este sistema para controlar el Estrecho».

Paco Mena recuerda bien esa alianza en aquellos años entre los distintos clanes de la droga y sobre todo un caso que le impactó a principios de los noventa cuando pasó por una de sus comunidades terapéuticas un lanchero gallego enganchado a la cocaína.

«Era un hombre relativamente joven, debía de tener cerca de 35 años. Se había establecido aquí en el campo de Gibraltar. Era un piloto muy bueno. Y había ganado mucho dinero transportando hachís. En aquella época se pagaba entre 30.000 y 60.000 euros, diez millones de las antiguas pesetas, un pilotaje con éxito, dependiendo de los kilos que transportaras. Este hombre en concreto llegó a desembarcar 5000 kilos de hachís, portando además el peso de otros mil litros de gasolina que necesitaba para moverse. Eso sólo lo podían hacer pilotos muy experimentados. Además ellos preferían hacerlo con mala mar, pues eso dificultaba mucho la persecución policial. Claro para aguantar tanta adrenalina, esnifaba demasiada coca. Y acabó enganchado. Y también sin un duro. Pues lo mismo que ganaba dinero, se lo gastaba. Después de recibir los 60.000 euros por aquel transporte, cerro un puticlub de la zona para él y sus amigos. Y allí dilapidó todo».

Para lo responsables policiales hay otro punto de inflexión en la colaboración de los narcos gallegos con los del Estrecho. Ese punto de inflexión se produjo a raíz de la Operación Tabaiba en el año 2009 y marcó un antes y un después en la lucha contra el narcotráfico gallego. Fue una operación dirigida contra toda la infraestructura del transporte de cocaína. Se descabezaron entonces las más importantes organizaciones de lancheros en Galicia: la de Gregorio García Tuñón, Yoyo, y la de Juan Carlos Fernández Cortes, Parido. La operación también se extendió a toda la infraestructura empresarial que facilitaba que las lanchas pudieran salir al mar. En total, 32 detenidos, entre ellos muchos empresarios del sector que proveían o suministraban materiales o construían embarcaciones. «Esa operación fue uno de los grandes éxitos en la lucha contra el narco gallego», recuerda un mando policial. «A partir de ahí las organizaciones gallegas que ya habían sufrido otros reveses policiales, quedaron muy tocadas y los colombianos empezaron a desconfiar de ellos y a buscar nuevas rutas para la entrada de la coca en Europa«.

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Diáspora gallega

La incautación de lanchas, vehículos, grúas y motores dejó muy diezmado al narco gallego. Así que no fue de extrañar que a finales de 2009, principios de 2010, muchos lancheros pusieran su mirada en el sur y volvieran a ofrecer sus servicios en el Campo de Gibraltar. Y en ese año, a finales de 2009, aparece de nuevo en escena el piloto detenido esta semana en la localidad de Sotogrande, Francisco Javier Otero Magdalena. Pero, en aquella ocasión, el piloto protagonizó incluso un incidente diplomático. Otero y otro gallego fueron sorprendidos por una patrullera de la Guardia Civil en aguas del Estrecho. La persecución acabó en aguas territoriales de Gibraltar donde los lancheros fueron detenidos por la policía del Peñón y los guardias civiles retenidos en el puerto. El Gobierno tuvo que pedir disculpas oficiales. En la embarcación no había nada, con lo cual el incidente se saldó con una multa de 5.000 euros. Lo último que se sabía de Otero es que fue detenido en el 2018 para cumplir una condena de tres años y nueve meses. Pero ya estaba otra vez activo.

Sito Miñanco había logrado organizar una banda con conexiones en Galicia, Campo de Gibraltar, Costa del sol y Madrid

Los investigadores también tienen en mente otro nombre mítico entre los lancheros gallegos: Baltasar Vilar Durán, Saro. Huido de la justicia desde el año 2103, con una condena pendiente de más de veinte años, las fuerzas de seguridad creen que se refugia en algún lugar de la costa de Marruecos y que es muy probable que no haya dejado la actividad del narcotransporte. Saro fue considerado en su día el Hamilton de las planeadoras. Trabajó para los dos grandes capos gallegos, Patoco y Kubala, ambos fallecidos en accidentes. Patoco le construyó clandestinamente en un astillero italiano la planeadora más grande jamás requisada, La Patoca, que tenía siete motores y podía alcanzar los 120 kilómetros de velocidad. Costó medio millón de euros. «Con ella, como estaba acostumbrado a hacer, Saro se desplazaba hasta aguas del Atlántico, a cargar cocaína de los buques que luego traspasaba a pequeñas embarcaciones de pesca, para almacenarla luego en tierra», rememora un mando policial.

Otro de los grandes capos gallegos afincados en el sur, del mismo pueblo que SARO, es el conocido Sito Miñanco, que a pesar de cumplir condena en la prisión de Algeciras, ha vuelto a ser detenido por las fuerzas de seguridad en el marco de la operación Mito. Todo parece indicar que Miñanco ha vuelto a las andadas: la juez de la Audiencia Nacional, María Tardón, le ha procesado junto con otras 45 personas el pasado mes de diciembre. Sito Miñanco gozaba ya del tercer grado en la prisión, pero, según el auto judicial, había logrado organizar una banda con conexiones en Galicia, Campo de Gibraltar, Costa del sol y Madrid, dedicado de nuevo al tráfico de cocaína.

Presión policial

No deja de llamar también la atención a los investigadores la presencia de los lancheros gallegos en el Estrecho en un momento en el que los narcos gallegos empiezan a levantar tímidamente la cabeza en su tierra, tras años de sequía, aunque a un nivel muy inferior al de las épocas doradas y bajo la égida de las mafias del este.

Una de las causas que puede explicar esta presencia en el sur es la presión policial a la que esta siendo sometida la zona del Estrecho y del Campo de Gibraltar. Según la última estadística facilitada por el Ministerio de Interior, desde agosto de 2008, se han detenido a más de 8.000 personas en la zona que abarca el plan de Especial Seguridad, las provincias de Málaga y Cádiz. Esa misma presión, tal y como denuncian lo sindicatos policiales, ha llevado a las organizaciones de narcotraficantes a contratar a menores sin mucha experiencia en la mar, sobre todo para labores de petaqueo.

Desde que se prohibieron las embarcaciones semirrígidas , las lanchas de los narcos tienen que permanecer en alta mar esperando el momento de poder introducir el hachís en las costas españolas. Eso implica permanecer a veces varios días en el mar, con lo cual se hace imprescindible el abastecimiento de combustible o de víveres. De eso se encargan otros elementos de la organización, que suelen utilizar las llamadas «gomas» , embarcaciones más pequeñas, aunque a veces, también se utilizan embarcaciones semirrigidas, como ocurrió el pasado domingo en Sotogrande. Para hacernos una idea del problema, en apenas dos años, las fuerzas de seguridad han incautado 178.350 litros de gasolina en distintas operaciones. No es de extrañar que la Fiscalía Antidroga del Campo de Gibraltar vaya a proponer, haya decidido que el petaqueo pase a ser considerado un delito de imprudencia, ligado al narcotráfico y deje de ser castigado como una simple sanción administrativa.

Si la presión policial ha llevado los narcos del sur a tirar de agenda con sus colegas gallegos, y a extender las rutas hacia Huelva y Almería, buscando nuevas formas de desembarco, esa misma presión está haciendo que los narcos busquen otras alternativas al tráfico de hachís y se disparen las plantaciones de marihuana en la sierra de Cádiz, Granada y otras zonas del litoral mediterráneo; un auténtico fenómeno en nuestro país, pilotado por una multinacional de mafias. Una reina, la maría, que amenaza con hacer sombra hasta el que ahora era el rey del Estrecho: el hachís.

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